La extenuante práctica con Maddie terminó tarde, dejándome el cuerpo adolorido y la mente exhausta tras el violento enfrentamiento con mi padre. Una vez que mi tía se marchó con su usual rigidez, me quité los patines, me puse las botas de invierno y caminé con paso pesado hacia el edificio principal. Sabía que tenía que enfrentar las consecuencias de lo que había pasado en el vestíbulo.
Subí las escaleras de mármol y entré a la oficina de Maximilian sin tocar. Él estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el jardín en penumbras, pero se giró en cuanto escuchó mis pasos.
—Entiendo perfectamente si ya no quieres prestarme la pista, Gauthier —le solté de inmediato, cruzándome de brazos y manteniéndome cerca de la puerta—. Después del espectáculo que armamos mi tía y yo con tu flamante socio, estás en todo tu derecho de cancelarlo.
Maximilian exhaló un suspiro largo y caminó lentamente hacia su escritorio, pero no se sentó. Me miró con una seriedad profunda, desprovista de la frialdad corporativa de siempre.
—No te mandé a llamar por eso, Élodie —dijo, con esa voz grave y pausada—. La pista sigue siendo tuya las dos horas acordadas. Te llamé porque quiero ayudarte. Lo que escuché hoy... lo que dijiste sobre tu madre y sobre Bruce...
—¿Me vas a decir que vas a dejar de hacer negocios con Bruce? —lo interrumpí, dando un paso hacia el frente, con una chispa de esperanza y desesperación brillando en mis ojos.
Maximilian desvió la mirada por un breve segundo y apretó los labios antes de volver a encararme.
—No puedo hacer eso, Élodie. No es tan simple. Tenemos un contrato multimillonario firmado y ratificado por los abogados de Industrias Gauthier. Cancelarlo ahora mismo implicaría pérdidas masivas y problemas legales que no puedo asumir a la ligera.
Al escuchar sus palabras, sentí que las pocas fuerzas que me quedaban en las piernas se esfumaban por completo. Me desplomé en la silla de cuero frente a su escritorio, dejando caer los hombros, completamente agotada por la tormenta del día.
—Bruce no te conviene, Maximilian —le dije, mirándolo desde abajo con una voz que ya no tenía rabia, sino una profunda advertencia—. Si las cosas salen mal en ese proyecto, te va a dejar colgado sin pensarlo dos veces. Solo quiero evitarte una tragedia. Es un experto en lavarse las manos y salvar su propio pellejo. ¿Es que acaso no has visto las páginas financieras? ¿No has investigado los antecedentes donde Bruce abandona proyectos enteros en cuanto ve la primera complicación?
Maximilian rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde de la madera, quedando muy cerca de mí. Su expresión se suavizó, y por primera vez noté una genuina preocupación en sus ojos azules.
—Sí, Élodie. He visto las páginas, conozco su historial y sé perfectamente con qué clase de hombre estoy tratando —respondió en voz baja, inclinándose un poco hacia mí—. No soy un ingenuo en el mundo de los negocios. Tengo todo fríamente calculado y cubierto. Solo... confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.
Lo miré fijamente durante unos largos segundos, buscando alguna grieta en su seguridad, pero Maximilian se mantuvo firme como una roca. Solté un amargo suspiro, entendiendo que no importaba lo que yo dijera, el mundo del dinero se movía bajo sus propias reglas.
Me puse en pie con dificultad, sintiendo el peso del tráiler, de mi madre y de mi propio cuerpo protestando por el cansancio. Recogí mi bolso con los patines, me lo colgué al hombro y caminé hacia la salida sin volver a mirarlo.
—Buenas noches, Maximilian —susurré antes de cruzar el umbral y desaparecer en el silencioso pasillo de la mansión.
Y así fue como se nos pasaron volando dos meses enteros. Estábamos a tan solo un mes de las competencias de Fleur, lo que significaba que el ritmo de trabajo se había vuelto una verdadera tortura, pero de la buena. Tanto la pequeña como yo nos estábamos exigiendo hasta el límite sobre el hielo, puliendo cada maldito detalle de su rutina preinfantil.
Sin embargo, mientras el éxito crecía en la pista, mi vida en el tráiler iba de mal en peor. Cada vez que salía a trabajar o a mis extenuantes entrenamientos nocturnos con Maddie, no tenía más opción que dejar a mi madre trancada. Era la única forma de evitar que escapara a los callejones a consumir como lo hacía la última vez que la policía tuvo que ayudarme a levantarla del lodo. Pero el aislamiento solo alimentaba la furia de su síndrome de abstinencia. Al regresar al tráiler, Sarah me recibía a golpes, descargando toda su frustración física y mental sobre mí. Yo ya acumulaba tantos moretones y marcas oscuras en los brazos y las piernas que ni las mallas térmicas de patinaje lograban ocultar el desastre de cuerpo que cargaba.
Aquel día, me encontraba en el camerino privado de la pista Gauthier, aprovechando un breve descanso para probarme el vestuario que usaría en mi propio regreso a las competencias profesionales. Con cuidado, me bajé el cierre del traje de lycra, dejando mi espalda y mis hombros al descubierto frente al gran espejo iluminado. Quería revisar en el reflejo el alcance de los nuevos golpes que mi madre me había dado esa misma mañana antes de salir. Tenía la piel amoratada, marcas verdosas y rojas que daban fe del infierno en el que me estaba hundiendo por intentar salvarla.
En ese momento, la puerta del vestidor se abrió de golpe sin previo aviso. Me tensé de inmediato. Era Maximilian.
Él entró con un par de papeles en la mano, probablemente más documentos sobre el calendario de Fleur, pero se detuvo en seco en mitad de la habitación. Al fijar la vista en el espejo y ver mi reflejo, los documentos resbalaron de sus dedos, cayendo desatendidos sobre la mesa. Su rostro, siempre tan controlado y frío, se desencajó por completo. Sus ojos azules se abrieron con una mezcla de horror puro y una creciente alarma que no pudo disimular.
—¿Qué demonios es esto, Élodie? —su voz resonó profunda, vibrando con una furia contenida mientras se acercaba a mí a pasos rápidos y pesados—. Tienes la espalda y los brazos cubiertos de marcas. ¿Quién te hizo esto? ¿Fue tu padre? ¡Dime quién carajos fue!