Memphis, Tennessee. 4 de abril de 1968.
La mañana había amanecido limpia después de la tormenta de la noche anterior.
El cielo era de un azul intenso.
El aire, fresco.
Desde la ventana de su habitación en el Lorraine Motel, Martin Luther King Jr. contemplaba los árboles que se mecían suavemente con el viento.
Durante unos instantes disfrutó de un raro momento de tranquilidad.
El discurso pronunciado la noche anterior en el Mason Temple seguía resonando en su mente.
“He estado en la cima de la montaña…”
Nunca imaginó que millones de personas volverían una y otra vez sobre aquellas palabras, buscando en ellas un anuncio de lo que estaba por ocurrir.
Para él, simplemente habían nacido del corazón.
Como tantas otras.
El desayuno
En la habitación contigua, Ralph Abernathy golpeó suavemente la puerta.
—Martin… ¿Ya estás despierto?
—Pasa, Ralph.
Sobre una pequeña mesa descansaban dos tazas de café, tostadas y huevos revueltos.
Mientras desayunaban, hablaron de asuntos cotidianos.
La nueva marcha.
La reunión prevista con los líderes sindicales.
La Campaña de los Pobres que comenzarían en Washington.
Ralph sonrió.
—Cuando todo esto termine…
deberías tomarte unas vacaciones.
Martin soltó una leve carcajada.
—Hace años que me prometes eso.
—Y hace años que nunca me haces caso.
Ambos rieron.
Durante unos minutos dejaron de ser los rostros visibles de un movimiento.
Volvieron a ser simplemente dos amigos compartiendo el desayuno.
La ciudad que esperaba
Mientras tanto, Memphis despertaba lentamente.
Los trabajadores sanitarios seguían sosteniendo la huelga.
Muchos llevaban colgado sobre el pecho el cartel que ya se había convertido en un símbolo:
“I AM A MAN.”
En las iglesias se organizaban cadenas de oración.
En los barrios más humildes, las familias comentaban con entusiasmo la posibilidad de que la próxima marcha fuera completamente pacífica.
Había esperanza.
También incertidumbre.
Pero nadie pensaba en abandonar.
Los preparativos
Andrew Young llegó al motel poco antes del mediodía.
Traía buenas noticias.
El juez había autorizado la nueva manifestación prevista para los días siguientes.
Entró en la habitación con una enorme sonrisa.
—¡Lo conseguimos!
Martin levantó la vista.
—¿Es oficial?
Andrew le mostró los documentos.
—Completamente oficial.
Martin se puso de pie y lo abrazó.
—Entonces la gente volverá a marchar.
Y esta vez nadie podrá decir que no respetamos la ley.
Los presentes respiraron aliviados.
Después de tantos días de tensión, aquella noticia representaba un pequeño triunfo.
Una conversación con Jesse Jackson
Durante la tarde llegó el joven líder Jesse Jackson, acompañado por otros colaboradores.
El ambiente era relajado.
Hablaron sobre la organización de las próximas actividades.
En un momento, Jesse apareció vestido de manera informal.
Martin lo observó con una sonrisa.
—Jesse…
¿Piensas asistir así a la cena?
Todos rieron.
Jesse respondió entre bromas.
—Doctor King…
Lo importante es el mensaje.
No el traje.
Martin levantó las cejas.
—Puede ser.
Pero un buen traje también ayuda.
Las carcajadas llenaron el balcón.
Nadie imaginaba que aquella sería una de las últimas conversaciones distendidas que compartirían con él.
La música
Poco antes de las seis de la tarde, Martin salió al balcón de la habitación 306.
Abajo, en el estacionamiento, varios amigos conversaban.
Entre ellos estaba el músico Ben Branch, quien debía participar en un acto esa misma noche.
Martin se inclinó sobre la baranda.
—¡Ben!
El músico levantó la vista.
—¡Doctor King!
Martin sonrió ampliamente.
—Esta noche quiero que toques mi himno favorito.
“Take My Hand, Precious Lord.”
Y tócalo…
como nunca antes lo hayas hecho.
Ben respondió emocionado.
—Así será.
Aquellas serían las últimas palabras públicas pronunciadas por Martin Luther King Jr.
Las seis y un minuto
El reloj avanzaba lentamente.
Las agujas marcaron las 6:01 de la tarde.
De pronto…
un estruendo rompió el silencio.
Un único disparo.
Seco.
Demoledor.
Durante una fracción de segundo nadie comprendió qué había sucedido.
Después, Martin cayó violentamente hacia atrás.
Su cuerpo quedó tendido sobre el balcón.
La bala había atravesado su rostro y cuello.
Ralph Abernathy salió corriendo de la habitación.
Andrew Young subió los escalones de dos en dos.
Jesse Jackson quedó paralizado.
Todos gritaban.
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡Rápido!
Andrew se arrodilló junto a Martin.
Intentó hablarle.
No obtuvo respuesta.
La sangre comenzaba a extenderse lentamente sobre el piso del balcón.
Los presentes levantaban los brazos señalando hacia el edificio ubicado enfrente, desde donde creían que había provenido el disparo.
La escena quedó inmortalizada en una fotografía que recorrería el mundo entero.
Una imagen que resumía el desconcierto de toda una nación.
La carrera contra el tiempo
La ambulancia llegó pocos minutos después.
Los paramédicos trabajaban frenéticamente.
Conectaron oxígeno.
Intentaron estabilizarlo.
Lo trasladaron de inmediato al Hospital St. Joseph.
Dentro del vehículo nadie hablaba.
Solo se escuchaba el sonido de los equipos médicos y las instrucciones urgentes del personal.