El Reflejo Del Cristal

Prólogo

El frío de la pista siempre fue mi hogar, el único lugar donde el mundo dejaba de ser un caos para convertirse en una línea perfecta grabada por mis cuchillas. A los veintitrés años, el hielo de Montreal me conocía mejor que nadie. El público rugía, una masa borrosa de rostros que esperaba que la "Reina del Hielo" reclamara su tercer campeonato mundial consecutivo.

​Pero esa noche, el aire se sentía distinto. Más pesado. Más gélido.

​Busqué a Maximilian entre la multitud, como siempre hacía antes de empezar. Lo encontré en la primera fila, con sus veintiséis años y esa mirada protectora que me servía de ancla. Él asintió, una promesa silenciosa de que estaría allí cuando terminara. Él era mi refugio, el hombre que me amaba más allá de las medallas. O eso creía yo mientras la música empezaba a sonar.

​Las primeras notas de "Claire de Lune" llenaron el estadio. Me deslicé, sintiendo la velocidad fluir por mis venas. Todo era perfecto. El primer salto, limpio. El segundo, una caricia al aire. El público estaba entregado, y yo me sentía invencible.

​Entonces llegó el momento. El triple Axel que cerraría mi rutina y me daría el oro.

​Tomé impulso, el filo de mi patín derecho mordió el hielo con una fuerza feroz. Me elevé. Uno, dos, tres giros... El mundo desapareció. Pero en el punto más alto, un pinchazo agudo, un aviso eléctrico recorrió mi columna. El aire se escapó de mis pulmones antes de tiempo.

No. Todavía no.

​La gravedad me reclamó con una violencia que no conocía. No hubo una caída elegante. Hubo un estallido.

​El sonido de mi columna impactando contra el hielo fue lo más fuerte que escuché en mi vida, un crujido seco, como una rama de invierno partiéndose bajo el peso de la nieve. El dolor no llegó de inmediato; primero fue el frío absoluto y luego, la nada. Mis piernas no respondían. El techo del estadio giraba sobre mí, y los gritos de horror del público se sentían como si estuvieran bajo el agua.

​—¡Élodie! —La voz de Maximilian fue lo único que perforó la niebla.

​Traté de buscarlo, de estirar la mano, pero mi cuerpo era una jaula de cristal rota. Lo vi saltar la valla, desesperado, con los ojos llenos de una angustia que me desgarró más que el golpe. Los paramédicos lo detuvieron antes de que pudiera tocarme.

​Esa fue la última vez que sentí el hielo bajo mi cuerpo. Y esa noche, en la habitación blanca del hospital, cuando los doctores me dijeron que quizás nunca volvería a saltar, Maximilian también desapareció. No hubo una nota, no hubo un "lo siento". Solo el silencio de una silla vacía junto a mi cama y el eco de su traición mezclándose con el dolor físico de mis vértebras fracturadas.

​A los veintitrés años, perdí mi carrera. Perdí mi espalda. Y perdí al hombre que era mi vida.

​Tres años después, sigo escuchando ese crujido cada vez que cierro los ojos. El reflejo del cristal no perdona, y el pasado, mucho menos.




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