El precio de la verdad

Capítulo 12— Liam Croft

Vaya puta mierda.

No entiendo que es lo que paso, un momento estábamos hablando y al siguiente se ha ido sin darme explicación.

Lleva sin leer los mensajes que le envié hace dos días, dos días en los que no ha puesto un pie en el instituto, dos días en los que no se nada de ella.

Cuando la vi subirse al autobús sin girarse a mirarme. No sé en qué me he equivocado, y el no saberlo me está matando.

Y todas mis frustraciones las está pagando el saco de boxeo del sótano de mi casa.

No se boxear ni pretendo aprender, pero este cacharro me sirve para desahogar todas mis frustraciones. Como, por ejemplo, que la pelirroja se haya huido de mi sin saber por qué.

Ayer me presente en el estadio donde Leo entrena y ahí fue cuando me enteré que ni el pelirrojo ni su amigo que han presentado al entreno desde el mismo día que Yvonne se fue.

Está ocurriendo algo de lo que no me estoy enterando, y algo me dice que no es bueno, que cuando me entere no me va a hacer ninguna gracia.

Me quito los guantes lanzándolos a la otra punta de la habitación dejándolos caer sobre el sofá en el que a mi madre le gusta ver películas los días de lluvia.

Me paso la mano por la cara quitándome el sudor como puedo mientras unos pasos resuenan en la escalera y no tengo que girarme para saber que idiota es.

El único que puede entrar en mi casa con la mandita llave que lleva teniendo años.

Vince aparece por uno de los laterales de mi campo de visión y se tira en el sofá mirándome con una ceja levantada.

—¿Te ha respondido los mensajes? —pregunta acomodándose en el sofá.

Resoplo acercándome hacia la mesa de madera de centro que hay justo en frente del sofá, donde mi teléfono esta cargando.

Enciendo el teléfono desconectándolo de la corriente metiéndome en la aplicación de mensajes donde los dos tic siguen en gris, debajo de su nombre veo que la última vez que estuvo conectada fue anoche a las dos de la madrugada.

¿Qué aria Yvonne conectada a las dos de la mañana?

Una sensación extraña se asienta en mi estómago, no es como los nervios antes de un partido o la molestia de cuando me peleo con alguien.

Es algo que pocas veces en mi vida he sentido.

Miedo.

Porque en los dos meses que llevo conociéndola nunca a desaparecido tan repentinamente sin avisar a nadie.

—No.

Lanzo el teléfono al sofá, justo a su lado y el lo atrapa en el vuelo leyendo la conversación en silencio antes de dejarlo a un lado en silencio.

—Esto es extraño— habla enderezándose— ¿No has podido hablar con su hermano?

Respiro hondo acercándome al sofá que esta a su lado apartando los cojines para poder sentarme hundiendo el acolchado cojín bajo mi peso.

—No se a presentado a los entrenos— mascullo pasándome una mano por el pelo— Es como si hubieran desaparecido los dos.

Vince apoya la cabeza en el respaldar del sofá, mirando al techo en silencio moviendo los ojos de un lado a otro pensativamente.

—¿Y no se te a ocurrido preguntarle a tu padre? —pregunta de repente mirándome un momento de reojo.

—¿A mi padre? —pregunto incrédulo— ¿Y el que puede saber?

Se encoge de hombros cruzando los brazos contra su pecho volviendo mirar al techo.

—No lo sé— confiesa— pero como director supongo que sabrá algo de porque uno de sus alumnos lleva días sin presentarse a clase.

Eso no lo había pensado.

Mi padre es el director, por lo que el debe de estar enterado de algo de esto, si no sabe todo.

Me levanto de un salto caminando hacia las escaleras del sótano dejando a Vince tirando en el sofá.

—Voy a hablar con el— aviso.

Subo los escalones de dos en dos mientras escucho a mi amigo encendiendo la tele abajo.

—¡AVISAME SI SABES ALGO!

No me molesto en responderle mientras camino por el pasillo de la planta de abajo dirigiéndome a las escaleras de la primera planta, donde mi padre tiene su despacho al final del pasillo.

No tarde mas de treinta segundos en llegar a el con el pecho algo agitado por los nervios.

En el interior solo se escucha el sonido de la música de ambiente que le gusta poner junto al leve sonido de unos papeles moviéndose. Doy un par de toques con los nudillos en la puerta de madera antes de abrirla.

Al fin y al cabo, esta también es mu casa y no necesito permiso para entrar.

Lo encuentro sentado en su escritorio con sus gafas de leer puesta y varios papeles apilados frente a él, al verme parado en la puerta una de sus cejas se levanta y lentamente se quita las gafas dejándolas a un lado.

—¿Qué ocurre Liam? —pregunta cruzándose de brazos.

Cierro la puerta a mis espaldas caminando hacia su escritorio.

Cuando estoy frente a el no me siento, por el simple echo de que no voy a poder mantenerme quieto sentado, sino que apoyo las manos sobre la madera, inclinándome hacia él.

—Quiero preguntarte algo.

Su expresión se convierte en una mueca de diversión mientras se recuesta en su silla cruzando los brazos.

—¿Sobre quién?

Joder.

¿Cómo puede saberlo siempre todo?

—Yvonne Fournier.

Su expresión se congela, pero no desvanece. Se queda mirándome en silencio mientras los nervios y las dudas me carcomen por dentro.

Mis dedos comienzan a repiquetear contra la madera mientras espero su respuesta, su mirada se aparta de mi y se clava en los papeles frente a él, evitando contacto visual conmigo.

—No puedo contarte nada del tema Liam— responde evasivamente.

Detengo el movimiento de mis dedos apretando los puños con fuerza contra la madera, mi padre nunca me oculta nada y no quiero que empiece ahora.

Y menos sin son cosas relacionadas con ella.

—¿Cómo que no puedes contarme nada? —le interrogo enderezándome— ¿Sabes o no que está pasando?

Se queda en silencio mirándome antes de separar la silla del escritorio para levantarse.




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