Dos semanas pasaron como un suspiro helado, y la presión se volvió tan densa que casi se podía cortar con el filo de mis cuchillas. Estábamos a tan solo una semana de que empezaran las clasificatorias nacionales. Para Fleur, a sus cortos ocho años, esto era el debut de su vida, su primera competencia oficial en la categoría Infantil B. Para mí, esto era mucho más que una simple competencia: era mi regreso oficial a la categoría Senior Profesional de la Liga Nacional de Patinaje Artístico. Era el momento de demostrarle a la federación, a los jueces que me dieron por muerta y a mí misma, que la "Reina del Hielo" no se había destruido en esa camilla de hospital.
El ambiente en el tráiler, sin embargo, se encargaba de recordarme mi cruda realidad cada noche. Mi madre estaba cada vez más violenta por el encierro; los golpes regresaban con más fuerza y yo tenía que maquillarme religiosamente los brazos antes de ponerme el traje para que nadie en la mansión Gauthier notara el calvario que vivía fuera de la pista. Pero no iba a dejar que eso me detuviera. El dolor físico no era nada comparado con el hambre de gloria que sentía.
Aquel día, el penúltimo entrenamiento fuerte antes del viaje, la pista privada de los Gauthier se sentía como una olla a presión. Fleur estaba en el centro del hielo, repitiendo su secuencia de pasos. Podía ver el sutil temblor en sus manos; los nervios de ser su primera vez la estaban traicionando.
—¡Detente ahí, Fleur! —le grité desde la barandilla, usando el tono firme pero seguro que Maddie siempre usaba conmigo—. Ven aquí un segundo.
La pequeña patinó hacia mí con los hombros caídos y los ojos muy abiertos, reflejando el pánico de una niña de ocho años que sabe lo que se juega.
—No me sale el Loop, Élodie... —me dijo con la voz pequeñita, al borde de las lágrimas—. Me tiemblan mucho las piernas. ¿Y si me caigo frente a todos los jueces la próxima semana? ¿Y si mi papá se decepciona de mí?
Me agaché para quedar a su altura, tomándola suavemente de los hombros. De reojo, vi que Maximilian acababa de entrar al complejo y se había quedado estático cerca de las gradas, observándonos en silencio con esa mirada intensa que mantenía desde nuestra pelea en su habitación. No le presté atención; en ese momento, Fleur era lo único que importaba.
—Escúchame bien, Fleur Gauthier —le dije, obligándola a mirarme a los ojos—. Es tu primera competencia, es completamente normal que sientas que el estómago se te revuelve. Yo he ganado campeonatos importantes y te juro que sigo sintiendo ese miedo antes de entrar al hielo. El secreto no es no tener miedo, el secreto es usar ese miedo para impulsarte en el despegue. Tu papá no se va a decepcionar de ti, porque ha visto cómo te has partido el lomo estos meses. Ahora, entra ahí, olvídate de los jueces, olvídate de tu papá y olvídate de mí. Patina porque te hace feliz.
La niña parpadeó, tragándose las lágrimas, y asentenció con determinación. Dio media vuelta y regresó al centro de la pista con una postura mucho más rígida y segura.
Salí del hielo para ir a los vestidores a prepararme, ya que en cuanto Fleur terminara, Maddie llegaría para mi propio entrenamiento de nivel Senior. Al cruzar el pasillo, Maximilian me interceptó, dándole un paso al frente para cerrarme el camino. Sus ojos azules recorrían mi rostro, buscando una tregua que yo no estaba dispuesta a darle tras su última confesión a medias.
—Estuviste excelente con ella, Élodie —dijo en voz baja, con una sinceridad que casi me pareció dolorosa—. Gracias por protegerla de esa manera.
—Cumplo con mi trabajo, Gauthier —le respondí con voz gélida, sosteniendo la correa de mi bolso con fuerza—. Yo sé perfectamente lo que se siente tener la presión de un padre encima en tu primera competencia. No voy a dejar que Fleur pase por lo mismo.
Maximilian apretó los labios, dando un paso más hacia mí, rompiendo mi espacio personal. Su mirada bajó por un segundo hacia el cuello de mi sudadera, intentando adivinar si había nuevos moretones debajo de la tela.
—Sé que sigues enojada por lo que te dije en mi recámara —susurró, y su tono de voz volvió a ser ese ruego ahogado—. Pero las clasificatorias nacionales ya están aquí. Necesito que tu mente esté en el hielo, Beaumont. Tu regreso tiene que ser perfecto. No dejes que el pasado te sabotee ahora que estás tan cerca.
—El pasado me sabotea cada vez que te veo a la cara, Maximilian —le solté en un susurro cargado de veneno, clavándole los ojos antes de esquivarlo—. Pero no te preocupes. Cuando entre a ese hielo en las clasificatorias, voy a patinar con tanta rabia que los jueces no van a tener más opción que darme el primer lugar. Hazte a un lado.
Lo dejé parado en mitad del pasillo, tragándose sus palabras, mientras yo me encerraba en el vestidor, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. La cuenta regresiva había comenzado y el hielo nos esperaba a ambas para el juicio final.
Cuando terminé de cambiarme en el vestidor, me quedé mirando fijamente el reflejo en el espejo. Las mallas negras y el suéter deportivo me cubrían hasta el cuello, pero yo sabía perfectamente lo que ocultaba debajo. Sentía los músculos tensos, cargados de la adrenalina del enfrentamiento con Maximilian y de los nervios acumulados por el gran regreso.
Ajusté las agujetas de mis patines con fuerza, sintiendo el crujido del cuero, y salí dispuesta a comerme la pista.
Al regresar a la barandilla, Fleur ya estaba terminando su rutina con una sonrisa de oreja a oreja. Había clavado el Loop. Verla patinar con esa pureza me dio una punzada de nostalgia; yo solía ser así antes de que el mundo de la élite y la ambición de mi padre me corrompieran.
—¡Estuviste increíble, pequeña! —le grité cuando se acercó a la valla, chocando su pequeña mano enguantada con la mía.
—¡Tenías razón, Élodie! No pensé en los jueces, solo pensé en lo divertido que era —dijo jadeando, con las mejillas encendidas por el frío.