El Que No Pude Tener

Capítulo Nueve: La primera mirada

                                      

 

EL CIELO DE LA mañana se había iluminado en un azul aterciopelado, y seguramente sólo porque la ocasión lo merecía. El sol me daba calor en la cabeza, una sensación agradable a esas horas matutinas.

Me había despertado antes del amanecer y desorientada por la oscuridad. Pero, aun así, fue mágico ver el amanecer del alba despuntando en el horizonte. Decidí salir a pasear por los jardines, y sin compañía. Oportunidad que no tuve desde mi llegada a De Dhama Veda, siempre fui acompañada por una de las gemelas,

Mi sombra se paseaba larga y rasgada sobre la hierba bellamente cortada. Un lugar maravilloso para disfrutar de un agradable paseo. No había duda de que De Dhama Veda era realmente fascinante. Jardines soberbios de multicolores, majestuosamente cuidados, me imaginaba el escuadrón de hombres que los Yogananda deberían de tener a cargo de tan imperiosos jardines.

Los terrenos y campos parecían aterciopelados, perfectos como un cuadro, con la hierba limpiamente cortada, en ángulo agudo alrededor de coloridos parterres, cuidados arbustos y rosales, y árboles de Azahar, todo dispuesto con precisión. Incluso los bordes mostraban el diseño humano: Y fue entonces, para mi sorpresa de que, en esa zona de vastos jardines, hermosos arbustos de Enebro tenían forma de animales, gigantescos tigres, leones y elefantes… todos ellos diseminados.

Todo estaba contenido, todo podado a la perfección, hasta que al llegar a la esquina de mi camino… todo dio un verdadero giro, o tal vez me encontraba en la parte equivocada de los jardines. Allí, toda la naturaleza parecía ser abandonada. Rodeándome.

Capté la figura de uno de los cuidadores de los jardines, de rodillas con algo parecido a una pala en la mano, se enfrascaba meticulosamente en limpiar parte de aquella no agraciada zona. La cálida brisa giró, revolviéndome el pelo, y fue entonces cuando lo vi.

La luz del sol le besaba de pies a cabeza; era una figura espléndida. giró la cabeza con toda la luz del sol en mi dirección, pero juraría que aún no había percibido mi presencia.

Mis pies dejaron de moverse antes de que mi mente hubiera procesado por completo lo que tenía delante. Un par de sirvientes, luchando con unas pesadas piedras, tratando de apartarlas. Sin embargo, ahora pensaba que hermoso no era realmente la mejor palabra para describirlo.

Incluso desde la distancia, me parecía más profundo, más oscuro, y su porte de aparente realeza lo sugería. Como el destello rojo oculto en el interior de un rubí turbio, visible sólo sosteniendo la piedra con la mano adecuada; si no conocías el truco, todo lo que veías era una sombra engañosa.

Se me erizó la piel de la nuca, sin entender muy bien ese sentido. La brisa cambió. Y juro que le vi levantar la cara hacia el frescor del aire, inspirando hondo... saboreando cada inhalación. Y sin previo aviso, giró su mirada haciendo que nuestros ojos se encontrasen.

No me dirigió una mirada gélida, ni amigable, sólo una mirada firme. Y yo sólo quería desaparecer. Intenté alejarme, volver a la casa, subir a mi habitación y encerrarme dentro. Pero era demasiado tarde, no pude hacerlo. Me quedé allí, clavada por los pies en el suelo, congelada. Mirándole fijamente bajo esa fabulosa luz que el sol creaba a su alrededor. Sólo pude dar un paso atrás. Y en ese momento pude ver cómo le invadía el cambio, un escudo invisible que le cubría los ojos. Y sin más simplemente se dio la vuelta y desapareció.

                                                                               ***

Tres horas después, tras un ligero almuerzo y dos horas de inquieto sueño decidí darme un baño con agua tibia. El sudor perlaba mi frente. La imagen de ese atractivo hombre en De Dhama Veda, me tomo por sorpresa. ¿Quién sería? ¿Quizás un familiar? ¿Un amigo de la familia? ¿Un posible asociado del señor Kamal? Pero había algo más… Esa mirada…sus ojos parecían querer decir algo... Tan profundos. Tan hermosos y llenos de miles emociones a la vez. Decidida a disfrutar inmersamente en los preparativos para la festividad, creí que la única manera de poder sacarlo de mi mente, era, rodeándome con la familia Yogananda… y así lo hice.

Me miré en el espejo de cuerpo entero algo desgastado, para un entorno donde todo brillaba por su delicadeza y gusto por las cosas de valor. Supe que Sunitta y su marido Ronu habían subido, desde quien sabe dónde, para colocarlo en mi habitación. El reflejo de mi propia imagen, me daba la aprobación de que mi indumentaria era impecablemente aceptable. Decidiéndome por una falda larga de sarga malva con una blusa de cuello alto y manga hasta el codo abullonada, mi cabello recogido en un moño bajo sobre el cogote, ya que el calor parecía azotar incluso a esas horas tempranas de la mañana.

Era claro que la época de altas temperaturas por lo que india era famosa se iba acercando, yo solo esperaba que para cuando llegara… mi cuerpo estuviera familiarizado, algo que inconscientemente afirmaba, pero que realmente sería casi misión imposible. Por lo que mis abanicos y parasol, eran mis únicos recursos y aliados para poder sofocar lo que se avecinaba.

Encontré el pasillo desierto cuando cerré tras de mi la puerta de mi dormitorio. Y debo de reconocer que me alegré de no encontrar a Priya en uno de sus paseos inesperados. Voces desde el piso inferior me hizo asomarme sobre la baranda de piedra, majestosamente pulida, y libre de cualquier mota de polvo. Allá abajo era todo muy diferente, el ir y venir de los sirvientes, rompía de cuajo la serenidad de los pisos superiores.

Cerca de la fuente se congregaban un grupo de mujeres, entre ellas pude reconocer a Sunitta, sentada sobre una gran alfombra de esparto y rodeada de cestos llenos de flores amarillas. Luego supe que eran caléndulas. Dos jóvenes se dedicaban con gran maestría en crear multicolores guirnaldas echas de flores. Parte de las paredes estaban engalanadas con motivos florales y colgaban delicadamente por las barandas, creando un ambiente enriquecedor por el aroma que desprecia las flores.




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