Estados Unidos. 1967.
La primavera comenzaba a despertar en Atlanta.
Los árboles recuperaban lentamente su color.
Las iglesias preparaban las celebraciones de Pascua.
Las calles parecían transmitir una calma que contrastaba con el clima político que vivía el país.
A miles de kilómetros de allí, en las selvas de Vietnam, la guerra se intensificaba.
Cada semana llegaban nuevos informes.
Más soldados enviados al frente.
Más jóvenes muertos.
Más familias recibiendo telegramas que cambiaban sus vidas para siempre.
Las imágenes de aldeas destruidas comenzaban a ocupar las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión.
En Estados Unidos crecía una pregunta que dividía hogares, universidades e iglesias:
¿Podía aquella guerra justificarse?
Martin Luther King Jr. escuchaba ese debate con creciente inquietud.
Durante meses había evitado pronunciarse públicamente.
Muchos de sus colaboradores le aconsejaban prudencia.
Su misión, decían, era la lucha por los derechos civiles.
No la política internacional.
Pero cuanto más reflexionaba, más difícil le resultaba separar ambas realidades.
Las cartas de los soldados
Una mañana, Coretta dejó sobre el escritorio de Martin un pequeño paquete de correspondencia.
—Llegaron ayer.
Hay varias que creo que deberías leer.
Entre ellas había una escrita desde Vietnam.
El remitente era un joven afroamericano de apenas veinte años.
Martin abrió cuidadosamente el sobre.
“Querido doctor King:
Marché con usted cuando era estudiante. Ahora llevo un uniforme. Aquí lucho por la libertad de personas a las que nunca conocí, pero mi madre todavía tiene miedo de votar sola en algunos lugares del sur. No entiendo cómo puedo defender la democracia en otro país cuando todavía la estamos construyendo en el nuestro.”
Martin volvió a leer aquellas líneas varias veces.
Después tomó otra carta.
Era de la madre de un soldado muerto.
“Mi hijo admiraba sus discursos. Decía que algún día volvería para ayudar a cambiar nuestro país. Nunca regresó.”
Martin dejó las cartas sobre la mesa.
No encontraba palabras.
Solo preguntas.
Una conversación difícil
Esa tarde reunió a Ralph Abernathy, Andrew Young y otros dirigentes de la SCLC.
Sobre la mesa había recortes de periódicos y estadísticas.
Martin rompió el silencio.
—Necesitamos hablar de Vietnam.
Ralph frunció el ceño.
—Sabía que tarde o temprano dirías eso.
Andrew permanecía pensativo.
Otro colaborador intervino con preocupación.
—Martin…
Si nos involucramos en ese debate perderemos aliados importantes.
Muchos congresistas que apoyaron la Ley de Derechos Civiles respaldan la guerra.
También varios periódicos.
Incluso algunos donantes.
Martin escuchó atentamente.
Nadie estaba siendo desleal.
Todos expresaban un temor legítimo.
Después habló.
—¿Qué ocurre si callamos?
Nadie respondió.
Él continuó.
—Hemos dicho durante años que toda vida humana posee el mismo valor.
Si ahora guardamos silencio porque las víctimas están lejos…
¿qué ocurrirá con nuestra credibilidad?
El salón quedó en absoluto silencio.
Coretta
Aquella noche, Martin salió a caminar con Coretta por el jardín de su casa.
Ella conocía mejor que nadie sus dudas.
Desde hacía tiempo también expresaba públicamente su preocupación por la guerra.
—¿Ya tomaste una decisión? —preguntó.
Martin tardó unos segundos.
—Creo que sí.
Coretta lo miró.
—Hablarás.
Él asintió.
—Sí.
Aunque muchos no lo comprendan.
Ella sonrió con serenidad.
—Entonces habla con la misma honestidad con la que hablaste en Montgomery y en Washington.
La verdad nunca necesita disfraces.
Martin tomó su mano.
Sabía que aquel apoyo sería indispensable.
La iglesia Riverside
El 4 de abril de 1967, exactamente un año antes del día que cambiaría para siempre la historia, Martin llegó a la Iglesia Riverside, en la ciudad de Nueva York.
El templo estaba completamente lleno.
Periodistas ocupaban los últimos bancos.
Muchos intuían que aquel discurso marcaría un antes y un después.
Martin permaneció algunos minutos en silencio antes de comenzar.
Respiró profundamente.
Luego habló.
—Ha llegado un momento en que el silencio es traición.
Aquellas palabras recorrieron el templo como un relámpago.
Explicó que la violencia ejercida por Estados Unidos en Vietnam estaba profundamente relacionada con la pobreza y la desigualdad que seguían afectando a millones de ciudadanos dentro del propio país.
—No puedo pedir a los jóvenes negros que renuncien a la violencia en nuestros barrios mientras su propio gobierno utiliza la violencia como instrumento habitual en el extranjero.
El auditorio permanecía inmóvil.
Martin no hablaba como un político.
Hablaba como un pastor convencido de que el Evangelio exigía coherencia.
—La verdadera revolución de valores consiste en elegir el amor antes que el odio, la justicia antes que el poder y la paz antes que la guerra.
Cuando terminó, algunos se pusieron de pie.
Otros permanecieron sentados, sorprendidos.
Todos comprendían que acababan de escuchar uno de los discursos más valientes de su vida.
La tormenta
Las reacciones no tardaron en llegar.
Al día siguiente, numerosos periódicos publicaron editoriales muy críticos.
Algunos afirmaban que Martin había cometido un grave error.
Otros lo acusaban de mezclar causas diferentes.
Varios dirigentes políticos retiraron su apoyo.