Memphis, Tennessee. 3 de abril de 1968.
La lluvia caía con una fuerza inusual sobre las calles de Memphis.
El cielo parecía una inmensa bóveda de plomo.
El viento golpeaba las ventanas de la ciudad como si quisiera anunciar que algo extraordinario estaba por suceder.
Martin Luther King Jr. observaba la tormenta desde la ventana de su habitación en el Lorraine Motel.
En la calle, los relámpagos iluminaban fugazmente los automóviles y los paraguas de quienes corrían buscando refugio.
Aquel día había amanecido agotado.
Las últimas semanas habían sido especialmente difíciles.
La Campaña de los Pobres exigía una energía enorme.
Los conflictos internos dentro del movimiento aumentaban.
Las críticas llegaban desde todos los sectores.
Había quienes lo acusaban de avanzar demasiado rápido.
Otros decían exactamente lo contrario.
Muchos cuestionaban su oposición a la guerra de Vietnam.
Incluso algunos antiguos aliados comenzaban a tomar distancia.
Martin conocía perfectamente aquella sensación.
No era la primera vez que caminaba casi solo.
Pero aquella mañana existía algo diferente.
Un cansancio más profundo.
No físico.
Espiritual.
Como si el peso de tantos años hubiera decidido caer de golpe sobre sus hombros.
Coretta había hablado con él por teléfono.
—¿Cómo estás?
Él respondió después de un largo silencio.
—Cansado…
pero en paz.
Ella percibió algo extraño en su voz.
—¿Estás preocupado?
Martin miró nuevamente la lluvia.
—No exactamente.
Solo siento que estamos llegando a un momento importante.
No supo explicar mejor aquella sensación.
Ni siquiera a sí mismo.
Una invitación inesperada
Esa noche debía celebrarse una reunión en el Mason Temple, sede de la Iglesia de Dios en Cristo.
La tormenta hacía pensar que asistiría muy poca gente.
Martin incluso consideró quedarse descansando.
Su amigo Ralph Abernathy intentó convencerlo.
—Has trabajado demasiado.
Permítenos dirigir la reunión.
Necesitas recuperarte.
Martin aceptó.
Al menos por unas horas.
Mientras tanto, cientos de personas comenzaron a llenar el enorme templo pese a la lluvia torrencial.
Los organizadores quedaron sorprendidos.
Las bancas seguían ocupándose.
La gente llegaba completamente empapada.
Nadie parecía dispuesto a regresar a casa.
Ralph telefoneó inmediatamente al motel.
—Martin…
tienes que venir.
La gente no vino por mí.
Vino para escucharte.
Martin guardó silencio.
Miró nuevamente el cielo.
Después tomó lentamente su abrigo.
—Está bien.
Voy para allá.
El templo lleno
Cuando llegó al Mason Temple, un estruendoso aplauso recorrió el edificio.
Miles de personas se pusieron de pie.
Algunos agitaban pañuelos.
Otros lloraban.
Muchos simplemente sonreían.
No estaban saludando únicamente a un líder.
Estaban recibiendo a un hombre que había compartido con ellos cárceles, amenazas y derrotas.
Martin subió lentamente al púlpito.
Permaneció unos segundos completamente inmóvil.
Observó cada rostro.
Negros.
Blancos.
Jóvenes.
Ancianos.
Trabajadores de la limpieza.
Pastores.
Estudiantes.
Madres con niños pequeños.
Todos aguardaban en silencio.
Tomó el micrófono.
Su voz comenzó tranquila.
Sin grandes gestos.
Como si estuviera conversando con amigos.
—Siempre me gusta detenerme a pensar en la historia…
Y, poco a poco, fue construyendo uno de los discursos más extraordinarios de su vida.
El viaje por los siglos
Invitó al público a imaginar que Dios le permitía elegir cualquier momento de la historia para vivir.
Describió el Egipto de Moisés.
La Grecia clásica.
El Imperio Romano.
El Renacimiento.
La Reforma.
La emancipación de los esclavos.
La Gran Depresión.
La lucha por los derechos civiles.
Cada época aparecía ante los ojos de la multitud como un inmenso mural de la humanidad.
Después hizo una pausa.
Miró hacia el techo del templo.
Y pronunció unas palabras que quedaron grabadas para siempre.
—Si Dios me preguntara en qué época quiero vivir…
yo respondería…
ahora.
La multitud estalló en aplausos.
No porque aquellos tiempos fueran fáciles.
Precisamente porque eran difíciles.
Martin explicaba que los momentos de crisis también ofrecen oportunidades únicas para transformar el mundo.
La parábola del buen samaritano
En un momento del discurso recordó la historia bíblica del hombre herido en el camino de Jerusalén a Jericó.
Explicó cómo un sacerdote y un levita pasaron de largo.
Tal vez pensaron:
“Si me detengo, ¿qué me ocurrirá?”
Pero el buen samaritano cambió la pregunta.
“Si no me detengo, ¿qué ocurrirá con él?”
Martin levantó lentamente la mano.
Su voz adquirió una intensidad creciente.
—Eso mismo debemos preguntarnos hoy.
¿Qué ocurrirá con nuestros hermanos si seguimos mirando hacia otro lado?
El silencio fue absoluto.
Muchos comprendieron que aquellas palabras no hablaban solamente de los trabajadores de Memphis.
Hablaban de toda la humanidad.
Las amenazas
Entonces recordó algo que todos conocían.
Las constantes amenazas de muerte.
Las cartas anónimas.
Las llamadas telefónicas.
Los atentados.
Respiró profundamente.
Y dijo con absoluta serenidad:
—Como cualquiera…
me gustaría vivir muchos años.
La longevidad tiene su importancia.
Una emoción recorrió el templo.