El Reflejo Del Cristal

12

CAPÍTULO Largo ⚠️

El frío del consultorio me calaba los huesos, pero el dolor en mi espalda era un incendio que ninguna mallas térmica podía contener. Estaba sentada en la camilla de metal, con las manos apoyadas en el borde, mirando fijamente al doctor Evans. Él revisaba mis radiografías con una mueca de desaprobación que ya me conocía de memoria.

​—Necesito que las punzadas desaparezcan, doctor —le solté, directa y sin anestesia, mientras me bajaba la sudadera—. Solo una semana. Solo necesito que mi espalda no me falle mientras esté en el hielo para las clasificatorias. Deme lo que sea.

​El médico soltó un suspiro pesado, dejó las hojas sobre el escritorio y se cruzó de brazos, mirándome con una mezcla de lástima y frustración.

​—No puedo recetarte nada más fuerte, Élodie. Ya estás en el límite de los analgésicos permitidos para atletas de alto rendimiento. Tu cuerpo está al borde del colapso por el impacto de los saltos y el maltrato físico que... bueno, que evidentemente tienes. Si te doy algo más potente, saltará en el control antidopaje, o peor, vas a terminar de destrozarte la columna sin sentirlo. No voy a arriesgar mi licencia.

​La desesperación me golpeó el pecho como un puño. Pensé en el tráiler, en los golpes de mi madre que me esperaban al volver, en la mirada de Maximilian controlando cada uno de mis movimientos y en la maldita lástima de mi padre. No podía fallar ahora. Si no ganaba esto, no tenía nada.

​Me bajé de la camilla de un salto, ignorando el pinchazo agudo en mi zona lumbar, y me acerqué a su escritorio. Me apoyé en la madera, inclinándome hacia él con los ojos inyectados en una súplica salvaje.

​—Se lo ruego —le dije en un susurro, con la voz quebrada pero firme—. Usted no entiende. Si siento un solo dolor más en la caída del Axel, voy a terminar en el suelo. Y si me caigo ahí, prefiero morirme. Busque una forma. Nadie tiene que enterarse. Por favor...

​El doctor Evans me miró fijamente. El silencio en el consultorio se volvió espeso, turbio. Escaneó mi rostro, el cansancio crónico en mis ojos y las marcas ocultas bajo mis mangas. Se acomodó las gafas, miró hacia la puerta asegurándose de que estuviera bien cerrada y abrió el cajón inferior de su escritorio.

​Sacó un frasco pequeño, blanco, sin ninguna etiqueta médica oficial. Lo puso sobre la mesa, pero mantuvo su mano encima, cubriéndolo.

​—Esto es bajo cuerda, Élodie. Si abres la boca, negaré haberte visto hoy —dijo con una voz extrañamente sombría y baja—. No es un analgésico tradicional. Son pastillas de uso psiquiátrico de alta potencia, diseñadas para pacientes bipolares en crisis extremas. Uno de sus efectos secundarios es que bloquean los receptores del sistema nervioso central; básicamente, adormecen el cuerpo y anulan cualquier estímulo de dolor físico o emocional de golpe. Te mantendrán anestesiada.

​Miré el frasco blanco. El libro de mi vida se estaba volviendo jodidamente oscuro, pero ya no me importaba cruzar ninguna línea.

​—¿El control antidopaje? —pregunté en un hilo de voz.

​—No buscan este compuesto en las pruebas estándar de patinaje —respondió él, deslizando el frasco hacia mí—. Pero ten cuidado. Te van a dejar fría, vacía. Y son altamente adictivas.

​Agarré el frasco con fuerza, escondiéndolo de inmediato en el bolsillo de mi chaqueta. Miré al doctor a los ojos, sellando nuestro pacto de silencio.

​—No voy a decir nada. Prometido —sentencié con una frialdad que me sorprendió a mí misma.

​Salí del consultorio sintiendo el peso de la química ilegal en mi bolsillo. Tenía mi boleto para no sentir nada en el hielo, sin importar el precio que tuviera que pagar después.

El olor a humedad, tabaco rancio y alcohol barato me golpeó la cara en cuanto puse un pie sobre el escalón de metal oxidado. El tráiler se sentía como una maldita tumba flotando en mitad de la noche, pero yo sabía perfectamente que el monstruo estaba despierto adentro.

​Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta deportiva y mis dedos rozaron el frasco blanco que me había dado el doctor Evans. Esas pastillas para bipolares eran mi único boleto de escape para lo que se venía, pero todavía no podía tomarlas; necesitaba mantener los reflejos activos para lo que había del otro lado de la puerta.

​Con cuidado, saqué la llave, la introduje en la cerradura y quité el candado con el que la dejaba trancada cada vez que me iba a la mansión Gauthier. En cuanto empujé la puerta de aluminio, el chirrido de las bisagras rompió el silencio de la noche.

​El interior estaba a oscuras, apenas iluminado por la titilante luz de una farola del estacionamiento de remolques que se filtraba por la ventana rota. Todo estaba hecho un caos: cojines destrozados en el suelo, botellas vacías rodando por la pequeña cocina y el olor a desesperación flotando en el aire.

​—¿Ya regresó la maldita reina del hielo? —la voz de mi madre llegó desde la penumbra, arrastrada, pastosa, pero cargada de un veneno puro.

​Sarah Walker emergió de la pequeña habitación del fondo. Su silueta delgada y encorvada se recortaba contra la luz. Tenía el cabello zanahoria completamente enredado, la ropa sucia y esos ojos inyectados en sangre que delataban que el síndrome de abstinencia la estaba devorando viva.

​—Te dejé comida en la mesa antes de irme, mamá —le dije, intentando mantener mi voz plana, sin mostrar el miedo ni el cansancio que me destrozaban por dentro. Di un paso hacia la cocina para dejar mi bolso de patines, manteniéndome alerta.

​—¡No quiero tu maldita comida de lástima! —rugió, y en un parpadeo, cruzó la corta distancia del tráiler con una velocidad salvaje, impulsada por la locura de la adicción.

​Antes de que pudiera reaccionar, me agarró fuertemente del brazo, justo donde ya tenía los moretones de la semana pasada, y me empujó contra la barra de la cocina. El impacto en mi espalda me sacó el aire, provocando que un latigazo de dolor agudo me recorriera toda la columna vertebral, haciéndome ver estrellas.




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