El precio de tus mentiras

4..

Capitulo 4

### POV: DIEM

Llegar a la fiesta de Sofía con la rubia al lado fue como soltar un choque eléctrico en medio de la piscina.

Había bastante gente alrededor de la barra y el jardín. En cuanto nos vieron caminar por el sendero, Lucas y Mateo dejaron las latas de cerveza a medias y se nos acercaron con cara de absoluto desconcierto.

—A ver, Moretti, no entiendo nada... —soltó Mateo, recorriendo a Hazel de arriba abajo sin ningún disimulo—. Dijiste que venías con una vikinga de dos metros. Estábamos esperando a Brielle de Tarth.

Hazel frunció el ceño con una elegancia impecable y me miró de reojo.

—¿Quién es esa? —preguntó.

—¿No sabes quién es Brielle de Tarth? —exclamó Lucas, llevándose las manos a la cabeza con dramatismo—. ¿En serio no viste *Juego de Tronos*?

—Claramente solo ve *Barbie* —me burlé, inclinándome un poco hacia ella con una sonrisa provocadora.

Hazel se cruzó de brazos, levantando el mentón con una superioridad afilada.

—No sé quién es esa mujer, y no... tampoco veo *Barbie*, Moretti. Veo documentales de historia y cine independiente. Cosas que requieren más de dos neuronas.

Mateo soltó una carcajada limpia y le extendió una lata de cerveza helada.

—Me cae bien la rubia. Es enana, menuda, está buenísima y encima te pisotea. Te ganaste mi respeto, Vikinga.

En ese momento, Sofía apareció entre la multitud. Llevaba un vestido rojo despampanante y la sonrisa se le iluminó al verme, pero al notar a Hazel al lado, el gesto se le contrajo un segundo. Hazel, demostrando sus modales impecables, le ofreció una sonrisa amable:

—Hola, soy Hazel. Un placer.

Sofía la ignoró por completo. Ni una palabra, ni un gesto. Pasó por su lado como si fuera transparente, me tomó firmemente de la muñeca y me arrastró suavemente fuera del grupo.

—Tú vienes conmigo. Cumpleañera manda —dijo en un murmullo que solo yo escuché.

—Compórtate, Institutriz, no vayas a romper un florero —le dije a Hazel con un guiño sarcástico antes de dejarme llevar por Sofía hacia la zona del porche, un poco más alejada del ruido de la música.

A lo lejos, vi que Mateo y Lucas se quedaban con Hazel ofreciéndole de beber, mientras Hazel fingía desinterés pero nos miraba a Sofía y a mí con disimulo por encima de su lata.

Nos detuvimos junto al borde de la piscina cubierta. Me giré hacia Sofía y vi que cruzaba los brazos, intentando mantener la cara de enfadada, pero la conozco desde los seis años; sé exactamente cuándo le duele algo.

—Llegas dos horas tarde, Diem —murmuró, mirándome con una mezcla de reproche y vulnerabilidad—. Y encima traes a una chica que ni conozco.

—Sofi, ven aquí... —dije con suavidad, acortando la distancia. Me acerqué, le rodeé los hombros con un brazo y la atraje hacia mí para darle un abrazo apretado, de esos que siempre nos damos cuando alguno está mal—. De verdad lo siento. Te juro que no tenía opción. Mi madre me chantajeó con castigarme todo el verano si no paseaba a la hija de los socios por la ciudad. No podía dejarte plantada en tu cumpleaños.

Sofía apoyó la frente contra mi pecho un segundo, soltando un suspiro que le desinfló la rabia. La separación se sintió tibia, familiar. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué la cajita de terciopelo azul.

—Feliz cumpleaños, Tofi —le dije con una sonrisa sincera, entregándosela en la mano.

Los ojos de Sofía se iluminaron. Abrió la caja despacio y sacó el dije de plata pulida con la inscripción grabada: *Carpe Diem*.

—Nuestra frase... —sonrió, tocando el grabado con la yema del dedo. Toda la tensión en su rostro desapareció en un segundo—. Dios, Diem... Me encanta. Gracias.

Se impulsó sobre las puntas de los pies y me rodeó el cuello con los brazos en un abrazo dulce, apretándome fuerte. Le devuelví el abrazo, acariciándole la espalda con cariño genuino. Era mi mejor amiga, mi persona de confianza en el mundo.

—De nada, enana —le susurré al oído—. Tengo que llevar a la Institutriz a casa pronto antes de que mi mamá sospeche y me ejecute, pero te prometo que vuelvo rápido y nos comemos toda la tarta.

Sofía rompió el abrazo despacio, pero no se alejó. Se quedó a solo centímetros de mi rostro.

Fue en ese preciso instante cuando mi mirada se desvió involuntariamente por encima de su hombro. A lo lejos, en el jardín, Hazel acababa de darle un trago a su cerveza y se estaba riendo de alguna estupidez que le decía Mateo. La luz de las guirnaldas le daba de lleno en el pelo rubio. La miré apenas un segundo... pero fue un segundo de más.

Sofía notó el desvío de mis ojos de inmediato. Vi la chispa de celos y pánico cruzar por su mirada como un chispazo.

Impulsada por la rabia y el miedo repentino de verme mirar a otra, Sofía no lo pensó. Se tomó de la solapa de mi camisa, se empinó y me besó directamente en los labios.

Me quedé helado. En shock absoluto.

Era Sofía. Mi mejor amiga de toda la vida. La chica con la que había compartido tardes de videojuegos, tareas y secretos desde que éramos niños. Su boca contra la mía no se sentía correcta; se sentía como cruzar una línea que nunca debimos tocar.

Puse las manos suavemente sobre sus brazos y la aparté con firmeza pero con cuidado, rompiendo el beso.

—Sofi... —empecé a decir, mirándola fijamente con el pulso acelerado.

Sofía dio un paso atrás de inmediato. Tenía los labios entreabiertos, el pecho agitado y los ojos llenos de una vergüenza repentina. Al ver mi expresión de desconcierto, supo la respuesta antes de que yo hablara.

—No... No digas nada, por favor —susurró con la voz temblorosa. Dio media vuelta y corrió hacia el interior de la casa antes de que pudiera detenerla.

Me pasé las manos por la cara, soltando un bufido de frustración. ¿En qué demonios se había convertido esta tarde?

Cuando volví al jardín intentando asimilar lo que acababa de pasar, la escena me dejó descolocado por completo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.