El precio de tus mentiras

1.

CAPÍTULO 1.

POV: EVOLET

—Una mentirosa.

El golpe de mi espalda contra la pared me robó el aire.

Ryad Vinterberg me había inmovilizado entre el muro y la inmensidad de su cuerpo con una facilidad insultante. Era más alto de lo que recordaba. Más ancho. Más fuerte. El impecable traje negro apenas conseguía contener la amplitud de sus hombros, y el cabello rubio ceniza, ahora más largo y recogido en una coleta baja, acentuaba todavía más la dureza de un rostro que el tiempo había convertido en piedra.

Sus ojos.

Seguían siendo los mismos.

Grises.

Helados.

Implacables.

No apartaban la vista de mí.

—Y peor aún... —su voz descendió hasta convertirse en un murmullo áspero—. Una delincuente.

El corazón empezó a golpearme el pecho con tanta fuerza que creí que iba a delatarme.

Dieciocho años.

Dieciocho años convencida de que jamás volvería a verlo.

Dieciocho años construyendo una vida nueva sobre los restos de la anterior.

Y bastaron cinco minutos a solas para que todo amenazara con derrumbarse.

No.

No iba a permitir que me viera romperme.

No otra vez.

Le sostuve la mirada con todo el orgullo que aún me quedaba.

—¿Eso es lo único que viniste a decirme?

Durante un instante interminable no respondió.

Solo me observó.

Como si intentara encontrar en mi rostro a la muchacha que había desaparecido dieciocho años atrás.

Pero esa muchacha había muerto hacía mucho tiempo.

Ahora era Evolet Moretti.

Esposa de Mikele Moretti.

La mujer perfecta.

La anfitriona impecable.

La mentira mejor construida de mi vida.

Y Ryad acababa de atravesarla con una sola frase.

Tres horas antes...

El tintinear de la platería contra la porcelana era el único sonido capaz de competir con el latido desbocado de mi corazón.

Respiré despacio antes de levantar la vista.

Todo estaba exactamente como debía estar.

La mesa imperial vestida con lino italiano.

Las copas de cristal tallado.

Las velas proyectando una luz cálida sobre el mármol.

Las flores blancas recién colocadas.

Nada fuera de lugar.

Nada.

Excepto él.

Ryad Vinterberg.

Sentado a la derecha de mi marido como si el destino hubiera decidido burlarse de mí.

Había imaginado muchas veces cómo sería volver a verlo.

Nunca pensé que ocurriría así.

Frente a mi esposo.

Frente a su esposa.

Compartiendo una cena como dos completos desconocidos.

Él levantó la copa de vino.

Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo.

No hizo falta más.

Me reconoció.

Y yo comprendí que jamás había dejado de conocerme.

Bajé la mirada inmediatamente antes de que alguien pudiera notar el temblor que recorría mi cuerpo.

—Esta crema de espárragos está deliciosa, Evolet.

La voz dulce de Florence me obligó a regresar al presente.

Sonreí.

La sonrisa perfecta.

La que llevaba años practicando.

—Me alegra que te guste.

Florence era exactamente el tipo de persona que una odiaría encontrar en una situación como aquella.

Porque era imposible odiarla.

Era amable.

Educada.

Cálida.

Y completamente ajena a la tormenta que estaba sentada a su lado.

Obligué a mi garganta a tragar aire.

—Gracias, Florence —respondí, logrando que mi voz sonara aterciopelada y estable—. Quería que se sintieran en casa. Los viajes de negocios suelen ser fríos.

—Demasiado fríos —coincidió Florence, mirando de reojo a su marido—. Aunque Ryad insiste en que las grandes ideas nacen donde la gente vuelve a conectar con lo básico.

—Y no se equivoca —intervino Mikele, dejando su copa de vino—. La propuesta de Ryad no es solo un contrato, Florence. Es una revolución. Vinterberg Group ha pasado los últimos años adquiriendo valles orgánicos y complejos agroecológicos en el norte de Europa. Lo que Ryad ha construido es un legado de sostenibilidad pura. Mi compañía aporta la red de distribución, pero él aporta la autenticidad. Alimentos limpios, de origen controlado. Estamos vendiendo un estilo de vida consciente para las próximas generaciones, y Ryad busca un socio familiar para expandirlo al sur.

—Porque el futuro de una familia se construye desde lo que consume cada día —añadió Ryad. Su voz volvió a provocar un cortocircuito en mi sistema nervioso—. Es una alianza en todos los sentidos. Un matrimonio perfecto.

Matrimonio. La palabra flotó en el aire con una ironía aplastante.

—No me gusta el verde —reclamó de pronto la pequeña Leah, moviendo los espárragos con la cuchara.

—Leah, por favor —la reprendió Hazel en un murmullo firme—. Compórtate. Es la casa de los socios de papá.

—Pero sabe a pasto —protestó la niña.

—Es verdura orgánica —respondió Hazel, rodando los ojos—. Tienes siete años, no tres. Cómetelo.

Diem, hundido en su silla al lado mío, soltó un bostezo ruidoso y nada disimulado mientras Mikele seguía hablando de cadenas de suministro. Dejó caer la cabeza hacia atrás, la imagen viva del aburrimiento absoluto.

—Maleducado —murmuró Hazel entre dientes, con la vista fija en su plato, pero lo suficientemente alto para que rebotara en la cristalería.

Diem erguó la espalda despacio. Apoyó los codos sobre la mesa y la miró fijamente.

—¿Perdón? —soltó él, con una ceja levantada y un tono cargado de desafío.

—Lo que oíste —contraatacó Hazel, girándose hacia él sin intimidarse—. Hay gente intentando cenar mientras tú actúas como si te estuvieran torturando.

—Me están torturando —replicó Diem con una sonrisa arrogante—. Escuchar hablar de lechugas orgánicas durante una hora califica como crimen contra la humanidad.

—Se llama tener un mínimo de respeto por los anfitriones y los invitados —dijo ella, clavándole unos ojos azules que echaban chispas—. Aunque veo que las reglas básicas no vienen incluidas en esta casa.




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