El Reflejo Del Cristal

5

La mandíbula de Maximilian se tensó tanto que la línea de su rostro pareció tallada en piedra. La acusación quedó suspendida entre los dos, vibrando en el espacio frío de la sala. Esperaba que me gritara, que negara el impacto que causaba en mi vida o que recuperara esa máscara de fría indiferencia corporativa que tanto usaba.

​En lugar de eso, dio un paso hacia mí. Solo uno, pero arrastró los pies con un cansancio que parecía venirle desde los huesos.

​—¿Así que yo soy el que te rompe? —susurró, y su voz no traía la furia de antes, sino una especie de dolor viejo y desgastado—. ¿Crees que para mí es fácil verte en este lugar, Élodie? ¿Crees que me dio gusto encontrarte en medio de esa inmundicia?

​—¡Tú asumiste que vivía ahí! —le recordé, sintiendo que la culpa por lo de Fleur intentaba doblegarme, pero mi orgullo se mantenía firme—. Viniste aquí a juzgar sin saber nada, como siempre.

​—¡Vine aquí porque me estaba volviendo loco! —estalló de nuevo, acortando la distancia entre los dos hasta que pude sentir el frío húmedo que emanaba de su abrigo goteando sobre el suelo—. No contestabas. Después de lo que me dijiste anoche bajo la lluvia... después de gritarme que me habías amado más que a nada, simplemente desapareces por horas. ¿Qué querías que pensara?

​Me quedé estática. Sentir su cercanía, el olor a tormenta mezclado con su loción cara, me revolvía todo por dentro. El doctor Miller me había dicho unas horas antes que mi espalda estaba sana, que el trauma se reflejaba en mis vértebras cada vez que la presión me superaba. Y ahí estaba la prueba: una punzada sorda empezó a instalarse justo en la base de mi nuca.

​—Quería que me dejaras en paz —dije en un hilo de voz, obligándome a sostenerle la mirada—. Quería respirar sin sentir que tu mundo me aplasta. Cumpliré con el contrato, Maximilian. Entrenaré a Fleur porque ella no tiene la culpa de nuestras miserias. Pero tú y yo... tú y yo no tenemos nada de qué hablar.

​Maximilian bajó la vista hacia el charco de agua que se había formado a sus pies, soltando un suspiro largo que empañó el aire frío de la habitación. Cuando volvió a mirarme, la tormenta en sus ojos azules se había disipado, dejando solo una profunda y desgarradora derrota.

​—A veces olvido que el hielo no es lo único que puede congelar a una persona, Élodie —dijo, dando un paso hacia la salida—. Mañana no vayas a la mansión. Quédate aquí. Tómate el día para... tu estrés. No dejaré que Fleur entre a la pista hasta que estés lista.

​Abrió la puerta de mi apartamento y salió al pasillo oscuro, dejándome sola con el eco de sus pasos descendiendo las escaleras y el sonido constante de la lluvia golpeando el cristal.

​El silencio que dejó Maximilian al marchar se sintió más denso que la propia tormenta. Me quedé de pie en mitad de la sala, mirando el charco de agua que se expandía lentamente sobre la alfombra barata. Mis manos seguían temblando, no por el frío que se colaba por las rendijas de la ventana, sino por la adrenalina que todavía recorría mis venas.

​Me abracé a mí misma, frotando mis brazos en un intento inútil de entrar en calor. Las palabras de Maximilian seguían resonando en las delgadas paredes de mi apartamento. «¿Crees que me divierte verte en este lugar?» «¿Crees que para mí es fácil?» Su tono de desesperación, esa vulnerabilidad tan ajena a su naturaleza de acero, había dejado una grieta profunda en el muro de resentimiento que yo había construido durante tres años.

​Caminé a tropezones hacia el baño. Necesitaba quitarme de encima la sensación de suciedad, el olor a hospital, a lluvia y a pasado. Me miré en el espejo empañado por la humedad ambiental. Las ojeras marcaban mis ojos y la palidez de mi rostro delataba el agotamiento físico que el Dr. Miller había intentado explicar.

​—Psicosomático —susurré para mí misma, tocando la base de mi nuca donde el dolor seguía latiendo como un recordatorio silencioso.

​Abrí el grifo del agua caliente y dejé que el vapor inundara la pequeña estancia. Al desvestirme, no pude evitar pasar los dedos por la cicatriz de mi espalda. Era una línea rugosa, el testimonio de la noche en que toqué el cielo con un salto y desperté en el lodo de la realidad. El dolor no estaba en los huesos, estaba en el miedo de volver a perder el control de mi vida. Estaba en la presencia de Maximilian, que volvía a mover los hilos de mi existencia sin mi consentimiento.

​Bajo el chorro de agua caliente, cerré los ojos. La imagen de Fleur llorando por mi ausencia me golpeó con fuerza en el pecho. Ella no tenía la culpa. Ella solo quería patinar, quería sentir esa misma libertad que a mí me había sido arrebatada. Y yo, atrapada en mi orgullo y en mis guerras del pasado, la estaba dejando de lado.

​Cuando salí de la ducha, envuelta en una toalla vieja, busqué mi teléfono. El millón de llamadas perdidas seguía parpadeando en la pantalla como un faro de advertencia. Había un mensaje nuevo, esta vez de un número que reconocí al instante: la secretaría de la pista de patinaje de la federación.

«Estimada Élodie, le informamos que su acreditación como entrenadora oficial ha sido reactivada bajo el patrocinio exclusivo de Industrias Gauthier. Los horarios de la pista privada quedan a su completa disposición.»

​Dejé caer el teléfono sobre la cama. Maximilian no solo había ido a buscarme a mi casa; ya había movido cielo y tierra para asegurarse de que no tuviera excusas legales ni profesionales para alejarme. Me quería allí, cerca, bajo su control, incluso si eso significaba pagar el precio de verme romper todos los días.

​Me vestí con ropa cómoda y me metí entre las sábanas, pero el sueño ya no vino a rescatarme. Me quedé mirando el techo gris, escuchando cómo la lluvia amainaba poco a poco fuera, dejándome a solas con la certeza de que, por mucho que me doliera, mañana tendría que volver a pisar el hielo.

El frío de las siete de la mañana me calaba los huesos cuando bajé del taxi frente a las monumentales rejas de la mansión Gauthier. No había usado el transporte de la empresa; me negaba a que Maximilian pagara un solo centavo de mi traslado si no era estrictamente necesario. Con el bolso de los patines al hombro y un sobre arrugado en la mano derecha, crucé el sendero de grava con paso firme. Mi espalda no protestó. El doctor Miller tenía razón: estaba intacta. El único dolor que me quedaba era el orgullo, y ese iba a sanar hoy.




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