El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 19 — La cruzada de los niños

Birmingham, Alabama. Mayo de 1963.

La campaña de Birmingham había llegado a un punto crítico.

Las cárceles estaban desbordadas.

Muchos adultos habían sido arrestados varias veces.

Otros habían perdido sus empleos por participar en las manifestaciones.

Las familias comenzaban a sentir el peso del sacrificio.

Los fondos de la SCLC disminuían.

La presión aumentaba.

Y, por primera vez desde el inicio de la campaña, algunos dirigentes empezaron a preguntarse si era momento de detenerse.

Una tarde, en el sótano de la Iglesia Bautista de la Calle 16, Martin Luther King Jr., Ralph Abernathy, Fred Shuttlesworth y otros líderes permanecían alrededor de una mesa cubierta de papeles y mapas.

El silencio era pesado.

Nadie quería pronunciar la palabra “fracaso”.

Pero todos la estaban pensando.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Entró James Bevel, uno de los estrategas más creativos del movimiento.

Su mirada transmitía una mezcla de preocupación y entusiasmo.

—Creo que todavía tenemos una oportunidad.

Todos levantaron la vista.

—¿Cuál? —preguntó Martin.

Bevel respiró hondo antes de responder.

—Los estudiantes.

Una idea que dividió al movimiento

Durante unos segundos nadie habló.

Martin fue el primero en romper el silencio.

—¿Los estudiantes?

Bevel asintió.

—Los jóvenes están listos. Llevan meses preparándose. Han demostrado disciplina y valor. Quieren participar.

Uno de los pastores golpeó suavemente la mesa.

—Estamos hablando de niños.

—Estamos hablando de ciudadanos —respondió Bevel.

La discusión se prolongó durante horas.

Algunos consideraban inaceptable involucrar a menores de edad.

Otros recordaban que muchos de esos jóvenes ya sufrían la segregación todos los días.

No eran espectadores.

Eran víctimas del sistema.

Martin permanecía pensativo.

Finalmente habló.

—Nadie obligará a ningún niño a marchar.

Solo participarán quienes, junto con sus familias, comprendan el significado de esta decisión.

La sala volvió a quedar en silencio.

La decisión estaba tomada.

La preparación

Durante los días siguientes, cientos de estudiantes comenzaron a reunirse en la iglesia.

No aprendían a pelear.

Aprendían a resistir.

Los instructores simulaban insultos.

Empujones.

Amenazas.

Les enseñaban a protegerse sin responder con violencia.

—Si alguien los golpea —explicaba uno de los entrenadores—, ¿qué hacen?

Un muchacho respondió:

—No devolvemos el golpe.

—¿Y si nos insultan?

—No respondemos.

—¿Y si sentimos miedo?

Una adolescente levantó la mano.

—Rezamos.

Martin observaba aquellas escenas con profunda emoción.

Veía muchachos de doce, trece o catorce años entrenándose con una disciplina que muchos adultos jamás habían alcanzado.

Aquella generación había comprendido que la libertad también exigía valentía.

El Día D

El 2 de mayo de 1963, conocido después como el Día de los Niños, la Iglesia Bautista de la Calle 16 estaba repleta.

Los bancos apenas alcanzaban para contener a los cientos de estudiantes que esperaban en silencio.

Martin caminó lentamente hasta el púlpito.

Observó aquellos rostros jóvenes.

Muchos sonreían.

Otros escondían el nerviosismo.

Él sabía que algunos regresarían esa noche a sus casas.

Otros dormirían en la cárcel.

Respiró profundamente.

—Hoy ustedes harán historia.

El silencio era absoluto.

—No porque sean jóvenes.

Sino porque han decidido demostrar que el valor no depende de la edad.

Una niña de apenas trece años levantó la mano.

—Reverendo King…

—Sí.

—¿Y si tengo miedo?

Martin descendió del púlpito.

Se acercó hasta ella.

—El valor no consiste en no sentir miedo.

Consiste en hacer lo correcto aun cuando el miedo nos acompaña.

La niña sonrió.

Asintió.

Y volvió a sentarse.

Las calles se llenan de esperanza

Los estudiantes comenzaron a salir de la iglesia en grupos organizados.

Cantaban himnos.

Algunos sonreían.

Otros caminaban con el rostro serio.

Los policías no podían creer lo que veían.

Esperaban adultos.

Encontraron adolescentes.

Y luego niños.

Las patrullas comenzaron a detenerlos.

Pero seguían saliendo más.

Y más.

Y más.

Cada vez que un grupo era arrestado, otro aparecía por la puerta principal de la iglesia.

Bull Connor observaba la escena con creciente frustración.

Las cárceles comenzaban a llenarse.

Los autobuses escolares fueron utilizados para transportar a los detenidos.

Sin embargo, los estudiantes seguían llegando.

La respuesta brutal

Al día siguiente, Connor decidió cambiar de estrategia.

Ordenó utilizar perros policiales.

También autorizó el uso de mangueras contra incendios de alta presión.

Cuando Martin recibió la noticia, sintió un escalofrío.

Corrió hacia una de las calles donde se desarrollaban las manifestaciones.

Lo que vio quedaría grabado para siempre en su memoria.

Niños siendo derribados por la fuerza del agua.

Adolescentes perseguidos por perros.

Jóvenes golpeados mientras intentaban protegerse unos a otros.

El ruido de las mangueras era ensordecedor.

La presión del agua arrancaba la corteza de algunos árboles y lanzaba cuerpos contra paredes y automóviles.

Pero muchos estudiantes…

volvían a levantarse.

Empapados.

Doloridos.

Temblando.

Y continuaban caminando.

Martin sintió que las lágrimas humedecían sus ojos.




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