El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 25 — Domingo Sangriento

Selma, Alabama. Enero–Marzo de 1965.

El invierno se despedía lentamente del sur de Estados Unidos.

Pero en Selma, el aire seguía cargado de una tensión que podía sentirse en cada esquina.

Era una ciudad pequeña.

Sus calles parecían tranquilas.

Las tiendas abrían cada mañana.

Los niños iban a la escuela.

Los agricultores trabajaban la tierra.

Sin embargo, bajo aquella apariencia cotidiana se escondía una de las mayores injusticias del país.

En el condado de Dallas, donde Selma era la ciudad principal, la población afroamericana era mayoritaria.

Aun así, apenas un pequeño porcentaje estaba registrado para votar.

No era casualidad.

Quienes intentaban inscribirse encontraban obstáculos casi imposibles de superar.

Exámenes arbitrarios sobre la Constitución.

Horarios limitados.

Funcionarios que rechazaban solicitudes sin explicación.

Amenazas.

Despidos.

Golpizas.

El mensaje era claro.

La democracia tenía un color.

Y para millones de ciudadanos negros, ese color seguía siendo inaccesible.

Martin Luther King Jr. llegó a Selma convencido de que aquella debía ser la siguiente gran batalla.

Si una persona no podía votar, tampoco podía elegir a quienes redactaban las leyes que gobernaban su vida.

La igualdad no estaría completa mientras ese derecho continuara siendo negado.

El encuentro con la comunidad

La primera reunión se realizó en la histórica Iglesia Brown Chapel A.M.E.

Los bancos estaban completamente ocupados.

Hombres y mujeres escuchaban con atención.

Muchos habían intentado registrarse para votar varias veces.

Todos habían sido rechazados.

Martin caminó lentamente hasta el púlpito.

No comenzó con un discurso.

Comenzó haciendo una pregunta.

—¿Cuántos de ustedes han intentado registrarse para votar?

Decenas de manos se levantaron.

—¿Y cuántos lo consiguieron?

Solo unas pocas permanecieron en alto.

El silencio fue devastador.

Martin observó aquellos rostros marcados por la frustración.

—Hoy no hemos venido a pedir un privilegio.

Hemos venido a reclamar un derecho que ya nos pertenece.

Los aplausos resonaron con fuerza.

Un sacrificio que conmueve

Pocos días después, un joven activista llamado Jimmie Lee Jackson participó en una manifestación pacífica en el cercano pueblo de Marion.

La protesta fue atacada violentamente por agentes estatales.

En medio del caos, Jimmie intentó proteger a su madre y a su abuelo.

Un policía le disparó.

Durante varios días luchó por sobrevivir.

Martin visitó el hospital.

Encontró a la familia reunida en silencio.

La madre del joven sostenía la mano de su hijo.

Cuando Martin entró, ella levantó la vista.

—Reverendo…

¿Mi hijo hizo lo correcto?

Martin sintió que las palabras pesaban como piedras.

Se acercó a la cama.

Miró al joven inconsciente.

Luego respondió con la voz quebrada.

—Su hijo defendió el amor frente al odio.

No existe causa más noble.

Pocos días después, Jimmie Lee Jackson murió.

Su muerte sacudió profundamente al movimiento.

La decisión de marchar

Durante el funeral, James Bevel tomó la palabra.

Su voz resonó con fuerza.

—No basta con llorar.

Debemos transformar nuestro dolor en acción.

Propuso organizar una gran marcha desde Selma hasta Montgomery, la capital de Alabama.

Serían más de ochenta kilómetros.

El objetivo era entregar al gobernador una petición exigiendo protección efectiva del derecho al voto.

Martin apoyó la iniciativa.

Pero compromisos previamente asumidos lo obligaban a permanecer fuera de Selma durante los primeros días de preparación.

Los líderes locales decidieron que la marcha comenzaría el 7 de marzo de 1965, encabezada por John Lewis y Hosea Williams.

Martin prometió unirse tan pronto como regresara.

Nadie imaginaba la tragedia que estaba a punto de desarrollarse.

El puente

La mañana del 7 de marzo amaneció despejada.

Aproximadamente seiscientas personas salieron de Brown Chapel en absoluto silencio.

No llevaban armas.

Solo mochilas pequeñas, Biblias, agua y una determinación inquebrantable.

John Lewis caminaba al frente.

Tenía apenas veinticinco años.

A su lado avanzaba Hosea Williams.

Las calles parecían extrañamente vacías.

Al acercarse al Puente Edmund Pettus, la multitud comenzó a cantar suavemente.

“We Shall Overcome…”

Desde lo alto del puente, la vista permitía contemplar el camino que conducía hacia Montgomery.

Pero, al descender, apareció una barrera de agentes de la policía estatal y ayudantes del sheriff.

Todos estaban equipados con cascos, escudos, porras y máscaras antigás.

Detrás de ellos esperaban hombres montados a caballo.

El comandante dio un paso al frente.

Su voz sonó seca.

—Tienen dos minutos para dispersarse y regresar a sus casas.

Los manifestantes permanecieron inmóviles.

John Lewis apenas tuvo tiempo de intercambiar una mirada con Hosea Williams.

No habían transcurrido ni sesenta segundos cuando el comandante levantó el brazo.

—¡Avancen!

Domingo Sangriento

Lo que ocurrió después pareció una escena de guerra.

Los policías cargaron contra la multitud.

Las porras golpeaban indiscriminadamente.

Los caballos arremetían contra hombres y mujeres.

Se lanzaron gases lacrimógenos.

El aire se volvió irrespirable.

Personas caían al suelo intentando protegerse.




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