El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 27 — La voz del pueblo

Estados Unidos. Abril–Agosto de 1965.

La marcha había terminado.

Los cánticos se habían apagado.

Las carpas levantadas durante los cinco días de camino hacia Montgomery ya no estaban.

Pero algo mucho más importante permanecía.

La certeza de que la historia había comenzado a cambiar de dirección.

Desde las ventanas de la Brown Chapel A.M.E. Church, en Selma, aún podía verse el ir y venir de personas que llegaban para agradecer.

Algunos abrazaban a los voluntarios.

Otros simplemente permanecían en silencio, contemplando el lugar desde donde había partido la marcha que conmovió al mundo.

Martin Luther King Jr. observaba la escena con humildad.

No veía héroes.

Veía ciudadanos comunes que habían decidido hacer algo extraordinario.

Washington escucha

La presión sobre el Congreso era inmensa.

Las imágenes del Domingo Sangriento, la muerte de Jimmie Lee Jackson, el asesinato del reverendo James Reeb y la histórica marcha hasta Montgomery habían cambiado el clima político.

En la Casa Blanca, el presidente Lyndon B. Johnson mantenía reuniones constantes con los líderes del Congreso.

No quería que el impulso se perdiera.

Cada día que pasaba aumentaban las posibilidades de que surgieran nuevas maniobras para bloquear la reforma.

En una de esas reuniones dijo con firmeza:

—La democracia pierde toda legitimidad cuando permite que algunos ciudadanos voten y otros no.

Sus asesores comprendieron que hablaba con absoluta determinación.

Esta vez no estaba dispuesto a retroceder.

La espera

Mientras tanto, Martin continuaba viajando por el sur.

En cada ciudad encontraba personas ansiosas.

No preguntaban por discursos.

Preguntaban por fechas.

—¿Cuándo podremos registrarnos?

—¿Cuándo cambiará la ley?

—¿Será verdad esta vez?

En una pequeña iglesia rural de Alabama, una mujer levantó la mano.

Tendría alrededor de sesenta años.

—Doctor King…

Él sonrió.

—La escucho.

—He intentado inscribirme para votar seis veces.

Las seis me rechazaron.

¿Cree que esta vez podré hacerlo?

Martin la observó con ternura.

—No solo lo creo.

Voy a trabajar hasta verlo con mis propios ojos.

La mujer comenzó a llorar.

No de tristeza.

De esperanza.

La firma histórica

El 6 de agosto de 1965, el Salón del Gabinete de la Casa Blanca estaba repleto.

Periodistas.

Congresistas.

Líderes religiosos.

Activistas.

Entre ellos se encontraba Martin.

El presidente Johnson tomó la palabra.

—Hoy eliminamos una de las barreras más injustas de nuestra democracia.

Después firmó la Ley del Derecho al Voto de 1965.

El sonido de las cámaras fotográficas llenó la sala.

Johnson entregó una de las plumas utilizadas para la firma a Martin.

—Doctor King…

Quiero que conserve esto.

Martin recibió la pluma con emoción.

La sostuvo durante unos segundos.

Luego respondió:

—Señor presidente…

Esta pluma representa millones de manos que durante demasiado tiempo no pudieron sostener una papeleta electoral.

Johnson asintió.

Sabía que aquella respuesta resumía el verdadero significado de la ceremonia.

El primer registro

Pocos días después, Martin regresó a Selma.

Quería presenciar algo que durante años había parecido imposible.

Las oficinas de registro electoral abrieron sus puertas.

Desde muy temprano comenzaron a formarse largas filas.

Había ancianos.

Jóvenes.

Madres con sus hijos.

Trabajadores que habían pedido permiso en sus empleos.

Muchos llevaban su mejor ropa.

Era un día histórico.

Una anciana caminaba lentamente apoyándose en un bastón.

Martin la reconoció inmediatamente.

Era la misma mujer que meses antes le había mostrado la vieja Constitución cuidadosamente doblada.

Ella sonrió.

—Reverendo…

Parece que hoy sí llegó mi turno.

Martin sintió que la emoción le cerraba la garganta.

La acompañó hasta la entrada.

Cuando finalmente completó el formulario de inscripción, la mujer levantó el documento con las manos temblorosas.

Las personas comenzaron a aplaudir.

Ella se acercó a Martin.

—Esperé cuarenta años.

Pero valió la pena.

Martin respondió con los ojos humedecidos.

—Hoy la democracia también recuperó una parte de sí misma.

Una generación nueva

En los meses siguientes, miles de ciudadanos afroamericanos comenzaron a registrarse para votar.

Algunos lo hacían por primera vez a los veinte años.

Otros superaban los ochenta.

Los voluntarios recorrían pueblos enteros ayudando con los trámites.

Las iglesias organizaban jornadas de información.

Los jóvenes enseñaban a los mayores a completar formularios.

Una tarde, un muchacho de dieciocho años se acercó a Martin.

—Doctor King…

Mi abuelo nunca pudo votar.

Mi padre tampoco.

Yo voy a hacerlo el próximo mes.

¿Qué cree que sentirán cuando entre al centro de votación?

Martin sonrió.

—Sentirán que caminarán contigo.

Porque cada derecho conquistado pertenece también a quienes lucharon antes de nosotros.

La otra realidad

Sin embargo, mientras viajaba por distintas ciudades del norte, Martin comenzó a descubrir un problema diferente.

En Chicago.

En Cleveland.

En Detroit.

En Nueva York.

La segregación no aparecía siempre escrita en carteles.

Pero seguía existiendo.

Barrios enteros concentraban pobreza.

Las viviendas eran precarias.




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