Birmingham, Alabama. Principios de 1963.
Había ciudades que aparecían en los mapas.
Y había ciudades que parecían estar grabadas en la memoria del miedo.
Birmingham era una de ellas.
Desde la ventanilla del automóvil, Martin Luther King Jr. observó las calles mientras ingresaban a la ciudad. Las chimeneas de las acerías dominaban el horizonte, lanzando columnas de humo que cubrían el cielo con una bruma gris. El ruido constante de las fábricas se mezclaba con el ir y venir de los trabajadores.
Era una ciudad próspera.
Pero aquella prosperidad tenía un costo.
Durante décadas, Birmingham había sido uno de los símbolos más duros de la segregación racial en Estados Unidos.
Los barrios estaban separados.
Las escuelas.
Los parques.
Los hospitales.
Los restaurantes.
Incluso los bebederos públicos parecían recordarles a las personas negras cuál era el lugar que la sociedad les había asignado.
Muchos la llamaban, en voz baja, “Bombingham”.
El apodo no era una exageración.
Durante años, varias viviendas e iglesias de familias afroamericanas habían sido blanco de atentados con explosivos. El miedo se había convertido en parte de la rutina.
Martin respiró profundamente.
Sabía que estaba entrando en el escenario más difícil que había enfrentado hasta entonces.
Una reunión decisiva
Esa misma noche, los principales dirigentes de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC) se reunieron con los líderes locales en el sótano de una iglesia.
Sobre una mesa había mapas de la ciudad.
Listas de comercios.
Fotografías.
Informes.
El ambiente era tenso.
El reverendo Fred Shuttlesworth, uno de los líderes más respetados de Birmingham, tomó la palabra.
—Esta ciudad no se parece a ninguna otra.
Martin asintió.
Conocía la reputación de Shuttlesworth. Había sobrevivido a atentados, golpizas y amenazas sin abandonar jamás la lucha.
—Cuénteme qué enfrentaremos —pidió Martin.
Shuttlesworth señaló un mapa.
—La segregación está en todas partes. Y quienes la defienden no tienen miedo de usar la violencia.
Otro dirigente añadió:
—Aquí la gente vive con miedo desde hace años.
Martin observó los rostros presentes.
No veía resignación.
Veía cicatrices.
Y detrás de ellas, una determinación que le recordó a los primeros días de Montgomery.
Un enemigo conocido por su dureza
Había un nombre que aparecía en todas las conversaciones.
Eugene “Bull” Connor, el comisionado de Seguridad Pública de Birmingham.
Connor era famoso por su defensa abierta de la segregación.
Su estilo era directo.
Desafiante.
Creía que cualquier protesta debía ser aplastada antes de crecer.
Martin escuchó atentamente las advertencias.
—No reaccionará como en Albany —explicó Shuttlesworth.
—¿Qué quiere decir?
—Quiere decir que aquí no intentarán parecer moderados.
Habrá violencia.
La frase quedó suspendida en el aire.
Todos sabían que no era una posibilidad.
Era una certeza.
Diseñando la Campaña C
La estrategia recibió un nombre sencillo.
Proyecto C.
La letra significaba Confrontation —Confrontación—, no en el sentido de provocar violencia, sino de enfrentar directamente el sistema de segregación mediante acciones no violentas.
La campaña tendría objetivos concretos.
Manifestaciones.
Boicots comerciales.
Marchas.
Sentadas.
Arrestos masivos.
Todo cuidadosamente organizado.
Martin recordó la lección aprendida en Albany.
Esta vez cada paso tendría un propósito definido.
Durante la reunión explicó:
—No podemos intentar cambiar todo al mismo tiempo.
Debemos abrir una puerta.
Y cuando esa puerta se abra, otras comenzarán a abrirse también.
Los presentes asintieron.
Habían aprendido que la estrategia era tan importante como el valor.
Las primeras marchas
Los primeros días fueron difíciles.
Las manifestaciones comenzaron con grupos pequeños.
Hombres y mujeres caminaban por las calles entonando himnos religiosos.
No respondían a los insultos.
No reaccionaban ante las provocaciones.
Los comerciantes observaban desde las puertas de sus negocios.
Algunos cerraban las persianas.
Otros miraban con desprecio.
Los periodistas comenzaban a llegar desde diferentes estados.
La tensión crecía.
Pero todavía no ocurría aquello que todos sabían inevitable.
La respuesta de las autoridades.
El miedo de la comunidad
Una tarde, Martin visitó un pequeño barrio afroamericano.
Las casas eran humildes.
Muchas familias vivían con enormes dificultades económicas.
Una anciana lo invitó a entrar.
El interior era sencillo.
Las paredes mostraban el paso del tiempo.
Sobre una mesa descansaba una Biblia muy gastada.
La mujer sirvió café.
Luego habló.
—Reverendo King… tengo setenta y cuatro años.
Martin sonrió.
—Es un honor conocerla.
Ella suspiró.
—He visto demasiadas cosas.
Silencio.
—Vi hombres llevados por la fuerza.
Vi iglesias incendiadas.
Vi familias perderlo todo.
Martín permaneció atento.
La mujer levantó lentamente la vista.
—Y aun así… nunca perdí la esperanza.
Martin sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué espera ahora?
Ella respondió con serenidad.
—Quiero morir sabiendo que mis nietos vivirán en un país mejor que el que me tocó vivir.
Aquellas palabras lo acompañarían durante semanas.
Las dudas del movimiento