—Buen trabajo hoy. Mañana a la misma hora —concluyó Maddie, todavía mirándome de reojo mientras guardaba su cronómetro en la gabardina. Su asombro se había transformado en una cautela silenciosa, pero no hizo más preguntas. No le importaba el cómo, solo el resultado.
Salí del hielo arrastrando las fundas de los patines con ese paso flotante y ligero que la pastilla me regalaba. Ya ni siquiera registraba el esfuerzo físico. Mientras me dirigía al pasillo que conducía a los vestidores, escuché las zancadas rápidas y pesadas bajando las gradas. No tuve que girarme para saber quién era.
Maximilian me cortó el paso justo antes de que pudiera tocar el picaporte de la puerta de madera. Su impecable traje gris ahora se sentía como una armadura asfixiante dentro del pasillo cerrado. Tenía el rostro desencajado, la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas por la pura alarma.
—¿Qué fue eso, Élodie? —su voz bajó a un susurro rudo, vibrante de una furia contenida que amenazaba con estallar ahí mismo—. Ayer casi te quiebras en dos al caer de ese salto. Tenías la espalda molida a golpes por tu madre. ¿Y hoy entras ahí y patinas como si no tuvieras un maldito hueso en el cuerpo? ¡No parpadeaste ni una sola vez cuando tu cuchilla golpeó el hielo!
Lo miré fijamente, sosteniendo mi bolso de entrenamiento con una mano floja. Mi rostro seguía plano, liso, vacío.
—Hice mi trabajo, Maximilian. Deberías estar feliz, es lo que querías para tu pista y para el prestigio de tu apellido —le respondí, y mi propia voz me sonó lejana, como si viniera del fondo de un pozo congelado.
—¡No me hables con esa maldita voz de muerta! —rugió, dando un paso al frente y atrapándome entre su cuerpo y la puerta del vestidor. No me tocó, pero sus manos se apoyaron a ambos lados de la madera, acorralándome—. Crees que no me doy cuenta, pero te conozco. Sé cómo respiras cuando te duele, sé la rabia que brilla en tus ojos cuando me odias por mis silencios... y ahora no hay nada. Tus ojos están completamente vacíos, Beaumont. ¿Qué te tomaste? ¿Qué carajos hiciste para apagar el dolor de esa manera?
—Hice lo necesario para no fallar —sentencié con una tranquilidad que pareció clavarle un puñal directo en el orgullo—. Tú te aliaste con mi padre y me escondiste la verdad para "protegerme" según tú. Yo encontré mi propia forma de protegerme del dolor. Ahora quítate.
Maximilian se quedó congelado, con la mandíbula temblando, atrapado entre la desesperación de ver cómo me transformaba en una extraña robótica y la culpa de saber que sus propios secretos me habían empujado al abismo. Lentamente, bajó las manos de la pared, permitiéndome abrir la puerta.
Entré al vestidor sin mirarlo una última vez, cerrando el pestillo detrás de mí. Me apoyé contra el frío espejo, saqué el frasco blanco sin etiqueta de mi bolso y lo contemplé en silencio. El libro de mi vida se estaba volviendo jodidamente oscuro, pero mientras esa química ilegal me mantuviera de pie en el hielo, no me importaba perder la cordura en el proceso.
Me cambié de ropa con movimientos mecánicos, guardando el traje de competencia y mis patines en el bolso. Frente al espejo, me acomodé la capucha de la sudadera gris para taparme los lados de la cara. El efecto de la pastilla seguía en su punto más alto; no sentía cansancio, no sentía el peso de mis propios pasos, solo un zumbido sordo y constante en los oídos que mantenía el mundo exterior a una distancia segura.
Salí del vestidor y caminé por el pasillo. Maximilian ya no estaba ahí, pero podía sentir su sombra flotando en el aire. No me importó. Crucé las puertas de cristal de la mansión y caminé directamente hacia la parada del autobús. Tenía que hacer las compras antes de regresar al tráiler; la nevera estaba vacía y la fiera que tenía por madre iba a despertar con hambre y sed.
El supermercado de la zona baja de la ciudad era un lugar deprimente, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido molesto. La anestesia química en mi cuerpo hacía que todo pareciera una película borrosa. Caminé por los pasillos empujando un carrito con las ruedas torcidas, agarrando lo básico: sopas instantáneas, pan, un cartón de leche y un par de latas de comida barata.
Al pasar por el pasillo de los congeladores, vi mi reflejo en el cristal de una de las puertas. Me quedé estática unos segundos. Tenía las ojeras marcadas, el labio partido y las pupilas tan dilatadas que casi se tragaban el color verde de mis ojos. Parecía un cadáver andante, pero la verdad era que nunca me había sentido tan extrañamente en paz. Sin dolor, la vida era más fácil de llevar.
Llegué a la caja y arrojé las cosas sobre la cinta transportadora. La cajera, una mujer cansada con el cabello teñido, miró de reojo la herida de mi labio y luego mis ojos vacíos. Se tensó de inmediato, probablemente asumiendo que venía de alguna pelea callejera o que estaba bajo el efecto de algo pesado. No se equivocaba en lo segundo. Le pagué con los pocos billetes arrugados que me quedaban de mi último subsidio, agarré las bolsas de plástico y salí a la calle sin decir una sola palabra.
El camino de regreso al parque de remolques se tiñó con los colores del atardecer, un cielo grisáceo y frío que encajaba perfectamente con lo que llevaba dentro. Cuando mis tenis pisaron la grava sucia del callejón, el estómago se me contrajo levemente, el único rastro de instinto que la pastilla no había podido borrar por completo.
Me detuve frente al tráiler. El pesado candado de hierro seguía intacto, asegurando la puerta de aluminio desde fuera. Me acerqué y pegué el oído a la delgada pared de metal. Adentro no se escuchaba nada; un silencio sepulcral que podía significar dos cosas: o Sarah seguía durmiendo la borrachera, o estaba agazapada en la oscuridad, esperando a que yo abriera para atacarme.
Saqué las llaves del bolsillo, sintiendo el metal frío contra mis dedos entumecidos. Introduje la llave en el candado, lo abrí con un chasquido seco que resonó en todo el callejón, y empujé la puerta, lista para volver a encerrarme en mi propia pesadilla.