El frío de Montreal en noviembre no es nada comparado con el vacío que siento cada vez que mis botas pisan el suelo de una pista de hielo, aunque esta vez no sea para patinar. Llevo tres años huyendo de los focos, de las entrevistas y, sobre todo, de los recuerdos. Pero la cuenta bancaria no entiende de traumas, y la oferta que llegó a mi correo ayer era demasiado irreal para ignorarla. “Entrenadora privada para una joven promesa. Sueldo íntegro por adelantado. Firma anónima”.
Necesitaba el dinero. Necesitaba dejar de ser la "campeona rota" que vive en un apartamento de una habitación.
La mansión de los Gauthier se alzaba sobre una colina nevada como un castillo de cristal y acero. Al bajar del taxi, el viento me azotó la cara, revolviendo mi cabello pelirrojo. Mis dedos se cerraron instintivamente sobre mi bolso, buscando una seguridad que no tenía. Una de las sirvientas, vestida con un uniforme tan rígido como su expresión, me abrió la puerta sin mediar palabra.
—El señor la espera en su despacho. Por aquí, señorita Beaumont —dijo, y su voz resonó en el vestíbulo de mármol negro.
Caminé por pasillos que parecían galerías de arte, pero mis ojos solo buscaban las salidas de emergencia. Me sentía fuera de lugar. La mujer me indicó una oficina de puertas dobles y madera oscura. Me hizo señas para que entrara y me sentara en uno de los sillones de cuero frente a un escritorio monumental.
Me senté, tratando de controlar la respiración. Mis vértebras soltaron un quejido sordo, ese recordatorio constante de que ya no soy de goma. Miré mis manos entrelazadas; estaban pálidas, casi transparentes bajo la luz de la lámpara. Cálmate, Élodie. Es solo un empresario rico con una hija talentosa. Haz tu trabajo y vete.
Entonces, el silencio sepulcral de la casa se rompió.
Escuché unas risas infantiles seguidas de unos pasos pesados, decididos, que hacían vibrar el suelo. La puerta se abrió y una pequeña ráfaga de aire fresco entró con ellos. Una niña de unos siete años, con el cabello castaño brillante y unos ojos que me resultaron extrañamente familiares, entró saltando.
—¡Papá, ya está aquí! ¿Es ella? ¿Es la reina? —preguntó la pequeña, mirándome con una adoración que me encogió el corazón.
Me quedé sin aliento. Esa cara... recordaba esos ojos en una versión mucho más pequeña, de cuando tenía apenas cuatro años. Pero mi cerebro no tuvo tiempo de procesarlo, porque detrás de ella, cerrando la puerta con una parsimonia que me erizó la piel, apareció él.
Se me detuvo el corazón. Literalmente sentí como si el hielo de la pista se hubiera materializado en mis pulmones, congelándome la sangre.
Maximilian.
Ya no era el chico de veintiséis años que me sostenía la mano en las noches de hotel después de una competencia. A sus veintinueve, Maximilian se veía imponente, peligroso. Su cuerpo se había vuelto más robusto, llenando un traje de tres piezas que gritaba poder y pecado. Su mandíbula estaba más marcada, su mirada era más oscura, y el aura de misterio que siempre lo rodeó ahora era una neblina espesa de autoridad.
Me quedé paralizada en el sillón, incapaz de levantarme, incapaz de huir. Mis labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido.
Él no pareció sorprendido. Se quedó allí, de pie junto a Fleur, con una mano apoyada en el hombro de la niña y la otra metida en el bolsillo de su pantalón. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en mi cuello, en mis ojos, en mi boca.
—¿Te gusta tu nueva entrenadora, Fleur? —su voz, ahora más grave y cargada de una frialdad que me hizo temblar, llenó la habitación—. Me costó mucho encontrarla. Se volvió una experta en desaparecer.
Sus ojos azules se clavaron en los míos, desafiantes, victoriosos. Me había tendido una trampa. El hombre que me abandonó en una camilla de hospital cuando más lo necesitaba era el dueño de la casa, el padre de mi nueva alumna y, por lo que decían las noticias, el hombre más peligroso del país.
—Hola, Élodie —susurró, y el nombre en sus labios sonó como una sentencia—. Bienvenida a casa.
La tensión en la oficina se volvió tan espesa que sentí que el techo se desplomaba sobre mis hombros. Maximilian no se movió; permaneció allí, con esa elegancia depredadora que solo los hombres con demasiado poder —y demasiados secretos— poseen. Fleur, ajena al campo de minas que acabábamos de pisar, me miraba con una sonrisa radiante, pero yo solo podía ver los ojos de su padre. Esos ojos que una vez fueron mi cielo y que ahora eran el pozo donde se hundían mis peores recuerdos.
Tragué saliva, sintiendo el nudo en mi garganta como si fuera un trozo de hielo afilado. Mis manos se aferraron a los brazos del sillón con tanta fuerza que los nudillos me blanquearon. Me costó encontrar mi voz, esa que parecía haberse quedado sepultada bajo los escombros de mi carrera a los veintitrés años.
—¿Por qué? —logré susurrar finalmente, aunque mi voz tembló más de lo que hubiera deseado—. De todas las entrenadoras en este país, de todas las campeonas que no están... rotas. ¿Por qué yo, Maximilian?
Él soltó una pequeña risa seca, un sonido carente de humor que erizó cada vello de mi nuca. Dio un paso hacia el escritorio, rodeándolo con una parsimonia que me hizo querer salir corriendo, si tan solo mis piernas no se sintieran como plomo.
—Es simple, Élodie —dijo, apoyando sus manos grandes sobre la madera oscura, inclinándose apenas hacia mí. El aroma de su perfume, una mezcla de tabaco caro y algo metálico, me golpeó de lleno—. Quiero que la leyenda de Canadá, la mujer que ganó tres mundiales consecutivos, entrene a mi hija. Fleur merece lo mejor, y lo mejor eres tú. Además... —hizo una pausa deliberada, y una chispa de malicia bailó en sus pupilas gélidas—, pensé que sería interesante recordar los viejos tiempos. Aquellos años en la universidad donde todo parecía tan... perfecto.