El Reflejo Del Cristal

8

Entré a mi pequeña habitación y cerré la puerta, apoyando la espalda contra la madera mientras escuchaba cómo mi madre tiraba otro objeto en la cocina antes de encerrarse en su cuarto con un portazo violento que hizo vibrar las delgadas paredes del tráiler.

​Me cambié de ropa a toda prisa, poniéndome las mallas térmicas y la sudadera de entrenamiento. Al mirarme en el pequeño espejo antes de salir, me di cuenta de que tenía las facciones rígidas. La presencia de mi madre en ese estado me revolvía el estómago, pero la rabia de verla autodestruirse era lo que me mantenía en pie. Agarré mi bolso con los patines y salí del tráiler sin mirar atrás.

​Cuando llegué a la mansión Gauthier, la opulencia del lugar me pareció aún más insultante que el día anterior. Pasé de la inmundicia y el olor a encierro del tráiler a la limpieza quirúrgica de la pista de hielo privada en cuestión de veinte minutos.

​Fleur ya me estaba esperando, sentada en el banco con sus patines blancos perfectamente amarrados. Maximilian estaba a unos metros de ella, revisando unos documentos en su teléfono, pero en cuanto me vio cruzar la puerta, levantó la vista de inmediato. Sus ojos azules se entrecerraron al notar las ojeras que el maquillaje no había logrado ocultar y la tensión evidente en mis hombros.

​—Llegas justo a tiempo, Élodie —dijo él, dando un paso al frente con ese tono pausado que siempre parecía querer analizarme.

​—Nunca llego tarde a mi trabajo, Gauthier —le respondí, dejando mi bolso en el suelo con un golpe seco. Me senté en el banco al lado de Fleur, ignorando su presencia por completo—. Hola, pequeña. ¿Lista para pulir ese salto?

​—¡Sí! Hoy practiqué la postura en mi cuarto antes de dormir —dijo la niña con entusiasmo, dándome una sonrisa enorme que logró ablandar un poco el nudo que traía en el pecho.

​—Perfecto. Entra al hielo y empieza con el calentamiento. Haz tres vueltas completas y luego secuencias de pasos básicos —le ordené, dándole una palmada suave en la espalda.

​Fleur se levantó y saltó a la pista con la ligereza de una pluma, dejando el sonido de sus cuchillas cortando el hielo como único fondo. Me quedé agachada, ajustando las agujetas de mis propios patines, consciente de que Maximilian se había acercado y ahora estaba de pie a solo un metro de mí.

​—Tienes una cara terrible, Élodie —soltó él en voz baja, asegurándose de que Fleur estuviera lo suficientemente lejos como para no escuchar—. ¿Pasó algo anoche? El conductor me dijo que no quisiste que te llevara y que tomaste un taxi hacia el parque de casas móviles.

​—No pasó nada que te incumba, Maximilian —respondí sin mirarlo, apretando la agujeta con fuerza—. Mi vida fuera de esta pista no es parte de nuestro contrato.

​—Me importa si eso afecta tu rendimiento o tu salud —insistió, dando otro paso hacia adelante, con esa maldita actitud protectora que me ponía de los nervios—. Fuiste a ver a tu madre, ¿verdad? Ayer en mi oficina estabas demasiado alterada. Dime qué pasó.

​Me puse de pie de golpe, quedando frente a él. El crujido de mis patines sobre la goma del suelo sonó desafiante. Lo miré fijamente a los ojos, con toda la frialdad de la que era capaz.

​—Lo que pase con mi madre es mi problema. Ya tomé una decisión y no necesito que vengas a interrogarme —le espeté en un susurro cargado de veneno—. Estoy aquí para entrenar a tu hija y para usar esta pista cuando ella termine. Eso es todo lo que compartimos. Así que da un paso atrás y déjame hacer mi trabajo.

​Maximilian apretó los labios, y un destello de frustración cruzó sus ojos azules, pero antes de que pudiera responder, Fleur nos llamó desde el centro de la pista.

​—¡Élodie! ¡Ya terminé las vueltas! ¿Me miras el Axel ahora?

​—¡Voy, Fleur! —le grité, apartando la mirada de Maximilian de inmediato.

​Salté al hielo con un deslizamiento limpio, dándole la espalda al hombre del traje gris y concentrándome únicamente en la niña, sabiendo que el verdadero reto empezaría en unas horas, cuando la pista se quedara vacía y Maddie llegara para hacerme volar de nuevo.

Las dos horas de entrenamiento con Fleur pasaron volando. Me concentré tanto en corregir la posición de sus brazos y en motivarla para que perdiera el miedo al despegue, que por un momento logré bloquear el desastre de mi vida familiar y la mirada constante de Maximilian desde la barandilla. Cuando la sesión terminó, Fleur se despidió con un abrazo lleno de emoción y salió de la pista corriendo hacia su niñera.

​Maximilian se quedó un par de minutos más, observándome en silencio mientras yo me deslizaba suavemente por el hielo para mantener los músculos calientes. Sabía que se moría por decir algo, por insistir en su interrogatorio sobre mi madre, pero mi postura rígida y mi mirada fría le dejaron claro que no obtendría ni una sola palabra más. Con un suspiro de frustración, dio la vuelta y salió del complejo, dejándome finalmente sola.

​Poco después, los empleados de mantenimiento apagaron el sistema de sonido y se retiraron, dejando la gran sala sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido de los generadores de refrigeración. Las luces principales seguían encendidas, tal como Maximilian había prometido.

​El eco de unos pasos firmes y elegantes resonó en la plataforma de caucho exterior. Miré hacia la entrada de la pista.

​Maddie había llegado.

​Vestía completamente de negro, con una chaqueta deportiva ceñida y el cabello recogido en un moño perfecto, sin un solo mechón fuera de su lugar. Caminaba con la espalda tan recta que imponía respeto con solo verla. Llevaba una pequeña libreta bajo el brazo y sus ojos, agudos y analíticos, recorrieron la inmensidad de la pista privada antes de clavarse directamente en mí.

​Se detuvo justo al borde de la barandilla, apoyando las manos en la madera. No hubo abrazos, ni preguntas sobre cómo estaba, ni una sola mención al tráiler o a la recaída de mi madre. Maddie siempre había sido una profesional fría, y justo por eso la había buscado.




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