Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. No iba a dejar que se saliera con la suya. No esta vez. Me subí el cierre del traje de competencia por completo, me colgué la chaqueta deportiva y salí del camerino hecha una furia. Mis pasos rápidos resonaban con eco en el pasillo mientras lo perseguía, divisando su imponente figura unos metros más adelante.
—¡No te atrevas a darme la espalda, Maximilian! —le grité, acelerando el paso detrás de él—. ¡Exijo que me mires a la cara y dejes de huir como un maldito cobarde!
Él ni siquiera se inmutó. Siguió caminando a paso firme, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, ignorando mis palabras como si fuera una simple ráfaga de viento. Subió las escaleras principales de la mansión con una elegancia exasperante, mientras yo lo seguía un escalón por detrás, soltándole cada uno de los reclamos que se me habían quedado atorados en el pecho durante estos dos meses.
—¡Pasé meses postrada en una cama pensando qué había hecho mal! —le reclamé, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta—. ¡Pensando por qué el hombre que decía que me amaba ni siquiera se presentó a ver si seguía respirando! ¿Y ahora pretendes que actúe como si nada pasara? ¿Que solo acepte tus órdenes y tus miradas de lástima?
Nada. Ni una palabra, ni un giro de cabeza. Su silencio me estaba volviendo loca. Cruzamos el pasillo del ala principal, un espacio enorme decorado con obras de arte que en ese momento me parecieron asfixiantes. Yo seguía parloteando, descargando toda la frustración, el dolor y el resentimiento acumulados, recordándole cada noche de insomnio en mi apartamento gris y cada golpe que ahora tenía que aguantar en el tráiler por culpa de la vida que me quedó tras su abandono.
—¡Contéstame, Maximilian! ¡Dime algo! ¡Miente si quieres, pero no te quedes callado! —le espeté, casi sin aire en los pulmones.
Llegamos al final del pasillo del segundo piso. Maximilian se detuvo en seco frente a una imponente doble puerta de madera oscura: la entrada a su habitación privada, un lugar al que jamás había entrado desde que regresé.
Sacó una mano del bolsillo, giró el picaporte y empujó la puerta. Entró de golpe y, justo cuando intentó cerrarla en mi cara para dejarme afuera, planté firmemente mi bota contra la madera, impidiendo que la sellara, obligándolo a mirarme de una vez por todas.
Empujé la madera con todas las fuerzas que me quedaban, obligándolo a retroceder, y entré a su habitación sin pedir permiso.
El espacio era exactamente como él: imponente, pulcro y sumamente frío. Predominaban los tonos grises y oscuros, con una enorme cama hecha a la perfección y un gran ventanal que mostraba los jardines iluminados de la mansión. Pero no me detuve a mirar la decoración. Cerré la puerta detrás de mí de un azote y caminé directo hacia él, acortando la distancia hasta quedar a un solo paso de su pecho.
—Ya no estamos en el pasillo, Maximilian. Ya no hay empleados cerca, ni está Fleur. Estamos tú y yo —le espeté, sosteniéndole la mirada con los ojos encendidos en rabia—. Mírame a la cara y dime de una vez por todas qué fue lo que pasó.
Por primera vez desde que había regresado a su vida, vi a Maximilian Gauthier completamente desarmado. El hombre frío, calculador, el empresario que siempre tenía una respuesta perfecta para cada junta de negocios y una estrategia para cada problema, simplemente no sabía qué hacer.
Se quedó estático, mirándome con una mezcla de desconcierto, impotencia y una profunda culpa que intentaba enmascarar detrás de sus ojos azules. Dio un medio paso hacia atrás, como si mi cercanía física lo perturbara más que mis propios gritos, pero se topó con el borde de su pesado escritorio de madera. Estaba acorralado. Sus manos, que antes se ocultaban en los bolsillos, se levantaron a medias en un gesto inconsciente de querer frenarme, pero las volvió a bajar, apretando los puños con frustración.
Pasó la lengua por sus labios secos y abrió la boca para hablar, pero no le salió ningún sonido. Su mirada bajó por un segundo hacia las marcas que mis mallas no alcanzaban a cubrir del todo en mis muñecas, y luego regresó a mis ojos. Estaba atrapado entre el secreto que tanto se esmeraba en proteger y el dolor evidente que me estaba causando su silencio.
—Élodie... —pronunció finalmente, con una voz que perdió toda su firmeza, sonando pastosa, casi rota.
—¿Qué? ¿Vas a volver a decirme que no es el momento? —lo acorralé, dándole un golpe seco en el pecho con mi mano—. ¡Mírame! ¡Estoy viviendo en un maldito tráiler, aguantando golpes todos los días, rompiéndome la espalda en el hielo para recuperar mi vida, y la única persona que sabe exactamente por qué caí al fondo del abismo se niega a hablarme! ¡No te atrevas a callarte otra vez!
Me sostuve firme frente a él, respirando con dificultad, esperando otra de sus respuestas corporativas. Pero Maximilian no se movió. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, deshaciendo el peinado perfecto que siempre llevaba, y soltó un suspiro ruidoso que pareció arrancarle el alma.
—¿Quieres saber por qué no fui al hospital, Élodie? —soltó de golpe, y su voz sonó tan oscura y cargada de dolor que me dio un vuelco el corazón. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia que él mismo había puesto, obligándome a mirar la intensidad de sus ojos azules—. No fui porque no me dejaron entrar. Tu padre se encargó de ponerme una orden de restricción el mismo día de tu cirugía. Me amenazó con hundir a mi familia y quitarte los mejores médicos para tu rehabilitación si yo me acercaba a ti.
Me quedé helada, con las palabras congeladas en la garganta. ¿Bruce había hecho eso?
—¿Por qué Bruce haría algo así? —logré articular, sintiendo cómo la confusión se mezclaba con la rabia—. Eso no tiene sentido, Maximilian. A mi padre nunca le importé tanto como para armar ese teatro.
Maximilian apretó los dientes, y vi cómo sus puños se tensaban a los costados de su cuerpo. La culpa en su mirada era tan real que casi podía tocarla, pero justo cuando estuvo a punto de soltar el verdadero motivo, la máscara de frialdad volvió a cerrarse sobre su rostro. Dio un paso atrás, apartando los ojos de mí.