El Poder Del SueÑo Americano

Capítulo 35 — El sueño inacabado

Estados Unidos. 2009–2015.

El 20 de enero de 2009, cuando el nuevo presidente juró su cargo frente al Capitolio, muchos creyeron que la historia había cerrado un largo capítulo.

Las imágenes recorrieron el planeta.

Un hombre afroamericano ocupaba la Casa Blanca.

Parecía el cumplimiento de una promesa que durante siglos había parecido imposible.

Sin embargo, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo de Washington, en numerosos barrios del país la vida continuaba exactamente igual.

Las escuelas seguían teniendo menos recursos.

El desempleo golpeaba con mayor fuerza a las comunidades más pobres.

La violencia urbana seguía arrebatando vidas.

Y el color de la piel continuaba influyendo, muchas veces de forma silenciosa, en las oportunidades de millones de personas.

La historia había avanzado.

Pero no había terminado.

La profesora Eleanor

En una escuela pública de Birmingham, una maestra llamada Eleanor Brooks comenzaba cada año con la misma pregunta escrita sobre el pizarrón.

¿Qué significa ser realmente libre?

Los alumnos respondían con entusiasmo.

—Poder decir lo que pienso.

—Elegir mi trabajo.

—Votar.

—Ir donde quiera.

Eleanor escuchaba cada respuesta con atención.

Después abría un viejo libro.

Era una biografía de Martin Luther King Jr., gastada por el paso del tiempo.

Mostraba a los estudiantes una fotografía del boicot de Montgomery.

Luego otra de Selma.

Finalmente proyectaba la imagen de la Marcha sobre Washington.

—Estas personas también hablaban de libertad —decía.

—Pero descubrieron que la libertad no consiste solamente en romper cadenas.

También exige construir oportunidades para todos.

Un adolescente levantó la mano.

—Profesora…

Entonces…

¿ya somos libres?

Ella sonrió con serenidad.

—Somos más libres que antes.

Pero todavía no tanto como podríamos ser.

El aula quedó en silencio.

El oficial David Collins

En la ciudad de Chicago, el oficial de policía David Collins patrullaba un barrio marcado por la pobreza.

Había ingresado al cuerpo convencido de que podía ayudar a cambiar las cosas.

Cada día encontraba jóvenes inteligentes atrapados por la violencia.

Familias enteras luchando por sobrevivir.

Niños que crecían creyendo que el miedo formaba parte de la rutina.

Una tarde acudió a una escuela para hablar sobre convivencia.

En una pared observó un enorme mural de Martin Luther King Jr.

Debajo podía leerse una frase:

“La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo.”

David permaneció varios minutos contemplándola.

Comprendió que su uniforme podía representar autoridad.

Pero jamás sería suficiente si no aprendía también a escuchar.

Aquella tarde decidió que, además de patrullar las calles, dedicaría parte de su tiempo libre a organizar actividades deportivas para los adolescentes del barrio.

No resolvería todos los problemas.

Pero sería un comienzo.

La periodista

En Nueva York, la joven periodista Maya Robinson preparaba un documental sobre el legado del movimiento por los derechos civiles.

Entrevistó a antiguos manifestantes.

A historiadores.

A jueces.

A ciudadanos comunes.

Un anciano de noventa años le mostró una fotografía amarillenta.

En ella aparecía marchando junto a Martin en Selma.

—¿Qué sintió aquel día? —preguntó Maya.

El hombre sonrió.

—Miedo.

Muchísimo miedo.

Ella quedó sorprendida.

—Siempre imaginé que eran personas extraordinariamente valientes.

El anciano negó lentamente.

—No confundas valentía con ausencia de miedo.

La valentía consiste en seguir caminando aunque las piernas tiemblen.

Maya escribió aquella frase en su cuaderno.

Sabía que sería una de las ideas centrales del documental.

La iglesia de Atlanta

Cada domingo, la Iglesia Bautista Ebenezer continuaba llenándose de fieles.

Muchos acudían por razones espirituales.

Otros porque deseaban conocer el lugar donde Martin había predicado.

Una mañana, el pastor invitó a varios adolescentes a recorrer el antiguo despacho del líder.

Sobre el escritorio descansaban copias de algunos de sus sermones.

Una Biblia muy usada.

Una máquina de escribir.

Uno de los jóvenes preguntó:

—¿De verdad con esto cambió el mundo?

El pastor sonrió.

—No.

Con esto escribió ideas.

Quienes cambiaron el mundo fueron las personas que decidieron vivirlas.

Viejas heridas

A pesar de los avances, la tensión racial no había desaparecido.

En distintas ciudades comenzaron a producirse episodios que despertaban viejos fantasmas.

Cada nuevo incidente abría debates profundos sobre justicia, discriminación y uso de la fuerza.

En universidades, iglesias y centros comunitarios volvieron a organizarse encuentros para dialogar.

En uno de ellos participó la profesora Eleanor.

Un estudiante tomó la palabra.

—A veces siento que nada cambió.

Otro respondió inmediatamente.

—Y yo siento que cambió muchísimo.

La discusión comenzó a subir de tono.

Eleanor intervino con calma.

—Quizá ambos tengan parte de razón.

La historia nunca avanza en línea recta.

Da pasos hacia adelante.

A veces retrocede.

Pero cada generación decide si continúa caminando o si se detiene.

Las voces se fueron apagando.

Todos comprendieron que ninguna respuesta sencilla alcanzaba para explicar una realidad tan compleja.

El puente de Selma, otra vez

En marzo de 2015, miles de personas regresaron al puente Edmund Pettus para conmemorar el cincuentenario del Domingo Sangriento.




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