El olor a antiséptico y el brillo clínico de las luces fluorescentes siempre me ponen de los nervios. Es un recordatorio constante de los meses que pasé mirando techos de hospitales, preguntándole a Dios por qué mis piernas no sentían el frío del suelo.
Estaba sentada en la camilla, con la bata de papel crujiendo bajo mi peso, mientras el Dr. Miller examinaba las últimas radiografías y la resonancia que me había hecho esa mañana. El silencio era denso, solo interrumpido por el tecleo de su computadora.
—Bueno, Élodie —dijo finalmente, bajando sus gafas y mirándome por encima del marco—. Tengo los resultados.
Me tensé, esperando lo peor. Esperando que me dijera que la pirueta de ayer había terminado de desmoronar lo poco que quedaba de mi estabilidad.
—No hay nada —soltó él, cruzándose de brazos—. No hay inflamación, no hay nuevas fisuras, ni siquiera hay presión en los nervios afectados. Físicamente, tu espalda está... bien. Sorprendentemente bien para el impacto que sufriste hace tres años.
Me quedé helada.
—Pero me duele, doctor. Anoche, después de una... discusión, sentí que me iba a partir en dos. No podía ni sentarme en el taxi.
El doctor Miller suspiró y se acercó a mí con una expresión compasiva que odié de inmediato.
—Élodie, el cuerpo tiene memoria. Creo que lo que sientes es un dolor psicosomático. Tu mente está proyectando el trauma del pasado cada vez que te sientes bajo presión o estrés emocional. Estás asustada, y tu espalda es el lugar donde guardas ese miedo. Psicológicamente, te estás bloqueando.
—¿Me está diciendo que me lo estoy inventando? —pregunté, sintiendo una mezcla de alivio y rabia.
—Te estoy diciendo que tu cuerpo es capaz de recrear el dolor para protegerte de lo que te asusta. Pero —su voz se volvió más seria—, no olvides que aunque no haya daño nuevo, esa zona sigue siendo vulnerable. No la fuerces demasiado. Puedes patinar, puedes entrenar a esa niña, pero si intentas volver a la alta competición o a saltos de gran impacto, cosas muy malas podrían pasar. No tientes a la suerte dos veces.
Salí del consultorio caminando con una extraña sensación de ligereza. No estaba rota. Al menos, no físicamente. El dolor de anoche no era la lesión volviendo a aparecer, era la presencia de Maximilian actuando como un veneno en mi sistema.
Al encender mi teléfono, vi que tenía tres llamadas perdidas de un número desconocido y un mensaje de texto que me hizo detener el paso en mitad de la acera.
“Fleur no quiere entrar al hielo si no estás tú. No me obligues a ir a buscarte a ese tráiler, Élodie. Hablemos como adultos.” — M.G.
Apreté el teléfono contra mi pecho. Mi espalda no me dolía, pero mi corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperme las costillas. Estaba bien. Podía hacerlo. Pero volver a esa mansión después de haberle gritado que lo amaba más que a nada... eso era un salto mucho más peligroso que cualquier triple Axel.
Cerré la puerta de mi apartamento con el corazón todavía acelerado por las palabras del doctor. «Psicosomático». Una palabra elegante para decir que mi mente me estaba traicionando, que el simple hecho de estar cerca de Maximilian me hacía revivir el crujido de mis huesos.
Me quité las botas y, sin siquiera quitarme la chaqueta húmeda por los restos de la lluvia de anoche, me desplomé en la cama. El colchón se hundió bajo mi peso, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí ese pinchazo eléctrico recorriéndome la columna. El doctor tenía razón; estaba bien, pero me sentía agotada, como si hubiera corrido un maratón de mil kilómetros a través de mis propios recuerdos.
Mis párpados pesaban toneladas. Intenté pensar en el mensaje de Maximilian, en la amenaza velada de venir a buscarme, pero el sueño me arrastró hacia el fondo de un pozo oscuro y sin sueños antes de que pudiera formular una respuesta.
Me hundí en un letargo profundo, ese tipo de sueño pesado que solo te da cuando el cuerpo finalmente se rinde ante el agotamiento emocional.
Desperté de golpe, desorientada. La habitación estaba sumida en una penumbra grisácea; las sombras se habían alargado, indicando que habían pasado horas. Me incorporé con torpeza, sintiendo la boca seca y la cabeza pesada.
Busqué mi celular a tientas entre las sábanas, cegada por el brillo repentino de la pantalla cuando finalmente lo encontré. Al desbloquearlo, mi pulso se disparó.
—No puede ser... —susurré, sintiendo un nudo en el estómago.
La pantalla estaba inundada de notificaciones. Tenía un millón de llamadas perdidas. No solo de Maximilian, sino también de números de la oficina de su empresa y de la mansión. Los mensajes se acumulaban uno tras otro, cada uno más imperativo que el anterior.
"Élodie, contesta. Fleur no para de preguntar por ti."
"¿Sigues en el hospital? Dime en cuál estás."
"Voy de camino. Si no respondes en cinco minutos, voy a derribar la puerta de ese maldito tráiler."
Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. Revisé la hora. Había dormido casi seis horas. Para Maximilian, mi silencio no era cansancio; era una declaración de guerra o una emergencia médica. Y conociendo su temperamento y su obsesión por el control, el hecho de que no me hubiera encontrado en el tráiler —porque yo no vivo con mi madre, aunque él lo crea— significaba que probablemente estaba desatando el caos buscándome.
Me puse de pie de un salto, ignorando el mareo. Justo cuando iba a devolver la llamada, el teléfono volvió a vibrar en mi mano. Era él. Otra vez.
Me quedé mirando la pantalla con la respiración entrecortada. El millón de llamadas perdidas era una prueba de que Maximilian Gauthier no sabía lo que era un "no" por respuesta. Pero había un error fatal en su lógica: él creía que yo vivía con mi madre. Estaba convencido de que mi hogar era ese tráiler oxidado donde la ginebra dictaba las reglas, porque para él, en su mente de millonario, después de mi caída yo no podía haber aspirado a nada más.