Actualidad – 2025
Cafetería “SORBOS” en Puente piedra
—¿Oficial?
La voz de Carmen me devuelve de golpe a la realidad. Levanto la mirada y sentado frente a mí, un Ernesto de 33 años me observa extrañado.
—Disculpen—digo— continúen por favor.
¿Carmen, qué es lo último que recuerdas? — pregunta Ernesto.
—Mmm— piensa un instante —Pues a Aby limpiando la barra de café, eran casi las 9 de la noche y ya no había clientes. Además, ayer le tocó cerrar el local. ¿Todos aquí nos turnamos sabe?
—¿Sabes si tiene enamorado o quizá alguien que la recoja al terminar? — esa pregunta era buena.
—No que yo sepa oficial. Desde que trabaja aquí, siempre llega y sale sola.
—¿Notaste algo raro en ella en estos últimos días? ¿Quizá estuvo triste o molesta o algún comportamiento poco común en ella?
Carmen se apoyó en la barra intentando recordar.
—No, lo siento. —añadiendo un movimiento de cabeza.
—¿Algún cliente nuevo quizá? —es mi hora de intervenir.
Carmen gira hacia mi dirección y duda por primera vez.
—Bueno… nuevo, nuevo… sólo el vigilante de la fábrica de plásticos. Viene sin falta antes de cerrar. Tiene el turno de noche.
Muy bien, vamos bien.
—¿Qué me puedes decir de él? ¿Sabes su nombre? —pregunto.
— Ellio, su nombre es Ellio. Entró a trabajar hace unas semanas y le gustan los Lucky Strike.
Agitó sus manos a modo de desaprobación. Por lo que me hizo desear saber qué pensaba de él.
—¿Qué pasa con él?
Carmen baja la voz instintivamente.
—No me da buena espina.
Ernesto deja de escribir por primera vez desde que empezamos a hablar del vigilante.
—¿Por qué? — preguntamos al unísono, reforzándome su presencia en la sala.
—No sé… siempre está mirando raro. —contesta la chica.
—¿Miraba a Aby? — quise saber.
—A cualquiera con falda. Pero sobre todo a ella. Y ahora que recuerdo, alguna vez la esperó.
Guardo silencio unos segundos.
Definitivamente aquí podría haber algo.
—¿La esperaba?
Carmen duda antes de asentir.
—A veces sí. Pero Aby sabía cómo deshacerse de él educadamente.
Parece que algunas fichas han sido colocadas sobre la mesa, sólo hay que hacerlas encajar.
Trabajador nocturno, rutina fija, zona industrial casi vacía, mujer joven caminando sola en la noche y un hombre siendo rechazado constantemente…
¿Coincidencia?, pensé.
Ernesto me observa desde su posición, como diciendo: sé lo que estás pensando. Por lo que toma la posta del interrogatorio.
—¿Lo viste anoche? — dice.
—Sí. Entró antes del cierre, como de costumbre.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Y cómo estaba?
Carmen piensa un momento.
—Fastidiado. Porque sus cigarros favoritos se habían acabado.
Fastidiado…pensé.
La palabra se me queda dando vueltas más de lo necesario.
Hay hombres que convierten cualquier rechazo en una ofensa personal.
Y algo me dice que Ellio Saldaña pertenece exactamente a esa clase de hombres.
Salimos del “Sorbos”, eran cerca del mediodía y la extraña llovizna de febrero no daba tregua.
—¿Qué piensas? —pregunta Ernesto mientras subimos al patrullero.
Me acomodo el cinturón antes de responder.
—Que el vigilante encaja demasiado bien.
Sé que Ernesto piensa lo mismo, pero arranca el motor sin comentar nada.
Casa de ABY
Al llegar al barrio de “Gallinazos”, ubicamos el mercadillo, luego nos dirigimos hacia la derecha y cruzamos un pasaje angosto, para dar con un bloque de edificios que forman un conjunto habitacional de cinco pisos. Alicia, la vecina de Aby, nos iba dando las indicaciones para llegar a su departamento en el 501 B.
Mientras subíamos, un hombre, más alto que Ernesto, bajó las escaleras con una bolsa negra en la mano.
Nos saludó apenas con un movimiento de cabeza antes de salir del edificio sin mirarnos directamente.
No le di importancia.
En el quinto piso nos espera Alicia, la vecina que se hace cargo del hermano de Aby mientras la chica trabaja.
—Pasen, oficiales —dice haciéndose a un lado—. El niño está muy nervioso.
La habitación que comparten Aby y su hermano es pequeña, pero ordenada. Hay dos camas pegadas a la pared, algunos cuadernos escolares junto a la ventana y ropa doblada cuidadosamente sobre una silla.