El Reflejo Del Cristal

2

El aire gélido de la pista privada de los Gauthier golpeó mis pulmones con una familiaridad que me hizo estremecer. No era el frío húmedo de las pistas públicas, sino uno seco, purificado, que olía a ozono y a dinero. Me senté en el banco de madera pulida, con los dedos temblorosos mientras tiraba de los cordones de mis patines blancos. Mis viejos compañeros. Hacía tres años que no sentía este peso en los pies, esta extensión de mi propio cuerpo que una vez me hizo sentir una diosa y luego me condenó a la fragilidad.

​Me puse en pie, ignorando el grito de advertencia de mis vértebras. Al deslizarme sobre el hielo, el sonido del acero cortando la superficie cristalina resonó en la inmensidad del recinto vacío. Cerré los ojos. Un impulso, un deslizamiento, y de repente, el miedo se disolvió.

​Empecé a moverme por instinto. No era una rutina compleja, solo pasos básicos que mi memoria muscular reclamaba a gritos. Me sentí ligera, casi etérea. Por un segundo, olvidé la cicatriz en mi espalda y el dolor del abandono. Me sentí de nuevo la reina de los tres mundiales, girando en un torbellino de libertad que creía perdido para siempre. Estaba en un trance absoluto, el hielo y yo volviendo a ser uno solo...

​Hasta que el sonido de unos aplausos rítmicos rompió el cristal de mi burbuja.

​Me detuve en seco, casi perdiendo el equilibrio, y giré la cabeza hacia el palco. Allí estaba él, Maximilian, con un traje negro que lo hacía parecer una sombra elegante contra la blancura de la pista. A su lado, Fleur daba saltitos de alegría, uniendo sus pequeñas manos con entusiasmo.

​—¡Increíble! —exclamó la niña, con los ojos brillando de una forma que me dolió en el pecho—. ¡Pareces un ángel de nieve, Élodie!

​Maximilian no dijo nada, pero su mirada azul recorría mi cuerpo con una intensidad depredadora, como si estuviera evaluando cada uno de mis movimientos, buscando la grieta que él mismo ayudó a crear. Me obligué a ignorar la presión en mi pecho y me deslicé hacia la valla, recuperando mi máscara profesional.

​—Ven aquí, Fleur —le dije, forzando una sonrisa suave—. Es hora de empezar.

​La pequeña se acercó al borde de la pista, pero se detuvo con un puchero, mirando sus pies.

​—No puedo... —susurró con frustración—. Papá intentó ayudarme, pero no sé cómo ponerme los patines. Están muy duros y me lastiman.

​Miré a Maximilian. Él simplemente se encogió de hombros con una arrogancia que me hirvió la sangre. ¿Tanto poder y ni siquiera podía tomarse cinco minutos para aprender a calzar a su propia hija?

​Suspiré y salí de la pista, sintiendo el cambio brusco de la superficie bajo mis pies. Me arrodillé frente a Fleur, ignorando el esfuerzo que eso suponía para mi espalda.

​—No te preocupes, pequeña —le dije, tomando uno de sus pies—. Ponerse los patines es el primer paso para ser una campeona. Tienes que sentirlos firmes, pero que te permitan respirar. Mira, primero pasamos el cordón por aquí...

​Mientras le enseñaba, sentí la sombra de Maximilian proyectándose sobre nosotras. Estaba tan cerca que podía oler su perfume. Me negaba a levantar la vista, pero sabía que nos estaba observando, y por primera vez en tres años, la pista de hielo no era el lugar más peligroso de la habitación. Lo era él.

Sentí la mirada de Maximilian clavada en mi nuca como un peso físico mientras terminaba de ajustar los cordones de Fleur. La pequeña rebosaba una energía que yo había olvidado que existía a esa edad.

​—¡Ya está! —exclamó Fleur, poniéndose de pie con cuidado, probando la estabilidad de sus tobillos—. ¡Gracias, Élodie! Pero antes de empezar... ¿puedes enseñarme una pirueta? Quiero ver cómo lo haces de verdad, como en los videos que papá me mostró.

​Me quedé helada por un segundo. El recuerdo del dolor, del crujido y de la caída pasó por mi mente como un flash cegador. Mis dedos se cerraron sobre la valla.

​—Fleur, no —intervino la voz profunda de Maximilian, dando un paso al frente. Su tono era inusualmente bajo, casi protector, pero cargado de esa autoridad que no aceptaba réplicas—. Élodie está... ella está lastimada. No debe hacer esfuerzos innecesarios.

​Lo miré de reojo. Sus ojos azules estaban nublados por algo que parecía preocupación, pero para mí solo era un recordatorio de mi propia debilidad. No iba a permitir que me compadeciera, no delante de su hija, y mucho menos después de haberme arrastrado hasta aquí.

​—No te preocupes, Maximilian —dije, poniéndome en pie con una elegancia que me costó cada gramo de voluntad. Lo miré fijamente, desafiándolo—. Una maestra debe enseñarle a su alumna primero para que ella aprenda. No puedo pedirle que sea valiente si yo no lo soy.

​Me deslicé de nuevo hacia el centro de la pista. El silencio era absoluto. Podía sentir el pulso en mis oídos. Tomé impulso, sintiendo el viento frío contra mis mejillas, y busqué el eje. Crucé los brazos sobre el pecho y empecé a girar. Uno, dos, tres... la velocidad aumentó, el mundo alrededor se convirtió en una mancha borrosa de mármol y cristal.

​Esperé el pinchazo. Esperé el grito de mi columna. Esperé el desastre.

​Pero no llegó.

​Me detuve con una salida limpia, el hielo saltando bajo mi cuchilla. Me quedé allí, jadeando ligeramente, con el corazón martilleando contra mis costillas. Nada. No me dolía nada. Por primera vez en tres años, el cuerpo me había obedecido sin reclamar.

​Una carcajada limpia y vibrante escapó de mis labios, una risa de pura felicidad que no sabía que aún guardaba dentro de mí. Me reí de alivio, de victoria, ignorando por completo la expresión de asombro que seguramente tenía Maximilian.

​—¿Viste eso, Fleur? —le dije, haciéndole una seña con la mano, mi rostro iluminado por una alegría genuina—. Ahora te toca a ti. ¡Ven al hielo, vamos a empezar la clase!

​Me olvidé de Maximilian, me olvidé de la mansión y de la mierda de pasado que nos unía. En ese momento, solo éramos la niña, yo y el reflejo del cristal que, por fin, me devolvía una imagen que no estaba rota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.