" 'Cause all I know is we said, 'Hello'
And your eyes look like coming home
All I know is a simple name
Everything has changed" - Taylor Swift
Mi primer recuerdo de David no es una palabra amable, ni un gesto dulce, ni una de esas sonrisas infantiles que te hacen creer que el mundo es un lugar seguro. No, mi primer recuerdo de David es un ceño fruncido tan intenso que, a día de hoy, habría aprobado cualquier examen para "disuadir al prójimo con expresión facial", solo que, por suerte o por desgracia, a mi no me disuadió nunca.
Yo tenía seis años y él ocho, y aun así juraría que ya estaba practicando para ser adulto. Incluso entonces, con las trenzas apretadas y las rodillas llenas de costras, hubo una parte absurda de mi cerebro infantil que entendió algo: que ese ceño iba a importarme, y que el niño portador del ceño también.
Era agosto, un verano andaluz de esos veranos que parecen patrocinados por el infierno. El mundo fuera del coche brillaba de forma agresiva, y se sentía como si el sol tratara de incinerar cada pensamiento antes de que pudiera formarse. Mi padre conducía rápido, quizá porque sentía que acelerar bastaba para escapar de los silencios tensos, y mi madre había decidido que las trenzas extremadamente tirantes eran imprescindibles para cualquier situación por encima de los treinta grados. Yo, mientras tanto, estudiaba la condensación en la ventanilla con una concentración que nadie me había pedido. Llevábamos horas discutiendo, o mejor dicho ellos llevaban discutiendo, las 8 horas de camino.
Por fin nuestro coche se detuvo frente a un hotel blanco plantado en mitad del paisaje. Mi padre sudaba, mi madre suspiraba y yo seguía estudiando el cristal. Habíamos cruzado España entera y, al bajarme, el calor me golpeó con brusquedad. Entramos rápidamente en silencio y el aire acondicionado me abrazó. El vestíbulo olía a flores, a detergente caro y a la esperanza frágil de que, tal vez por una vez, las cosas fueran bonitas.
Carmen apareció en cuanto nos acercamos al mostrador. Si el aire acondicionado había sido un milagro, ella fue directamente una epifanía, luminosa y desbordante. Con esa sonrisa enorme que no se limitaba a la boca sino que le brillaba en los ojos, en los pómulos, en la forma en que inclinaba la cabeza para mirarme. Si el vestíbulo tenía flores, luz y mármol pulido, Carmen tenía algo más valioso: calidez. Se agachó a mi altura:
— ¡Valeria! —dijo, pronunciando mi nombre como si fuese una buena noticia—. Hay dos chicos que van a morirse de ganas de jugar contigo. ¡David, Rubén!
Y entonces salieron.
Primero Rubén, que en retrospectiva creo que nació corriendo. Pelo oscuro, ojos que reían antes que él, y una energía general que sugería que quizá había ingerido azúcar directamente del sol. Se detuvo frente a mí como si acabara de descubrir algo increíble:
— Hola —dijo con un ligero ceceo—. ¿Quieres ver mis conchas? ¡Tengo una que parece la nariz de un viejo!
Había en él una alegría sin filtro que me absorbió al instante. Yo, que a mis seis años ya tenía clarísimo que odiaba a la mayoría de los niños, porque eran ruidosos, pegajosos, y casi siempre bruscos, hice una excepción automática con Rubén. Era imposible no hacerlo.
David, que seguía a su hermano pequeño de cerca, tenía el mismo pelo oscuro que su hermano, pero no el mismo brillo. Sus ojos eran un pozo profundo, oscuro, intenso, demasiado para un niño que apenas levantaba unos palmos del suelo. Me miró arriba y abajo con el rigor científico de un experto y frunció el ceño.
Ese ceño.
Lo primero que pensé al ver a David fue: "vaya imbécil". En versión infantil, claro. Probablemente algo como: "qué niño más borde".
Rubén era sol, entusiasmo, fiesta sorpresa. David era lo contrario: un niño serio, antipático y absolutamente insoportable.
— No puede ver las conchas, Rubén —dijo David con autoridad—. Acaban de llegar, estará cansada.
— No estoy cansada —respondí automáticamente.
Y era mentira, claro, estaba cansadísima: me dolían las trenzas y me ardían las piernas, pero mi orgullo infantil extendía cheques que mi cuerpo no podía pagar.
David me miró como si yo no fuera fiable, como si decir "no estoy cansada" contradijera leyes fundamentales del universo.
— Las niñas lloran mucho.
Abrí la boca dispuesta a desmontarle el argumento, pero mis padres me arrastraron antes de poder defender mi honor.
El resto del día fue una coreografía de tensión marital y supervivencia emocional. Mi madre desapareció y mi padre mintió con estilo cero. Así que yo, envuelta en mi toalla de delfines, intenté fingir que no podía oír cómo se desgarraban las costuras de mi familia tras las paredes del hotel.
Por suerte, esa fue una habilidad que aprendí rápido: ignorar lo que dolía y mirar lo que brillaba. Y ese día, lo que más brillaba era Rubén, que, además, en ese momento me hacía señales desde el borde de la piscina como si fuera un náufrago pidiendo rescate.
— ¡Val! ¡Ven! ¡Rápido! David dice que tú no sabes hacer cócteles! —gritó Rubén, indignadísimo.
Levanté la cabeza y dudé seriamente de que David hubiera dicho nada, porque estaba ahí sentado con la indiferencia absoluta de un adulto quemado por la vida dentro del cuerpo de un niño de ocho años. No nos miraba, ni siquiera parecía consciente de que existíamos. Me acerqué y Rubén casi rebotó sobre sí mismo, parecía que tenía un resorte interno diseñado exclusivamente para entusiasmarse con la vida.
— Estoy haciéndole uno de mis cócteles especiales —me explicó—. Este se llama "Noche Estrellada con Toque de Misterio".
Lo dijo con la solemnidad de un sumiller.
— No se llama así —corrigió David desde su sitio sin ni siquiera molestarse en mirarnos—. Lo acabas de inventar.