El precio de tus mentiras

3.

CAPÍTULO 3: VÍA LIBRE

POV: HAZEL

Ajusté el cinturón de mi gabardina ligera frente al espejo del recibidor y suspiré. Si mi padre supiera que estaba a punto de pasar la tarde recorriendo la ciudad con el hijo de los Moretti, probablemente habría cancelado la alianza comercial antes de la hora del almuerzo.

—Te ves preciosa, mi amor —dijo mamá, apareciendo detrás de mí para colocarme un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.

—Mamá, esto es una pérdida de tiempo —protesté en voz baja, cruzándome de brazos—. Podría haberme quedado en la villa leyendo. No necesito un guía turístico, y mucho menos a alguien tan... ruidoso.

—Hazel, ya lo hablamos —respondió Florence con esa calma imperturbable—. Es un gesto de cortesía de la señora Moretti. Disfruta la tarde, sal de esta casa y respira aire fresco.

El sonido de un claxon impaciente retumbó desde la entrada principal. Al salir a la escalinata, me encontré con Diem apoyado contra la puerta de un descapotable negro. Llevaba gafas de sol, jeans desgastados y una sonrisa de medio lado que me dio ganas de encerrarme en mi habitación.

—Vaya, vaya... —soltó Diem, bajándose las gafas hasta la punta de la nariz—. ¿Vas a un recorrido turístico o a un funeral de estado, Institutriz? Hace veinticinco grados afuera.

—Se llama vestir con propiedad, Moretti —respondí, bajando los escalones con elegancia calculada.

Diem me abrió la puerta del copiloto con una reverencia exagerada. En cuanto encendió el motor con un rugido que hizo vibrar el suelo, supe que me esperaba una tarde difícil... pero me prometí a mí misma que para él sería diez veces peor.

Comenzamos en Beacon Hill. Las calles empedradas de Acorn Street y las fachadas de ladrillo rojo victoriano eran simplemente maravillosas. Me tomé mi tiempo. No me importaba la compañía de Diem, pero adoraba la arquitectura. Saqué mi teléfono para tomar fotos de cada farola de gas y cada rincón pintoresco.

Diem, en cambio, era la definición viva del martirio. Caminaba dos pasos detrás de mí, suspirando de forma dramática cada tres minutos y mirando la pantalla de su teléfono de forma compulsiva.

—¿Podemos acelerar un poco el ritmo, su majestad? —protestó él, pateando una piedrita—. Las casas de ladrillo son todas iguales.

—La historia no tiene prisa, Moretti —respondí con una dulzura falsa, deteniéndome frente a un portal de madera tallada—. Y por cierto... tómame una foto aquí. Que se vea el encuadre completo de la calle.

Diem rodó los ojos con tanta fuerza que pensé que se le saldrían de las órbitas, pero agarró mi teléfono de mala gana. Verlo sudar bajo el sol mientras intentaba complacer a su madre manteniéndome "atendida" era el mejor espectáculo del mundo.

Continuamos hacia el Boston Public Garden. Nos detuvimos junto al estanque de los barcos de cisne (Swan Boats). Para cuando llegamos al histórico mercado de Faneuil Hall, el calor de la tarde apretaba bastante. Me detuve a la sombra de los arcos del antiguo edificio, sintiendo la brisa sofocante.

—Hace demasiado calor aquí —murmuré.

Me desabroché los botones de la gabardina y me la quité despacio, dejándola colgar de mi brazo. Me quedé en un vestido blanco de lino sencillo, ajustado a la cintura. Me recogí el cabello hacia un lado para despejarme el cuello.

—Oye, chófer —lo llamé, señalando la fachada neoclásica del Faneuil Hall—. Una última foto aquí y podemos pensar en avanzar.

Diem soltó un bufido de frustración, pero dio un paso atrás y levantó el teléfono.

POV: DIEM

Estaba muerto. Muerto de hambre, muerto de cansancio y atrapado en la peor pesadilla de mi vida.

Llevábamos casi cuatro horas dando vueltas por los sitios más turísticos de Boston. Sentía que el teléfono me quemaba en el bolsillo del pantalón de la cantidad de vibraciones continuas.

Lucas (14:15): ¿Dónde estás, imbécil? Las cervezas se están calentando.

Mateo (14:32): Sofía acaba de llegar. Pregunta por ti.

Sofía (14:40): ¿Dónde te metiste, Moretti? Quedamos a la 1:00. No me dejes tirada con la comida de la fiesta.

Cancelé una llamada entrante de Sofía con un toque rápido en la pantalla, sintiéndome literalmente como un pájaro enjaulado. Si mi madre no me hubiera amenazado con dejarme castigado todo el verano sin salir, ya habría dejado a la noruega abandonada en una banca del parque. Pero no; tenía que ser el "niño bueno".

Y para colmo, Hazel estaba disfrutando de mi tortura. Sabía perfectamente que yo me quería ir y, en venganza por lo de la mañana, extendía cada parada a propósito. Miraba las estatuas como si fueran obras del Renacimiento y me hacía tomarle fotos desde mil ángulos distintos.

—Una última foto aquí y podemos pensar en avanzar —dijo Hazel frente al Faneuil Hall.

—Gracias al cielo... —mascullé, sacando el teléfono para terminar de una vez con el suplicio.

Hazel se había quitado la gabardina por el calor. Se acomodó frente a la gran fachada de piedra, pasándose una mano por el cabello rubio para apartárselo del cuello. El sol de la tarde le daba de lleno.

Levanté la pantalla del teléfono para encuadrarla y me congelé.

El reflejo dorado del sol sobre su piel de porcelana y el contraste con esos ojos azules absurdamente claros... Dios. Por un segundo, la pantalla parecía una portada de revista. El vestido blanco de lino le sentaba ridículamente bien.

Se ve bien. Es realmente bonita, pensé, sintiendo una punzada extraña e involuntaria en el estómago.

Sacudí la cabeza rápidamente para espantar el pensamiento. A ver, Moretti, concéntrate, es la Institutriz. Pero mi orgullo no me permitía entregar una foto fea. Cambié de posición, me agaché un poco para ajustar la perspectiva, busqué la simetría perfecta con la arquitectura de fondo y dejé que la luz del sol resaltara sus ojos antes de presionar el botón.




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