El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 20 — El sueño comienza a conquistar América

Washington D. C. / Atlanta. Mayo–Agosto de 1963.

Las imágenes de Birmingham habían recorrido el planeta.

Niños derribados por el agua a presión.

Perros policiales atacando manifestantes pacíficos.

Jóvenes esposados mientras cantaban himnos.

Estados Unidos, que se presentaba ante el mundo como el gran defensor de la libertad, contemplaba ahora un espejo que revelaba una verdad imposible de ocultar.

En las redacciones de los periódicos, en las universidades, en las iglesias y en millones de hogares, la misma pregunta comenzaba a repetirse:

¿Cómo podía una nación fundada sobre la idea de igualdad permitir semejante injusticia?

Martin Luther King Jr. comprendió que algo profundo estaba cambiando.

Por primera vez, la conciencia de todo un país parecía despertar al mismo tiempo.

Pero también sabía que la indignación era solo el comienzo.

Ahora era necesario convertirla en cambios reales.

La voz de la Casa Blanca

El 11 de junio de 1963, el presidente John Fitzgerald Kennedy apareció en televisión para dirigirse a la nación.

Martin observaba el discurso junto a Coretta y varios colaboradores.

La sala permanecía en silencio.

Kennedy habló con un tono distinto al de ocasiones anteriores.

No se limitó a mencionar un conflicto político.

Lo llamó por su verdadero nombre.

Un problema moral.

Dijo que ningún estadounidense debía ser tratado como un ciudadano de segunda categoría y anunció que impulsaría una amplia ley de derechos civiles.

Cuando el discurso terminó, nadie habló durante unos segundos.

Finalmente Ralph Abernathy rompió el silencio.

—Nunca había escuchado a un presidente decir algo así.

Martin permaneció mirando la pantalla apagada.

—Las palabras son importantes.

Pero ahora deben convertirse en hechos.

Coretta tomó su mano.

—¿Crees que esta vez será diferente?

Martin respiró profundamente.

—Creo que la puerta comenzó a abrirse.

Pero todavía tendremos que empujarla.

Una noticia que golpeó al movimiento

Apenas unas horas después del discurso presidencial, una noticia estremeció al país.

Medgar Evers, uno de los principales dirigentes de la lucha por los derechos civiles en Misisipi, había sido asesinado frente a su casa.

Martin permaneció largo rato con el periódico entre las manos.

No lograba apartar la vista de la fotografía.

Recordó las veces que habían conversado.

Las reuniones.

Los proyectos.

Las esperanzas compartidas.

Coretta se acercó lentamente.

—¿Lo conocías mucho?

Martin asintió.

—Lo suficiente para saber que hoy no solo perdió la vida un hombre.

Hoy perdió un padre.

Un esposo.

Un amigo.

Y nuestro movimiento perdió una de sus voces más valientes.

Aquella noche, durante una vigilia, Martin habló ante cientos de personas.

—El odio ha vuelto a disparar.

Pero no conseguirá detener la marcha de la justicia.

Porque cada vez que intentan silenciar una voz…

miles de voces nuevas comienzan a levantarse.

Una idea largamente esperada

Semanas después, los principales dirigentes del movimiento por los derechos civiles se reunieron en Nueva York.

En la mesa estaban representantes de distintas organizaciones.

Entre ellos, A. Philip Randolph, veterano líder sindical que durante décadas había soñado con organizar una gran marcha nacional sobre Washington.

Randolph habló con serenidad.

—Esperé más de veinte años para este momento.

Martin sonrió.

Conocía la historia.

En la década de 1940, Randolph había propuesto una movilización semejante para exigir igualdad laboral.

Ahora, las circunstancias eran diferentes.

El país estaba preparado.

Bayard Rustin desplegó varios documentos.

—Si lo hacemos, deberá ser la manifestación más organizada que este país haya visto.

Trenes.

Autobuses.

Voluntarios.

Seguridad.

Agua.

Atención médica.

Sonido.

Todo debía planificarse con precisión.

Martin observó los planos.

Comprendía la magnitud del desafío.

No sería una protesta más.

Sería un acontecimiento capaz de cambiar el curso de la historia.

Las dudas

No todos apoyaban la idea.

Algunos funcionarios del gobierno temían disturbios.

Otros advertían que una concentración tan grande podía terminar en violencia.

Incluso dentro del movimiento existían preocupaciones.

—¿Y si ocurre un enfrentamiento? —preguntó un dirigente.

—¿Y si alguien provoca incidentes?

Martin permaneció en silencio.

Luego respondió:

—Precisamente por eso debemos demostrar que la disciplina puede ser más fuerte que el miedo.

La marcha no será un acto de ira.

Será un acto de esperanza.

Preparando un momento histórico

Durante las semanas siguientes, la actividad fue incesante.

Desde todos los rincones del país comenzaron a organizarse viajes hacia Washington.

Iglesias completas alquilaban autobuses.

Sindicatos preparaban delegaciones.

Universidades reunían estudiantes.

Familias enteras decidían participar.

En la oficina de la SCLC, los teléfonos no dejaban de sonar.

—¿Todavía hay lugar en los autobuses?

—¿Dónde debemos reunirnos?

—¿Podemos llevar a nuestros hijos?

Martin observaba aquel movimiento con emoción.

El sueño ya no pertenecía únicamente al sur.

Había cruzado ríos.

Montañas.

Fronteras estatales.

Estaba llegando al corazón mismo de la nación.

Una noche de reflexión

Pocos días antes de la marcha, Martin permanecía solo en su habitación del hotel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.