Atlanta – Oslo – Selma. Octubre–Diciembre de 1964.
La noticia llegó una mañana de octubre.
En la sede de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC) el teléfono sonó con insistencia.
Una secretaria atendió.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Cubrió el auricular con la mano y buscó a Martin Luther King Jr.
—Doctor King…
—¿Sí?
—Llaman desde Europa.
Dicen que es urgente.
Martin tomó el teléfono con tranquilidad.
Al otro lado de la línea, una voz con marcado acento noruego habló lentamente.
—Doctor King…
Tengo el honor de comunicarle que el Comité Noruego del Nobel ha decidido concederle el Premio Nobel de la Paz.
Durante unos segundos, Martin permaneció inmóvil.
No respondió.
Creyó haber escuchado mal.
La voz volvió a repetir la noticia.
Ahora ya no había dudas.
Era cierto.
Con apenas treinta y cinco años, se convertía en el hombre más joven hasta entonces en recibir aquel reconocimiento.
Cuando colgó el teléfono, Ralph Abernathy lo observó.
—¿Qué sucede?
Martin sonrió con una mezcla de emoción e incredulidad.
—Parece que tendremos que viajar a Noruega.
Una alegría compartida
La noticia recorrió el mundo en pocas horas.
Los periódicos publicaron ediciones especiales.
Las radios interrumpieron su programación.
Las cadenas de televisión enviaron equipos a Atlanta.
Frente a la iglesia Ebenezer comenzaron a reunirse periodistas.
Uno de ellos preguntó:
—Doctor King…
¿Este premio representa un triunfo personal?
Martin negó con suavidad.
—No.
Representa el reconocimiento de una causa.
Yo acepto este honor en nombre de todos aquellos que caminaron, fueron encarcelados, golpeados o incluso perdieron la vida buscando una sociedad más justa.
Aquellas palabras aparecieron al día siguiente en diarios de todos los continentes.
La celebración en casa
Aquella noche, la familia King se reunió alrededor de la mesa.
Yolanda, la mayor de sus hijos, observaba con curiosidad los periódicos.
—Papá…
¿Ahora eres famoso en todo el mundo?
Martin soltó una carcajada.
—No sé si famoso.
Pero sí sé que muchas personas conocen nuestra lucha.
El pequeño Martin III preguntó:
—¿Qué es un Premio Nobel?
Coretta sonrió antes de responder.
—Es un reconocimiento que reciben personas que ayudan a hacer del mundo un lugar mejor.
El niño miró a su padre.
—Entonces todos los que marcharon contigo también deberían tener uno.
Martin sintió un nudo en la garganta.
Se inclinó y abrazó a su hijo.
—Tienes razón.
Sombras detrás del reconocimiento
No todos celebraban.
Mientras llegaban miles de cartas de felicitación, también aumentaban las amenazas.
El teléfono sonaba a cualquier hora.
Algunas llamadas eran insultos.
Otras contenían advertencias.
El FBI continuaba vigilando cada uno de sus movimientos.
En una reunión privada, uno de sus colaboradores comentó:
—Parece que cuanto más reconocimiento recibes, más enemigos aparecen.
Martin permaneció pensativo.
—No luchamos para ser queridos.
Luchamos para hacer lo correcto.
Aunque eso incomode a muchos.
El viaje a Oslo
En diciembre, Martin y Coretta viajaron a Oslo, donde tendría lugar la ceremonia de entrega.
El invierno noruego ofrecía un paisaje completamente distinto al del sur estadounidense.
Las calles estaban cubiertas de nieve.
Las luces navideñas iluminaban los edificios históricos.
El aire era limpio y silencioso.
Mientras el automóvil avanzaba hacia el hotel, Martin observó por la ventanilla.
—Qué diferente es este lugar…
Coretta tomó su mano.
—Y, sin embargo, vinimos aquí por lo que ocurre en Alabama.
Él sonrió.
Tenía razón.
Aunque estuvieran a miles de kilómetros de casa, el verdadero motivo del viaje seguía siendo la lucha por los derechos civiles.
La ceremonia
El gran salón estaba colmado.
Representantes de distintos países ocupaban sus asientos.
Diplomáticos.
Académicos.
Periodistas.
Miembros de la familia real noruega.
Cuando anunciaron su nombre, Martin caminó lentamente hacia el estrado.
No veía solamente a quienes estaban presentes.
En su mente aparecían otros rostros.
Los de Montgomery.
Birmingham.
Albany.
Washington.
Selma.
Pensó en Rosa Parks.
En Medgar Evers.
En los niños de Birmingham.
En cada persona anónima que había soportado humillaciones para que aquel día pudiera existir.
Recibió la medalla.
El diploma.
Y el aplauso de todo el auditorio.
Después comenzó a hablar.
Su voz sonaba serena.
Pero profundamente emocionada.
—Acepto este premio con una fe inquebrantable en el ser humano.
Acepto este premio convencido de que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra sobre la realidad.
El silencio era absoluto.
Martin continuó.
—Me niego a aceptar que la humanidad esté condenada para siempre al racismo, a la guerra y al odio.
Creo que la paz puede convertirse en una fuerza creadora de la historia.
Al concluir, el público permaneció de pie durante largos minutos.
No aplaudían únicamente a un hombre.
Aplaudían una idea.
El verdadero destino del premio
Terminada la ceremonia, un periodista se acercó.
—Doctor King…
¿En qué piensa utilizar el dinero del premio?
Martin respondió sin vacilar.
—Será destinado íntegramente al movimiento por los derechos civiles.