CAPÍTULO 5: OLLA A PRESIÓN
POV: EVOLET
En cuanto escuché la puerta principal cerrarse tras los pasos de los chicos, me separé del ventanal como si el cristal me quemara. Mi corazón latía a una velocidad demencial.
Había dejado a Ryad en la penumbra del jardín, respirando agitado con la marca de mi bofetada en la mejilla, el sabor de mi beso en los labios y la amenaza sobre Florence flotando entre los dos. Pero el peligro dentro de la casa no era menor.
Subí las escaleras de tres en tres antes de que Mikele o alguien más pudiera cruzarse en mi camino. Fui directo a la habitación de mi hijo y abrí la puerta de golpe, cerrándola tras de mí con un sonido seco.
Diem estaba tirando las llaves del coche sobre la mesa de noche, quitándose los zapatos con pereza. Al verme entrar como un torbellino, dio un paso atrás, poniéndose a la defensiva de inmediato.
—¿Mamá? —frunció el ceño—. ¿Qué pasa?
—¿Qué demonios fue eso, Diem? —disparé en un susurro cargado de pánico y rabia contenida, acortando la distancia entre los dos.
Él parpadeó, desconcertado.
—¿De qué hablas?
—El beso en el auto —le espeté, mirándolo fijamente—. Lo vi todo desde el ventanal del salón. ¿Te has vuelto loco? ¡Nunca has besado a una chica en la entrada de esta casa! Y de todas las personas del planeta... ¡¿tenía que ser precisamente la hija de los Vinterberg?!
Diem se quedó en silencio un segundo, pero la sorpresa le duró poco. Soltó una risa corta e incrédula, llevándose las manos a la cintura.
—Mamá... ¿por qué diablos me estabas espiando? —protestó—. ¡Tengo diecisiete años!
—¡No te estaba espiando, estaba esperando a que llegaras! —exigí en tono firme—. ¿Tienes idea de la masacre que habría sido si Ryad Vinterberg se asoma por una ventana y ve a su hija con mi hijo en un coche? Ese hombre es un león protegiendo a su familia.
—No la estaba acorralando —rodó los ojos con frustración—. Fue una discusión absurda. La rubia llevaba tres horas molestándome, diciendo que yo no sabía besar. Fue una tontería para taparle la boca, nada más.
—¡Es la hija del socio más importante de tu padre! —le recordé apretando los dientes—. No es una de las chicas de tu colegio para que juegues a tus desafíos de ego. Y por favor... ¡si ni siquiera has tenido una novia formal! ¡Nunca te he visto besar a nadie!
Diem alzó las cejas, dedicándome esa sonrisa insolente y rebelde que tanto se parecía a su actitud cuando quería llevarme la contraria.
—¿Y quién te dijo que nunca he besado a una chica? —soltó con guasa, cruzándose de brazos—. Que no traiga a mis ligues a tomar el té con pastas no significa que no tenga vida, Evolet.
—Diem Moretti... —lo advertí, sintiendo el pulso acelerado.
—Vale, vale, lo siento —suspiró, perdiendo un poco la ironía al notar la angstia real en mis ojos—. Te juro que no volverá a pasar. Fue un impulso imbécil. La Institutriz no me interesa en lo más mínimo, es insoportable.
Me pasé las manos por la cara, tratando de calmar la tormenta en mi pecho.
—Escúchame bien —le dije, tomándolo del rostro con ambas manos—. Te vas a acostar ahora mismo. Mañana vas a bajar a desayunar, vas a ser el chico educado y perfecto que sabes ser y no vas a volver a mirar a Hazel Vinterberg. Ni una broma, ni un desafío. ¿Entendido?
Diem suspiró, pero al ver mis manos heladas sobre sus mejillas, asintió de verdad.
—Entendido, ma. Tranquila.
Le di un beso en la frente, salí de su cuarto y cerré la puerta. El frente de mi hijo estaba bajo control, pero cuando llegué a la puerta de mi dormitorio principal, el pulso volvió a disparárseme.
Empujé la madera despacio. La habitación estaba iluminada solo por la luz tenue de las lámparas de la mesilla y el destello de dos copas sobre la bandeja de plata.
Mikele estaba esperándome en la cama, reclinado contra el respaldo, luciendo su bata de seda oscura y con una botella de champán enfriándose en la cubitera. Tenía esa sonrisa tranquila, devota y confiada que siempre me dedicaba al final del día.
Sé perfectamente lo que significa cuando Mikele me espera en bata y con champán. Conozco mis deberes de esposa, la dinámica de nuestro matrimonio y el ritual de complacer al hombre que me rescató del infierno y me dio todo lo que tengo.
Pero hoy... hoy sentía que no podía hacerlo.
Sin embargo, negarme sería aún peor. Un rechazo infundado o una distancia repentina levantaría sospechas de inmediato en mi marido, un hombre acostumbrado a leer cada uno de mis movimientos.
Forcé mi mejor sonrisa, esa que llevaba dieciocho años perfeccionando frente al espejo.
—Veo que me estabas esperando —murmuré, acercándome a la cama con pasos ensayados.
—Siempre te espero, mi amor —dijo Mikele, sirviendo un chorro helado en una de las copas y ofreciéndomela—. Te noté un poco tensa durante la cena. Pensé que una copa nos ayudaría a cerrar la noche.
Acepté el cristal, bebiendo un sorbo largo que me quemó la garganta con sus burbujas antes de inclinarme para darle un beso corto en los labios.
—Voy a prepararme primero —le susurré contra la boca—. No tardo.
Me encerré en el cuarto de baño, pasé el pestillo y dejé caer la copa sobre la encimera de mármol. Apoyé ambas manos en el borde del lavabo, respirando agitadamente mientras me miraba al espejo. Mis labios seguían ligeramente hinchados.
Abrí el grifo del agua caliente al máximo. El vapor comenzó a empañar el cristal y el ruido del agua amortiguó el gemido de pánico que se me escapó del pecho.
Ryad.
Su fantasma estaba metido en la estancia. Sentía la sombra de sus manos grandes apretándome los brazos en la penumbra del jardín, la furia contenida en su pecho contra el mío, la quemadura de su boca devorando la mía y el ritmo salvaje con el que su lengua se había enredado con la mía solo unos minutos atrás.
Me eché agua helada en el rostro, frotándome la piel con desesperación.
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Editado: 29.07.2026