Fleur asintió con entusiasmo, asimilando mis correcciones con esa rapidez que solo tienen los patinadores natos. Se impulsó con fuerza, deslizándose hacia el extremo de la pista para iniciar su secuencia de pasos. Yo me quedé en el centro, girando sobre mi propio eje para no perderla de vista, pero mi mente seguía fija en el hombre que continuaba apoyado contra la valla de protección.
Maximilian no había dejado de mirarme. Su tableta ahora estaba guardada, y mantenía las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir, con una expresión rígida que delataba lo mucho que le habían afectado mis palabras.
—¡Élodie, mira! ¿Así está mejor la entrada? —el grito de Fleur rompió el silencio de la pista mientras ejecutaba un giro.
—¡Mantén el torso firme, Fleur! —le respondí, alzando la voz para que me escuchara—. No dejes que los hombros se caigan antes del despegue. ¡Otra vez!
La niña sonrió, frenó con elegancia y volvió a tomar impulso. Aprovechando que Fleur estaba concentrada en el otro extremo, me deslicé con suavidad hacia la barandilla, deteniéndome justo frente a Maximilian. El hielo crujió bajo mis cuchillas.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día mirándome como si fuera a romperme en cualquier segundo? —le pregunté en voz baja, apoyando mis manos en el borde de la madera.
Maximilian exhaló un suspiro lento, y el aire frío de la pista transformó su aliento en una pequeña nube de vapor.
—Estoy viendo trabajar a la entrenadora que contraté —respondió con una calma que no se reflejaba en sus ojos—. Aunque, según ese papel que me estrellaste en el pecho, mi presencia te causa un daño psicosomático. Deberías agradecer que no me haya acercado más.
—Vaya, qué considerado de tu parte, Gauthier —solté una risa seca, clavando mis ojos en los suyos—. Pero el doctor dijo que el dolor aparece bajo estrés. Estar a diez metros o a dos centímetros no cambia el hecho de que compartimos el mismo aire, y que tu sola existencia en esta mansión me revuelve el estómago.
Maximilian dio un paso al frente, reduciendo la distancia que nos separaba de la valla. Su rostro se ensombreció.
—No tienes que ser tan dura, Élodie. Fui a tu apartamento porque estaba preocupado. Pensé que estabas en ese tráiler, sufriendo.
—Pues ya viste que no —lo corté de inmediato, sintiendo cómo el orgullo me dictaba cada palabra—. No vivo en el tráiler de mi madre, vivo en un apartamento que tú y mi querido padre catalogaron como "feo" y "de baja calidad". Pero es mío. Nadie me lo regaló, y mucho menos el hombre que nos dejó una mano adelante y otra atrás cuando yo era una niña.
—Yo no dije que tu apartamento fuera feo —replicó él, entornando los ojos—. Fue tu padre el que abrió la boca en la cena. Yo solo...
—Tú no dijiste nada, Maximilian, que es exactamente lo mismo —lo interrumpí, sintiendo el calor de la rabia subir por mi cuello—. Te quedaste ahí, sentado en tu silla de oro, mirando cómo ese hipócrita me preguntaba por mi espalda y por mi madre después de habernos ignorado toda la vida. Te callaste porque ahora es tu socio. Porque tus supermercados y tus negocios agropecuarios son más importantes que el desastre que ese hombre causó.
Maximilian apretó los dientes, y la línea de su mandíbula se volvió peligrosamente dura.
—No sabes nada de mis negocios con él, Élodie. No hables de lo que no entiendes.
—Entiendo lo suficiente. Entiendo que el dinero borra el pasado de la gente —dije, dándole una última mirada fría—. Ahora, si me disculpas, tengo una alumna que atender. Alguien que sí merece mi tiempo.
Me impulsé hacia atrás con un movimiento limpio, dejándolo con la palabra en la boca. Me deslicé rápidamente hacia Fleur, que ya me esperaba con los brazos en jarras y una chispa de curiosidad en sus ojos de niña.
—¿De qué hablas tanto con mi papá, Élodie? —preguntó Fleur cuando llegué a su lado—. Tiene cara de que lo regañaste.
—Cosas de adultos, pequeña —le respondí, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. Tu papá solo necesita aprender a escuchar. Pero nosotros vinimos a patinar. Vamos, enséñame esa combinación de saltos de nuevo. Esta vez, quiero ver la altura de una verdadera campeona.
Fleur asintió con una gran sonrisa y se lanzó de nuevo al hielo, ajena por completo a la tormenta silenciosa que seguía rugiendo entre su padre y yo en los márgenes de la pista.
Fleur se impulsó con gracia, ejecutando su secuencia de saltos con una determinación que, por un momento, logró alejarme de la presencia de Maximilian. Sus cuchillas cortaban el hielo con un sonido rítmico y limpio, un sonido que siempre había sido mi única forma de meditación real. Me mantuve a su lado, corrigiendo la posición de sus brazos con gestos mínimos, sintiendo cómo el frío de la pista terminaba de calmar el pulso acelerado que la discusión con su padre me había provocado.
—¡Eso fue mucho mejor, Fleur! —le dije, mientras ella frenaba frente a mí, resoplando un poco pero con los ojos brillantes de satisfacción—. Pero si quieres que el Axel salga perfecto, tienes que dejar de mirar hacia abajo cuando sientes que vas a caer. Si miras el suelo, vas a terminar besándolo. Mira siempre al horizonte, hacia donde quieres llegar.
Fleur asintió, secándose el sudor de la frente con el dorso del guante.
—A veces me da miedo que me mires y pienses que no soy lo suficientemente buena —confesó la niña en voz baja, mirando hacia la barandilla donde su padre seguía inmóvil—. Papá siempre dice que las cosas en la vida no valen si no son perfectas desde el primer intento.
Sentí una punzada de amargura recorrer mi pecho. Maximilian y su obsesión con la perfección; esa maldita manía de convertir todo lo que tocaba en un trofeo frío y sin alma. Me agaché hasta quedar a su altura, clavando mis ojos en los suyos.
—Escúchame bien, Fleur —dije con firmeza, ignorando la sombra de Maximilian que se proyectaba sobre el hielo—. Tu padre vive en un mundo donde el éxito se mide con números y resultados. El patinaje es algo muy distinto. El patinaje es sobre lo que sientes aquí dentro —me toqué el pecho con el guante—. La perfección es aburrida, Fleur. Lo que hace que alguien sea inolvidable no es no caerse nunca, es la forma en que te levantas después de haber cometido un error garrafal. Así que no patines para él. Patina para ti.