Capítulo III
16 de febrero del 2025
Despierto sobresaltado. Mi habitación aún está a oscuras. El reloj sobre la mesita de noche marca las tres de la madrugada.
¡Jesús!
Otra vez me despierto atrapado en el mismo recuerdo. Él rodeándome con sus brazos en nuestra cama, posa un beso sobre mi mejilla derecha. Su aliento recorre, tibio, la longitud de mi cuello.
Y por un instante me siento en casa. Me siento suyo.
Sacudo esa imagen de mi cabeza.
¡Vamos!, sé que esto, que deseo con tanta fuerza, no va a poder ser; no al menos en este país, en esta realidad, y mucho menos si Renzo no supera sus miedos.
Mientras me obligo a conciliar el sueño, no puedo dejar de sentirme afortunado por haber experimentado una vida más libre y sincera conmigo mismo en Madrid. Ocho años en esa ciudad bastaron para reafirmar mi identidad. Me gustaría que Renzo pueda tener lo mismo.
Dos horas más tarde, me alisto y salgo a correr. Completo cinco kilómetros sin detenerme. Estoy por comenzar una serie de flexiones cuando el teléfono suena. En la pantalla aparece su nombre: «Castrillón».
¡Abigail!
Es lo primero que pienso.
Contesto de inmediato. Una voz rasposa y cansada llega desde el otro lado de la línea.
—Hola —digo.
—Hola.
A continuación, un largo silencio.
—Apareció Ellio.
—¿Abigail está con él? —pregunto de inmediato.
—No, ella no está.
No necesito verlo para saber que Renzo no lo está pasando bien.
No puedo evitar cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás.
—Muy bien, llegaré en treinta minutos —digo, intentando sonar lo más neutral posible.
Antes de cruzar la puerta de la oficina, saco el aire de mis pulmones y sacudo los brazos para liberar parte de la tensión acumulada. Renzo no necesita más de esa mierda. Ahora, más que nunca, necesita serenidad y enfoque.
Al entrar, unos ojos cansados al borde de la derrota confirman mis sospechas sobre Renzo. Puedo ver cómo la falta de pistas útiles va carcomiendo su paciencia. Tiene la misma ropa de ayer y la cafetera vacía lo delata.
Frente al escritorio de metal, recostado sobre una banca de madera, un hombre que presumo es Ellio duerme profundamente, con evidentes signos de intoxicación. Renzo lleva tantas horas despierto que probablemente ya no le importan las formas.
—Maldonado lo encontró anoche. Estaba borracho y drogado. Se resistió durante la intervención y acabó con algunos golpes. —informa Renzo.
Al parecer, nuestra conversación sobresaltó al hombre, porque despertó de un brinco hasta quedar sentado nuevamente. Olía a alcohol rancio y a sudor. Tenía los ojos inyectados en sangre y la mirada dispersa, incapaz de quedarse mucho tiempo en un mismo lugar.
Renzo no esperó a que el sujeto se recompusiera del todo y le dice:
—Comencemos de nuevo —y gira su rostro hacia mí para que escuche el testimonio.
—Renzo pregunta: ¿Dónde estabas el 14 de febrero a las 9:30 p. m.? —Trabajando —Ellio responde con voz cansina. Desde mi posición puedo sentir el aliento fétido que se desprende de su garganta—. Ya le dije que hago turnos de noche en la fábrica que terminan a las 8:00 de la mañana del día siguiente.
—¿Luego? —Renzo insiste.
—Luego me fui a la casa de mi viejita; tenía sueño, como de costumbre —su mirada vagaba por la habitación sin detenerse demasiado tiempo en ningún sitio—. Creo que era la 1 p. m. o 2 p. m. cuando me junté con unos patas en Comas. Nos fuimos a una barra en “La Cincuenta”. Allí las chicas sí están disponibles para un trato de pareja. Solo debes ser generoso.
—No me digas —dijo Renzo con sarcasmo.
—¡Sí! Y allí estaba cuando el otro policía apareció con sus matones. Ahora debo 200 soles por las cosas que se rompieron y 50 soles a la Sandra, que le estaba poniendo ganas al asunto —dijo todo ello fingiendo preocupación.
—¿Qué me puedes decir sobre Abigail? ¿Cuándo la conociste?
—pregunta Renzo, incapaz de ocultar su desagrado. El enrojecimiento de sus orejas y la tensión en su mandíbula me dicen que está haciendo un enorme esfuerzo por contenerse.
—¿Aby? La conozco porque compro café y cigarros en el SORBOS. Bonita la chiquilla.
—¿Con qué frecuencia hablaban?
—Cada vez que iba a la bendita cafetería —responde, pero esta vez se le nota que la paciencia se le acaba.
—¿Alguna vez salieron juntos?
—No. Ni la invité ni salimos juntos. —Su rodilla derecha empezó a moverse inconscientemente, por lo que la detuvo con su mano al percatarse.
—¿Ella te rechazó, Ellio? —preguntó Renzo, queriendo medir cuánto seguía doliéndole la herida.
Ellio soltó una risa breve.
—Ni que fuera la única mujer de la zona —lo dijo volteando la cabeza, evitando el contacto visual.