Selma, Alabama. Marzo de 1965.
El amanecer encontró a Selma transformada.
Ya no era solamente una pequeña ciudad del sur.
Se había convertido en el centro de la conciencia de una nación.
Las imágenes del Domingo Sangriento habían despertado una indignación imposible de contener. Desde todos los rincones de Estados Unidos comenzaban a llegar personas decididas a caminar junto a quienes, durante generaciones, habían sido privados de un derecho fundamental.
Sacerdotes católicos.
Pastores protestantes.
Rabinos judíos.
Monjas.
Estudiantes.
Obreros.
Artistas.
Veteranos de guerra.
Hombres y mujeres de todas las edades.
Muchos nunca habían estado en Alabama.
Pero sentían que la lucha de Selma también les pertenecía.
Martin Luther King Jr. los observaba llegar uno tras otro a la Iglesia Brown Chapel A.M.E.
Cada nuevo autobús representaba una promesa.
La promesa de que el dolor ya no sería enfrentado en soledad.
Una ciudad sitiada
Las autoridades de Alabama también se preparaban.
El gobernador George Wallace insistía públicamente en que la marcha alteraba el orden y que el gobierno federal no debía intervenir.
Las fuerzas estatales reforzaron su presencia.
Vehículos policiales recorrían las calles.
Agentes vigilaban la iglesia día y noche.
Muchos habitantes blancos observaban desde las veredas con gestos de desconfianza.
Otros cerraban las cortinas de sus casas.
La tensión era palpable.
Bastaba una chispa para provocar una tragedia.
Martin lo sabía.
Por eso, antes de cualquier decisión, reunió a los principales dirigentes.
El dilema
La reunión fue larga.
Algunos querían marchar inmediatamente hasta Montgomery.
Otros recordaban que un juez federal todavía debía decidir si la movilización podía realizarse legalmente.
Ralph Abernathy tomó la palabra.
—Si esperamos, muchos dirán que tenemos miedo.
John Lewis, todavía con la cabeza vendada por los golpes recibidos en el puente, respondió con serenidad.
—Y si avanzamos sin pensar, podríamos llevar a cientos de personas hacia otra masacre.
Todas las miradas se dirigieron a Martin.
Él permaneció en silencio.
La decisión era una de las más difíciles de toda su vida.
No solo estaba en juego el éxito de la campaña.
Estaban en juego vidas humanas.
La segunda marcha
El 9 de marzo de 1965, apenas dos días después del Domingo Sangriento, miles de personas salieron nuevamente desde Brown Chapel.
Martin encabezaba la columna.
A cada lado caminaban líderes religiosos de distintas confesiones.
Mientras avanzaban, la multitud entonaba himnos.
No había gritos de odio.
Solo oraciones.
Al llegar al Puente Edmund Pettus, el silencio se hizo absoluto.
Muchos recordaban las imágenes de la brutal represión.
Al otro lado del puente esperaban nuevamente las fuerzas estatales.
El viento soplaba con fuerza.
Martin dio algunos pasos hacia adelante.
Los manifestantes contenían la respiración.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Se arrodilló.
Inclinó la cabeza.
Comenzó a orar.
Miles de personas hicieron lo mismo.
Después de unos minutos, Martin se puso de pie.
Miró el camino que conducía hacia Montgomery.
Luego giró lentamente.
—Regresamos.
La multitud obedeció.
Algunos quedaron desconcertados.
Otros sintieron frustración.
Pero Martin sabía que aquella decisión evitaría un enfrentamiento mientras la justicia federal resolvía el conflicto.
La prensa bautizó aquel episodio como “Turnaround Tuesday”.
Muchos no comprendieron su decisión en ese momento.
La historia demostraría que había elegido preservar vidas sin abandonar la causa.
Una noche de dolor
Aquella misma noche ocurrió una nueva tragedia.
El reverendo James Reeb, un pastor unitario llegado desde Boston para apoyar la marcha, fue brutalmente golpeado por supremacistas blancos cuando salía de cenar con otros religiosos.
Martin acudió al hospital.
Encontró a varios ministros rezando en silencio.
Reeb permanecía inconsciente.
Un joven pastor preguntó con desesperación:
—¿Cuánto más tendremos que soportar?
Martin observó el rostro inmóvil de James.
Luego respondió:
—Hasta que la justicia sea más fuerte que el odio.
Dos días después, James Reeb falleció.
Su muerte conmocionó profundamente al país.
Miles de personas que hasta entonces habían observado los acontecimientos desde la distancia comprendieron que la violencia ya no distinguía entre negros y blancos.
Atacaba a cualquiera que defendiera la igualdad.
El fallo esperado
Mientras el país lloraba a James Reeb, el juez federal Frank M. Johnson Jr. estudiaba el caso.
Su decisión podía cambiar el rumbo de la historia.
El 17 de marzo de 1965, emitió su fallo.
Reconoció que el derecho a marchar pacíficamente estaba protegido por la Constitución.
Autorizó la movilización desde Selma hasta Montgomery.
Cuando la noticia llegó a Brown Chapel, el templo estalló en aplausos.
Martin permaneció inmóvil.
No celebraba una victoria personal.
Sabía que el camino apenas comenzaba.
El llamado del presidente
Esa misma semana, el presidente Lyndon B. Johnson se dirigió al Congreso y a toda la nación por televisión.
Martin siguió el discurso desde Selma junto a decenas de voluntarios.
Johnson habló con firmeza sobre el derecho al voto.