El olor a aceite quemado y metal pulido era el perfume de su vida. En el corazón del humilde barrio de Santa Clara, el Taller Mecánico "Silva e Hijos" vibraba al ritmo de la jornada. Davi, con sus veintitantos años y una constitución atlética, se movía entre los coches levantados en los gatos hidráulicos con la agilidad de un cirujano. Sus manos, manchadas de grasa pero sorprendentemente delicadas al tacto, eran un testimonio de años de trabajo. Estaba enfrascado en el motor de un viejo Fiat, sus herramientas bailando con precisión. El sol de la mañana se colaba por las rendijas del techo de zinc, iluminando las partículas de polvo y el esfuerzo honesto.
—Casi lo tengo, 'tá complicado este carburador— masculló Davi para sí mismo, un hilo de sudor bajando por su sien.
Una voz grave y rasposa resonó desde la entrada del taller, trayendo consigo el aroma inconfundible del café recién hecho. —El problema no es el carburador, hijo. Es la paciencia del mecánico. Y este Fiat, créeme, ha probado la paciencia de muchos".
Davi sonrió sin levantar la vista. Reconocía esa voz como el aire que respiraba. Tadeu, su padre, se acercó, una taza de café humeante en una mano y una sonrisa cansada pero cálida en el rostro. Sus ojos, aunque marcados por la vida, reflejaban una profundidad que solo los años y las experiencias agridulces podían forjar. Tadeu había sido un hombre de decisiones cuestionables en su juventud, un pasado que raramente mencionaban pero que siempre estaba, como una sombra difusa, en el aire. Sin embargo, para Davi, él era simplemente su padre: su mentor, su amigo, la roca sobre la que se apoyaba.
—¿ Qué sabes tú de paciencia, papá? Si tu máxima paciencia es esperar a que el café se enfríe— bromeó Davi, enderezándose para tomar la taza humeante. El calor del café en sus manos era un pequeño consuelo, una certeza.
Tadeu rió, su risa una melodía áspera. —No me faltes al respeto, mocoso. Sin mi paciencia, este taller ni existiría. Y sin mi sabiduría, aún estarías cambiando llantas con los dientes—
Se apoyó contra un neumático viejo, observando a su hijo con una mezcla de orgullo y preocupación. —Recuerda lo que decía tu abuelo, 'el motor es el corazón del coche, y el corazón tiene sus secretos'. Escúchalo, Davi. Escucha al motor—
Davi asintió, su mirada fija en el motor. Había aprendido todo de Tadeu, quien a su vez lo había aprendido del abuelo. Ese taller era más que un negocio; era una herencia, una tradición, un legado de trabajo y resiliencia.
Mientras Davi regresaba a su tarea, el tintineo de una campanilla sobre la puerta principal del taller anunció una nueva presencia. Una figura esbelta y elegante, vestida con ropa que, aunque sencilla, destacaba por su buen gusto, entró en el taller. Era Arianne, su novia. Su cabello castaño caía en ondas perfectas, y sus ojos, de un color miel intenso, brillaban con una mezcla de ambición y una inteligencia afilada. Una belleza innegable que contrastaba con el entorno ruidoso y grasiento del taller.
—¡Davi! ¡Tadeu! ¿Ya está la camioneta del señor Pereira?— preguntó Arianne, su voz melodiosa pero con un deje de impaciencia. Se acercó con cuidado, esquivando las herramientas y los charcos de aceite, su delicado olfato seguramente notando la mezcla de olores del taller.
Davi se irguió de nuevo, sonriendo ampliamente al verla. — Arianne! Todavía no, cariño. El carburador está dando guerra. Pero para el final de la tarde, prometido—. Se limpió las manos con un trapo, aunque la grasa parecía haberse adherido a su piel.
Arianne se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla, cuidando de no mancharse. —Entiendo. Pero si se tarda, el señor Pereira se pondrá pesado. Sabes que es nuestro mejor cliente— Su mirada recorrió el taller, y un atisbo de algo que no era precisamente satisfacción cruzó sus ojos. —Davi, ¿no crees que podríamos expandirnos? No solo arreglar coches viejos. Podríamos hacer algo más grande, más... moderno. Un lugar con menos grasa y más clientes de alto nivel—.
Tadeu, que había estado observando la interacción en silencio, carraspeó.
—Este taller nos ha dado de comer por tres generaciones, Arianne. Y nos ha dado un techo. No hay nada de malo en el trabajo honesto—
Arianne giró hacia él, su sonrisa amable pero con un brillo incisivo. —Lo sé, Tadeu. Y lo valoro. Pero el mundo cambia, ¿no? No podemos quedarnos estancados en el pasado. Mira a otros. Ellos tienen mucho más. Podríamos tenerlo nosotros también. Davi tiene talento. Un talento que va más allá de cambiar un carburador—
Davi, acostumbrado a los sueños de grandeza de Arianne, la tomó de la mano. —Arianne, ya lo hablaremos. Por ahora, necesito terminar este coche para el señor Pereira. Y no hay nada de malo en lo que hacemos aquí. Hay orgullo en ello—
Ella suspiró, pero su tono se suavizó. —Lo sé, amor. Solo quiero lo mejor para nosotros. Para ti. Para todos—. Sus ojos buscaron los de Davi, y él vio la chispa de su ambición, una llama que ardía con fuerza dentro de ella. A pesar de las diferencias en sus aspiraciones, la conexión entre ellos era profunda, forjada en años de compartir penurias y pequeños triunfos.
La tarde se deslizó. El Fiat finalmente rugió a la vida bajo las manos de Davi. Por la noche, los tres se sentaron a la mesa de la pequeña cocina, el aroma a guiso casero llenando el aire. Arianne hablaba de sus planes para el futuro, de cómo quería que Davi dejara de mancharse las manos, de cómo juntos podrían alcanzar una vida de lujo. Tadeu escuchaba, a veces con una sonrisa cansada, a veces con una mirada que parecía ver más allá de las palabras de Arianne, recordando quizás los peligros de las grandes ambiciones.
Davi, entre las palabras de Arianne y las miradas silenciosas de Tadeu, sentía el peso de su amor por ambos. Respetaba los sueños de Arianne, aunque a veces le parecieran lejanos a su propia naturaleza. Pero el amor por Tadeu, su padre, era un pilar inquebrantable. Era un respeto forjado en años de paciencia, consejos, y la comprensión tácita de que, a pesar de cualquier error pasado, Tadeu siempre había estado ahí para él.