El Reflejo Del Cristal

3

El aire en la pista de los Gauthier solía ser mi refugio, pero hoy se siente como una trampa de cristal. Fleur se desliza con una gracia natural que me recuerda a mis propios inicios, antes de que el mundo se volviera un lugar oscuro. Estamos terminando la sesión cuando el sonido de la puerta principal de la pista al abrirse me pone en alerta.

​Esperaba a Maximilian. Lo que no esperaba era al hombre que caminaba a su lado, luciendo un abrigo de cachemira que costaba más que mi tráiler entero.

​Se me detuvo el corazón. El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

​Mi padre. El gran magnate de la agropecuaria y dueño de las cadenas de supermercados más grandes del país. El hombre que nos abandonó cuando yo tenía apenas cuatro años, justo después de darse cuenta de que su ambición no cabía en una casa pequeña con una mujer que lo amaba. Solo volvió cuando vio que mi talento en el hielo podía ser otra joya en su corona de éxito, y desapareció de nuevo, sin dejar rastro, en el momento en que mi columna se partió.

​A sus cincuenta y tantos años, se veía impecable. Detrás de él, como sombras de una vida perfecta que nunca me perteneció, estaban Margaret, su esposa de porcelana, y sus dos hijos, Justin y Shawn. Mis medios hermanos, solo dos años menores que yo, los herederos legítimos de un imperio construido sobre el abandono de su primera hija.

​—Es bueno verte de nuevo en el hielo, Ellie —dijo mi padre, usando ese apodo que ya no tenía derecho a pronunciar. Su voz era cálida, profesional, como si estuviera cerrando un trato de exportación de granos en lugar de dirigirse a la hija que ignoró durante tres años.

​Maximilian se quedó un paso atrás, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. Sus ojos azules saltaban de mi padre a mí, analizando cada milímetro de mi reacción. Resultaba que ahora eran socios. El hombre que me rompió el corazón y el hombre que me rompió la infancia, unidos por el dinero.

​Apreté los puños, sintiendo el frío de mis cuchillas vibrar contra el hielo. Margaret me dedicó una sonrisa condescendiente, y mis hermanos me miraron como si fuera una pieza de museo curiosa y algo deteriorada.

​—Gracias —respondí, mi voz saliendo más firme de lo que esperaba, aunque por dentro me estaba cayendo a pedazos—. Es una pena que lleguen ahora. Mi trabajo terminó hace exactamente una hora.

​Me deslicé hacia la valla con una elegancia mecánica, ignorando la mirada de suficiencia de mi padre. El aire en la habitación se había vuelto irrespirable.

​—Me retiro —anuncié, sin mirar a Maximilian ni a los invitados de honor de su circo empresarial.

​—¿Tan pronto, Ellie? Acabamos de llegar —insistió mi padre con esa falsa amabilidad que me revolvía el estómago—. Maximilian me dijo que estabas haciendo maravillas con la pequeña Fleur.

​—La disciplina requiere horarios, y los míos se cumplen —dije, saltando fuera de la pista. Empecé a desatar mis patines con movimientos frenéticos. No podía estar ahí. No con ellos mirando mi "fracaso" de cerca—. Que disfruten del tour por la mansión.

​Podía sentir la mirada de Maximilian quemándome la nuca mientras me alejaba. Sabía que no me dejaría ir tan fácil, pero en ese momento, el rugido de mi pasado era más fuerte que cualquier contrato firmado con sangre.

Sentí que el mundo se me cerraba encima. Quería correr, quería que el hielo me tragara antes de tener que respirar el mismo aire que ese hombre y su familia de catálogo. Pero entonces, una mano pequeña tiró de mi chaqueta.

​—¡Élodie, por favor! —Fleur me miraba con esos ojos brillantes, ajena por completo a la guerra nuclear que acababa de estallar en el salón—. No te vayas todavía. Papá dijo que hoy cenaríamos todos juntos para celebrar el nuevo negocio. ¡Quédate! Quiero enseñarte mis dibujos de patinaje.

​Miré a Maximilian. Él no decía nada, pero su mirada era un desafío silencioso, una invitación a ver si era capaz de mantener la compostura frente a los fantasmas de mi pasado. Luego miré a mi padre, que me observaba con esa curiosidad clínica, como si fuera un experimento que salió mal.

​—Fleur, yo... —empecé a decir, pero la niña me interrumpió apretando mi mano.

​—¡Por favor! Solo un ratito más. ¡Di que sí!

​Fue tanta su insistencia, y su voz era tan pura comparada con la podredumbre que sentía a mi alrededor, que mi armadura terminó por ceder. No podía decirle que no a ella por culpa de ellos. No iba a permitir que mi odio por esos hombres me quitara la oportunidad de ser la luz en el día de esa pequeña.

​—Está bien, Fleur —susurré, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Me quedaré un rato más.

​—¡Siii! —gritó ella, saltando de alegría.

La cena era una puesta en escena de la que yo no quería formar parte. El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana me taladraba los oídos, y el perfume caro de Margaret me causaba náuseas. Estaba concentrada en Fleur, intentando que su inocencia fuera mi escudo, cuando la voz de mi padre cortó el aire con la precisión de un bisturí.

​—Y bien, Ellie... —dejó su copa de vino sobre la mesa y me miró con una falsa preocupación que me revolvió el estómago—. ¿Cómo está tu espalda?

​La mesa quedó en silencio. Maximilian dejó de cortar su carne y levantó la vista, clavando sus ojos azules en mí, esperando mi reacción.

​—Pues puedo caminar y patinar, que es lo importante, ¿no? —respondí con una frialdad cortante, sin dejar de mirar mi plato.

​Él asintió con lentitud, como si estuviera evaluando la calidad de una mercancía.

​—¿Y dónde estás viviendo ahora? —insistió—. Me costó mucho dar con tu dirección.

​—En una zona poco concurrida de la ciudad —dije, tratando de ser lo más vaga posible.

​—Ah, ya sé de qué zona hablas —intervino mi padre con una mueca de desdén, mirando a Margaret como buscando complicidad—. He visto esos apartamentos al pasar con el coche. Son realmente feos y de una calidad ínfima. No entiendo cómo puedes estar ahí.




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