El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 22 — Un presidente, una ley y un disparo

Estados Unidos. Septiembre–Noviembre de 1963.

La Marcha sobre Washington había terminado.

Pero el eco de aquel “Yo tengo un sueño” seguía recorriendo el país.

En iglesias, universidades, fábricas y hogares, las palabras de Martin Luther King Jr. continuaban despertando conversaciones que hasta hacía poco parecían imposibles.

Por primera vez, millones de estadounidenses hablaban abiertamente sobre la segregación como un problema moral y no solamente político.

Sin embargo, Martin sabía que un discurso, por poderoso que fuera, no podía cambiar por sí solo un sistema construido durante siglos.

Las leyes debían transformarse.

Las instituciones debían actuar.

Y la nación tendría que decidir qué clase de país quería ser.

La Casa Blanca vuelve a llamar

Pocas semanas después de la marcha, Martin fue invitado nuevamente a la Casa Blanca.

El presidente John Fitzgerald Kennedy quería reunirse con varios líderes del movimiento por los derechos civiles.

Cuando Martin atravesó los jardines presidenciales, recordó la primera vez que había llegado allí.

Había sentido respeto.

Ahora sentía además el peso de la responsabilidad.

En el Despacho Oval, Kennedy los recibió con una sonrisa cordial.

El presidente parecía más sereno que meses atrás, pero también más consciente de la magnitud del desafío que enfrentaba.

Después de los saludos formales, fue directo al asunto.

—La marcha demostró algo importante.

Martin aguardó.

—El país está preparado para escuchar.

Pero el Congreso… todavía no.

Martin comprendía perfectamente.

Muchos legisladores del sur prometían bloquear cualquier intento de aprobar una ley amplia de derechos civiles.

Kennedy continuó.

—Necesitamos mantener viva la presión pública.

Pero debemos hacerlo sin dividir aún más al país.

Martin respondió con calma.

—Señor presidente, la unidad basada en la injusticia nunca será una verdadera unidad.

Kennedy sonrió levemente.

—Esa es precisamente la dificultad de gobernar.

Dos hombres, una misma preocupación

Al terminar la reunión, Kennedy acompañó a Martin hasta la puerta.

Por unos instantes quedaron solos.

El presidente habló en voz baja.

—¿Alguna vez siente miedo?

Martin no respondió de inmediato.

Finalmente dijo:

—Todos los días.

Kennedy asintió lentamente.

—Yo también.

Aquella confesión sorprendió a Martin.

El hombre más poderoso del mundo admitía sentir temor.

—La diferencia —añadió Kennedy— es decidir que el miedo no será quien tome las decisiones.

Martin extendió la mano.

—En eso estamos completamente de acuerdo.

Se estrecharon las manos.

Ninguno imaginaba que sería una de las últimas veces que conversarían.

El trabajo continúa

Mientras el proyecto de ley avanzaba lentamente en el Congreso, Martin recorrió nuevamente el país.

Cada ciudad presentaba desafíos distintos.

En algunas encontraba entusiasmo.

En otras, resistencia.

Pero en todas hallaba personas convencidas de que el cambio era posible.

Durante una reunión en una pequeña iglesia de Misisipi, un anciano se acercó al finalizar el encuentro.

—Reverendo…

—Sí.

—Tengo ochenta años.

Martin sonrió.

—Me alegra conocerlo.

El hombre bajó la mirada.

—He esperado toda mi vida para votar sin miedo.

Guardó silencio unos segundos.

—¿Cree que llegaré a verlo?

Martin tomó sus manos.

—No puedo prometerle cuándo llegará ese día.

Pero sí puedo prometerle que seguiremos caminando hasta alcanzarlo.

El anciano sonrió.

Aquellas palabras eran suficientes.

El viaje a Dallas

El 22 de noviembre de 1963, Martin se encontraba en Atlanta preparando nuevas actividades del movimiento.

La mañana transcurría con normalidad.

Revisaba correspondencia.

Conversaba con algunos colaboradores.

Planeaba futuros viajes.

Entonces sonó el teléfono.

Ralph Abernathy atendió.

Su expresión cambió inmediatamente.

Colgó lentamente.

Miró a Martin.

—Han disparado contra el presidente Kennedy en Dallas.

La sala quedó en silencio.

Nadie habló.

La radio fue encendida de inmediato.

Las emisoras interrumpían su programación.

La información llegaba de manera confusa.

Al principio solo hablaban de heridas.

Luego…

La voz del locutor se quebró.

—El presidente John Fitzgerald Kennedy ha fallecido.

Martin cerró los ojos.

Durante varios segundos no pudo pronunciar una palabra.

El peso de una pérdida

Coretta encontró a Martin sentado en absoluto silencio.

Tenía el rostro inclinado.

Las manos entrelazadas.

Ella comprendió inmediatamente.

Se sentó junto a él.

—Lo confirmaron.

Martin asintió.

—Sí.

Permanecieron varios minutos sin hablar.

Finalmente Martin dijo algo que sorprendió a Coretta.

—Este disparo no alcanzó solamente al presidente.

Alcanzó el corazón de Estados Unidos.

El duelo de una nación

Durante los días siguientes, el país entero quedó paralizado.

Millones de personas siguieron el funeral por televisión.

Las calles se llenaron de banderas a media asta.

Las iglesias abrieron sus puertas para orar.

Martin también participó en diversos actos de homenaje.

En uno de ellos pronunció unas palabras sencillas.

—No siempre estuvimos de acuerdo.

No resolvimos todos los problemas.

Pero el presidente Kennedy comprendió que la cuestión de los derechos civiles era una cuestión moral.

Y tuvo el valor de decirlo ante toda la nación.




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