El Reflejo Del Cristal

7

El trayecto hacia el parque de casas móviles se me hizo eterno. Llevaba en el asiento del copiloto del taxi un par de bolsas con comida que había comprado al salir de la mansión: cosas fáciles de preparar, frutas y algo de pan. A pesar de la furia de anoche y del caos que Maximilian había presenciado en ese lugar, no podía simplemente ignorar que mi madre seguía allí, consumiéndose en su propia miseria.

​Cuando el auto se detuvo frente al tráiler oxidado, el ambiente se sentía pesado, impregnado de una calma sospechosa. Bajé con las bolsas en las manos y caminé a prisa por el sendero de tierra. Empujé la puerta, que como siempre ni siquiera tenía el cerrojo puesto, dispuesta a soportar el olor a ginebra y los reproches de siempre.

​—¿Mamá? —llamé, dejando las bolsas sobre la mesa de la cocina, donde todavía quedaba una botella vacía sobre el suelo—. Traje algo de comer.

​Nadie respondió.

​Caminé hacia su habitación, un espacio diminuto donde apenas cabía la cama. Las sábanas estaban revueltas, pero ella no estaba. Fui al baño, toqué la puerta, la abrí de golpe. Vacío. Una angustia fría y punzante comenzó a instalarse en mi pecho, ramificándose por mis extremidades hasta hacerme temblar. Mi madre se alcoholizaba, sí, pero lo hacía en casa. Ella odiaba el mundo exterior tanto como se odiaba a sí misma; su trinchera eran estas cuatro paredes y sus botellas. Nunca salía a tomar afuera. Jamás.

​Salí del tráiler corriendo, sintiendo que el aire me faltaba en los pulmones. El pánico empezó a apoderarse de mí de una forma violenta.

​—¡Mamá! —grité en mitad del callejón de tierra, mirando a ambos lados.

​A los pocos metros, una de las vecinas, una mujer mayor de cabello descuidado que fumaba apoyada en su barandilla, me miró con una mezcla de lástima y fastidio.

​—Si buscas a tu madre, muchacha, se fue hace un par de horas hacia los callejones de la parte trasera del complejo —dijo, señalando con el cigarrillo hacia la zona industrial abandonada que colindaba con el parque—. Iba siguiendo a unos tipos de mala muerte. Esos que no solo venden alcohol.

​Al escuchar sus palabras, el pánico se convirtió en puro terror. Mis piernas se movieron por puro instinto, corriendo hacia la dirección que me había indicado. Cruzé la cerca de alambre rota, ignorando el lodo que salpicaba mis botas y el frío que me cortaba la cara. El corazón me latía con tanta fuerza en las costillas que sentía que iba a desmayarme en cualquier momento.

«Por favor, que esté bien. Por favor, Dios, que solo sea una borrachera más», suplicaba en mi mente, aunque sabía que me estaba mintiendo a mí misma.

​Giré en la esquina de un almacén abandonado, un lugar oscuro, techado a medias, donde el olor a basura y a humedad era insoportable. Y entonces, la vi.

​Se me rompió el corazón en mil pedazos. Me quedé paralizada, sintiendo cómo todo el peso del mundo me caía encima, congelándome la sangre en las venas.

​Mi madre, la mujer que siempre se había sumido en las botellas para olvidar su vida, ahora estaba sumida en algo mucho peor. Estaba tirada en el suelo de cemento frío y agrietado, rodeada de inmundicia, consumiendo drogas junto a otros adictivos que apenas mantenían la mirada fija. Tenía una jeringa y un trozo de papel aluminio cerca de sus manos temblorosas, con el rostro demacrado, los ojos perdidos en el vacío de un viaje químico y el cuerpo encogido, ajena por completo a la realidad. Estaba allí, tirada en el piso, consumiendo como todos los drogadictos del barrio, perdiendo lo último que le quedaba de dignidad humana.

​Me caí de rodillas a unos metros de ella, sin importarme el suelo sucio, ahogando un grito con mis manos mientras las lágrimas me nublaban por completo la vista. Mi madre ya no solo estaba borracha; se estaba matando a pasos agigantados en el fango más oscuro de la ciudad.

Las lágrimas me cegaban, pero la desesperación me obligó a actuar. Saque el celular con las manos empapadas en sudor y, con el pulso temblando, marqué el número de la policía.

​Cuando la patrulla llegó al callejón unos minutos después, los oficiales se bajaron a toda prisa con las linternas encendidas. Al acercarse a mí y alumbrar la escena, uno de ellos se me quedó mirando fijamente. El brillo de reconocimiento en sus ojos fue instantáneo; recordaba perfectamente quién era yo antes del accidente, la patinadora que alguna vez llenó los titulares. No dije nada. No había espacio para la vergüenza, solo para el dolor. Simplemente asentí con la cabeza, tragándome el nudo en la garganta.

​—Por favor —les pedí en un susurro, señalando el cuerpo inerte de mi madre—. Ayúdenme a sacarla de aquí.

​Los policías intercambiaron una mirada de lástima, asintieron y se acercaron a ella. Entre los dos la cargaron con cuidado, levantándola de ese suelo inmundo mientras ella apenas balbuceaba incoherencias por el efecto de la sustancia. Caminé delante de ellos, guiándolos de regreso a través de la cerca rota y el fango del callejón hasta llegar a la puerta del tráiler.

​Entraron y, siguiendo mis indicaciones, la recostaron con brusquedad pero sin mala intención sobre el colchón desvencijado de su pequeña habitación. Mi madre se acomodó de lado, hundiéndose de inmediato en un letargo profundo.

​Uno de los oficiales, el que me había reconocido, se quitó la gorra y se volvió hacia mí antes de salir al pasillo de la cocina.

​—Señorita, esto ya no es solo alcohol —dijo con tono serio y preocupado, mirando de reojo hacia el cuarto—. Esto la va a matar muy rápido si sigue en la calle. Nuestro consejo es que la meta a un centro de rehabilitación lo antes posible. Aquí no está segura.

​Miré el suelo del tráiler, sintiendo una tremenda fatiga que me aplastaba los hombros.

​—Mi madre no va a cooperar —respondí con una voz completamente vacía—. Es muy terca. Prefiere morir antes de aceptar que necesita ayuda de alguien.

​El policía suspiró, sabiendo que no podía hacer más por la fuerza si no había una orden judicial de por medio.




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