Sábado, 15 de febrero del 2025
Renzo
El teléfono sonó varios segundos antes de que Ernesto contestara.
—¡Maldita sea, Castrillón! Recién acabo de pegar el ojo, carajo.
A pesar de los años, su voz sigue produciéndome el mismo efecto: una mezcla extraña de irritación y alivio.
Aclaro mi voz.
—Me avisaron de un código 15 en la zona industrial norte. La mesera del “Sorbos” no regresó a su casa después de cerrar el local.
Se hizo silencio al otro lado de la línea.
—Anoche —añado.
La palabra queda suspendida entre nosotros.
Entonces recuerdo a la muchacha. Era menuda y llevaba un delantal negro, con manchas antiguas de café. Tenía unos bonitos ojos somnolientos que se abrieron de golpe cuando sonaron las radios. Habían pasado exactamente cuarenta y nueve minutos desde que llegamos al Sorbos.
—¿Quién recibió la denuncia?
—El hermano. Un menor de edad —dije.
Ernesto suelta el aire lentamente. Sé muy bien que en este momento sus hombros deben haber caído ligeramente unos centímetros.
—Nos vemos allá —responde.
La pista todavía sigue mojada por la lluvia de la madrugada y el cielo gris hace que toda la zona industrial se vea más triste de lo normal. Es sábado, así que las calles tienen menos movimiento de lo habitual.
Algunos obreros caminan hacia los almacenes y los vigilantes matan el tiempo bajo las garitas.
Ernesto me espera junto al patrullero. Lleva el uniforme arrugado y los ojos cansados. Dormir poco siempre le endurece el rostro.
—La otra mesera dice que Abigail salió sola a las nueve y media —me dice apenas bajo del carro—. Nadie vio nada después.
—¿Cámaras?, pregunté.
—Dos malogradas y una apuntando a cualquier huevada menos a la calle.
Entramos a la cafetería y el aroma a café recién pasado y pastelillos calientes inundaban el espacio. Carmen ya había acomodado casi todo antes de que llegáramos. Cuesta creer que alguien desaparezca después de una noche aparentemente normal.
En el interrogatorio, Carmen habla rápido y nerviosa, como si llenar el silencio pudiera arreglar algo.
—Ella nunca se va tan tarde. Menos caminando sola.—dijo la mujer.
Mientras Ernesto anotaba lo más resaltante en su libreta, una bolsa de papel doblada a la mitad llamó mi atención. Dentro se asomaban unas galletas de chispas de chocolate, envueltas cuidadosamente en servilletas.
—Lo compró antes de cerrar —dice Carmen.—La niña siempre se lleva algo para compartir con Pepito, su hermano.
Y por alguna razón, me encuentro recordando a Tito con unos ojos pícaros, escondiendo debajo del catre las galletas que le enviaba su madre.
1 de marzo del año 2010
“En la Escuela de Suboficiales, todo recluta está obligado a pasar por el “derecho de piso ".Es la forma más “noble” de ablandar el ego de un recién llegado.”
Cuarenta reclutas, en posición de firmes, formábamos parte de la sección “A” de la tercera compañía. Estábamos en el patio recién aseados, uniformados y rígidos, intentando contener el aire. Era nuestro primer día.
Frente a nosotros, el instructor mencionaba las reglas y sobre todo, lo que se esperaba de nosotros. Frases cortas. Directas. Lo suficiente para entender que ahí dentro dejaríamos de ser niños.
—Aquí no hay advertencias. Hay consecuencias.
Fue lo último que dijo.
Su voz rebotó tan fuerte contra las paredes que estoy seguro de que las otras compañías también la escucharon.
Una vez rota la formación, nos dirigimos a nuestra cuadra.
La sala olía a detergente barato y botas húmedas. Había veinte camarotes alineados con una precisión incómoda. Esa noche dejé el pudor y la intimidad fuera.
Revisaba el colchón de la parte superior cuando algo rozó mi hombro.
Al darme vuelta, unos ojos enormes me observaban con evidente nerviosismo.
—Compañero?. No encuentro mi sábana. La puse encima de la cama antes de salir a formación. Es blanca, con un bordado verde en una esquina.—dijo.
Su voz gallosa de colegial fue suficiente para que varios levantaran la cabeza.
—¿Eran barquitos o florecitas bordadas? —se burló alguien desde el fondo.
El chico se sonrojó hasta las orejas al escuchar las risas que se cernían por lo bajo.
Entonces se arrodilló y revisó su mochila otra vez.
Durante aproximadamente cinco minutos mi cerebro emitió juicios acalorados sobre la edad mínima para el ingreso a la escuela de suboficiales, cuando…
—Soy Tito —dijo, extendiendo la mano esta vez.
—Castrillón —Dándole una palmadita tranquilizadora en el hombro.