14 de febrero del 2025
Era viernes 14 de febrero del 2025 y tuve trabajo adicional en “Sorbos”, una cafetería de la zona industrial del barrio “Gallinazos” en Puente Piedra. La barista renunció ayer y su reemplazo llegaría dentro de dos días. Estuve a cargo de servir las empanadas, el cappuccino y los interminables americanos calientes. Confundí algunas comandas que Carmen, colocaba a toda prisa en el mostrador. Y así, entre quejas y refills, la tarde pasó muy rápido. Finalmente el reloj anunció las nueve de la noche. Carmen y Martín, el cocinero, se marcharon y yo tardaría quince minutos más en cerrar el local.
Eran las 9:30 p. m. cuando me disponía a apagar las luces. Pero, aparecieron dos policías frente a la puerta. Diablos¡ Espero que no se queden mucho tiempo. Los dos hombres contrastaban entre sí. Uno era trigueño, de mandíbula ancha y expresión seria; el otro, de rizos cobrizos y mirada cansada, parecía llevar demasiadas horas despierto. Aparentemente, estuvieron patrullando por esta zona y la lluvia los obligó a entrar por bebidas calientes.
Mientras preparaba las dos tazas de espresso, pude notar que su conversación era extrañamente cercana. Susurraban y parecían entenderse muy bien.
Casi una hora después, una voz áspera en su walkie-talkies solicitaba su presencia en el barrio vecino.
Me dirigía a recoger la mesa cuando no pude evitar ver cómo el de los rizos cobrizos rozaba con el pulgar el dorso de la mano de su compañero, como si intentara decirle: “Lo siento”.
En cuanto los hombres se marcharon apagué las luces, cogí mis pertenencias y salí del local. Ni siquiera me quité el delantal. Ya llevaba cuarenta y cinco minutos de retraso.
Al salir, casi no reconocí lo que veía. Nunca me había quedado hasta tan tarde en la cafetería. En mi horario de salida habitual, normalmente todavía hay luces en las oficinas, camiones descargando mercadería, vigilantes cerrando portones inmensos y gente saliendo de trabajar.
Conocía a muchas personas de vista. Ejecutivos obsesionados con el espresso doble, operarios cubiertos de grasa y polvo, supervisores demasiado amables… He tratado con todo tipo de personas en esta zona, incluidas algunas que hubiese preferido no conocer.
Ese viernes, a esa hora, no había nadie a la vista. Los postes estaban tan separados que apenas iluminaban partes de la calle, donde no se veía casi nada. No le di importancia y empecé a tararear “Fina estampa”, la canción favorita de mi madre.
Entonces vi un vehículo acercándose muy despacio frente a mí. No distinguía el rostro del conductor; la lluvia deformaba el vidrio y el vehículo avanzaba casi a oscuras. Incluso cuando el carro quedó atrás, seguía intentando adivinar de qué color era. Eso me incomodó más de lo que debería.
Después, todo quedó en silencio.
Fue todo tan rápido, En un instante, un brazo rodeó mi cintura mientras una mano presionaba un trapo húmedo contra mi rostro. Todo comenzó a dar vueltas. Mi garganta ardía y ya no podía mantenerme en pie.
Recuerdo haber sido alzada y arrojada a una superficie dura golpeando mi brazo derecho.
Era una pesadilla. Por momentos creía estar sentada frente al televisor, cenando junto a mi hermano. Pero despertaba y el metal frío contra mi mejilla me devolvía a la realidad.
Y así, transcurrió el tiempo, en un ir y venir confuso.Podrían haber sido minutos horas o días. Entre sueños escuchaba un motor en marcha. No sabría decir cuánto tiempo estuve allí, ni hacia a dónde me llevaban.
Entonces, el azote de una puerta me devolvió de golpe. Nos habíamos detenido. Al intentar pararme el dolor en el brazo se extendió hasta mis costillas. Cambié de lado, apoyándome en el brazo sano, y agucé el oído.
Entonces escuché unos pasos acercándose, pero se detuvieron intempestivamente. Observé fijamente la manija. Permaneció inmóvil, al igual que la persona detrás de la puerta.
¿Acaso está dudando? Me pregunte. Quizá se haya arrepentido. Quizá todo esto fue una equivocación —me dije.
Entonces pensé en Pepito.
En unas semanas cumpliría diez años. Mi hermanito estaba esperándome y yo no podía dejarlo solo. No, si yo era lo único que tenía en esta vida.
De repente, la puerta del vehículo se abrió de golpe
La noche era oscura, pero igual lo reconocí.