Estados Unidos. Enero–Julio de 1964.
El invierno había cubierto Washington con un frío intenso.
Pero dentro del Capitolio la temperatura era otra.
Los pasillos hervían de conversaciones.
Senadores que negociaban votos.
Asesores que entraban y salían con carpetas repletas de documentos.
Periodistas que perseguían declaraciones.
En cada despacho se discutía el mismo proyecto.
La Ley de Derechos Civiles de 1964.
No era un texto cualquiera.
Era el intento más ambicioso desde la Reconstrucción para desmontar, mediante la ley, el sistema de segregación racial que había marcado a Estados Unidos durante generaciones.
Martin Luther King Jr. seguía cada noticia desde Atlanta.
No podía permanecer en Washington todos los días.
El movimiento necesitaba seguir trabajando en las calles.
Pero su atención estaba puesta en el Congreso.
Sabía que aquella batalla sería tan decisiva como cualquiera de las marchas que había encabezado.
Una lucha diferente
En una reunión de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), un joven voluntario preguntó:
—Reverendo King, ¿qué hacemos ahora? ¿Esperamos?
Martin sonrió con paciencia.
—Nunca esperamos.
Seguimos trabajando.
El muchacho frunció el ceño.
—Pero ahora la decisión está en manos de los políticos.
Martin negó con la cabeza.
—No.
Ellos votarán porque millones de personas los obligaron moralmente a hacerlo.
Si el pueblo deja de movilizarse…
la ley perderá su fuerza antes de nacer.
Aquellas palabras recordaban una verdad fundamental.
Las leyes podían cambiar los textos.
Pero solo las personas podían cambiar la sociedad.
La resistencia del viejo Sur
En el Senado, la oposición era feroz.
Varios legisladores del sur iniciaron un filibusterismo, pronunciando discursos interminables para impedir que el proyecto llegara a votación.
Las horas se convertían en días.
Los días en semanas.
Las radios informaban cada noche sobre nuevas maniobras para retrasar el proceso.
Martin escuchaba aquellas noticias con creciente preocupación.
Una tarde, Ralph Abernathy lo encontró caminando por el jardín de su casa.
—No pareces optimista.
Martin respondió sin detenerse.
—Estoy aprendiendo que una ley también puede recorrer su propio desierto antes de alcanzar la tierra prometida.
La determinación de Johnson
Mientras tanto, en la Casa Blanca, el presidente Lyndon Baines Johnson utilizaba toda su experiencia política para conseguir apoyos.
Recibía senadores uno tras otro.
Negociaba.
Convencía.
Presionaba.
Recordaba constantemente que aprobar aquella ley sería el mejor homenaje posible al presidente Kennedy.
En una conversación privada con varios asesores, Johnson dijo:
—Si esta ley fracasa…
la historia recordará que tuvimos la oportunidad de cambiar nuestro país y decidimos no hacerlo.
Sus palabras comenzaron a circular entre los congresistas.
La presión aumentaba.
Las cartas
Cada día llegaban cientos de cartas a la oficina de Martin.
Algunas expresaban apoyo.
Otras contenían amenazas.
Coretta ayudaba a clasificarlas.
Una tarde encontró un sobre escrito con letra infantil.
Lo abrió.
Dentro había una hoja cuidadosamente doblada.
Martin comenzó a leer.
“Querido doctor King:
Me llamo Sarah. Tengo diez años. En mi escuela aprendimos sobre usted. Mi papá dice que la ley puede cambiar este año. Yo solo quiero que una niña negra pueda jugar conmigo en el parque sin que nadie se enoje. Rezo para que eso ocurra.”
Martin terminó de leer en silencio.
Luego dobló nuevamente la carta.
—¿Qué dice? —preguntó Coretta.
Él sonrió.
—Dice exactamente por qué no podemos rendirnos.
Guardó aquella carta en el bolsillo interior de su saco.
La llevaría consigo durante mucho tiempo.
El peso del reconocimiento
En febrero de 1964, Martin viajó por distintas ciudades pronunciando conferencias.
En todas partes encontraba auditorios llenos.
Ya no era solamente un líder del sur.
Era una figura conocida en todo el mundo.
Sin embargo, aquella fama tenía un precio.
Los agentes del FBI continuaban siguiéndolo.
Sus teléfonos eran intervenidos.
Sus movimientos vigilados.
En una ocasión, un colaborador comentó con indignación:
—No entiendo cómo pueden tratarte como si fueras un delincuente.
Martin respondió con serenidad.
—Cuando las ideas desafían estructuras de poder muy profundas…
quienes temen al cambio suelen desconfiar incluso de la esperanza.
La votación decisiva
El 19 de junio de 1964, tras meses de intensos debates, la Cámara de Representantes aprobó el proyecto.
Pero aún faltaba el obstáculo más difícil.
El Senado.
El filibusterismo continuó durante semanas.
Finalmente, después de uno de los debates más largos de la historia del Congreso estadounidense, la maniobra fue derrotada.
La votación definitiva llegó.
En la sede de la SCLC nadie hablaba.
Una radio transmitía los resultados.
Cada voto parecía durar una eternidad.
Entonces llegó el anuncio.
La Ley de Derechos Civiles había sido aprobada.
Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Después comenzaron los abrazos.
Las lágrimas.
Las oraciones.
Martin permanecía inmóvil.
No celebraba una victoria personal.
Recordaba a quienes no habían llegado vivos hasta ese día.
Pensó en Medgar Evers.
En los cuatro estudiantes asesinados durante las luchas por el derecho al voto.