Maddie inclinó la cabeza hacia mí, con los ojos clavados en mi rostro, buscando ese destello de nerviosismo habitual en un regreso tan grande. Pero no encontró nada. Mi cara era una máscara de mármol.
—Es tu momento, Beaumont —me dijo en un susurro firme, dando un golpe seco a la madera de la valla—. Ve y recuérdales quién eres.
No respondí. Solo asentí con la cabeza, una sola vez, un movimiento rígido y mecánico. Salí al hielo sin dudar, sintiendo cómo las cuchillas cortaban la superficie pulida con una suavidad irreal.
A lo lejos, los altavoces de la gran arena resonaron, retumbando por todo el recinto mientras miles de miradas se posaban sobre mí:
—Representando a la Liga Senior Profesional... Élodie Beaumont.
El murmullo del público se apagó de golpe, dando paso a un silencio sepulcral.
Patiné directo hacia el centro de la pista, sintiendo la anestesia química corriendo a toda velocidad por mis venas. No sentía el frío, no sentía el peso del estadio, no sentía el impacto de los golpes de Sarah ni la mirada aterrorizada de Maximilian desde las gradas preferenciales. La doble dosis de las pastillas para bipolares había hecho su trabajo a la perfección: el dolor en mi espalda no existía. Mi mente estaba completamente en blanco.
Me coloqué en la pose inicial, con el cuerpo erguido y los brazos extendidos en el aire. La melodía dramática comenzó a sonar por los altavoces. Se acabaron los ensayos, se acabaron los secretos. Ya estaba en el hielo, convertida en una máquina perfecta y vacía, lista para ejecutar la rutina de mi vida.
Las luces de los reflectores eran destellos gigantescos que rebotaban en el hielo, pero para mí no eran más que sombras borrosas. La doble dosis de las pastillas para bipolares que me había tragado en el baño estaba en su pico máximo. El zumbido en mis oídos ahogaba el murmullo de las miles de personas presentes en las gradas. No había dolor en mi zona lumbar, no había angustia en mi pecho, ni siquiera sentía el frío gélido que emanaba del piso. Era una carcasa de porcelana, una máquina perfecta e insensible lista para ejecutar una orden.
De pronto, la primera nota de violín rasgó el silencio sepulcral de la arena, profunda y melancólica.
Deslicé la cuchilla derecha, dando un impulso largo y fluido hacia atrás. Mi cuerpo comenzó a moverse por pura memoria muscular, impulsado por una velocidad que no parecía humana. Me abrí paso en la pista con cruces rápidos, el filo del metal cortando el hielo rítmicamente. El público contuvo la respiración; sabían lo que venía en los primeros treinta segundos del programa corto.
Alineé mis hombros con la esquina de la pista. Incliné el torso, flexioné la rodilla y despegué.
El Axel triple.
Sentí el aire envolverme mientras giraba tres veces y media en el espacio. El tiempo pareció detenerse. En condiciones normales, el pánico a la caída me habría encogido los músculos, pero la química ilegal en mis venas había borrado cualquier rastro de miedo. Aterricé sobre la pierna derecha con una limpieza absoluta, la cuchilla dibujando una curva perfecta sobre la superficie sin un solo temblor. Ni un latigazo en la columna, ni un rasguño de dolor en los nervios de mi espalda.
Desde la valla de jueces, escuché el suspiro colectivo de la multitud. La "Reina del Hielo" había vuelto.
Pasé de inmediato a la secuencia de pasos en línea recta. Los violines en los altavoces aceleraron su ritmo, volviéndose dramáticos, violentos. Mi coreografía acompañaba cada nota: cambios de filo imposibles, giros twizzles ejecutados a una velocidad endiablada y extensiones de pierna que desafiaban la flexibilidad de mi cuerpo recientemente rehabilitado. Mientras cruzaba el centro de la pista, mi mirada se cruzó por una fracción de segundo con las gradas VIP.
Ahí estaba Maximilian.
Apreté los labios mientras encadenaba una pirueta Layback, inclinando la cabeza completamente hacia atrás mientras giraba sobre mi propio eje. Incluso con la vista nublada por la velocidad, pude ver la figura de Gauthier de pie, aferrado a la barandilla de metal con los nudillos blancos. En su rostro no había orgullo; había un pánico aterrador. Él conocía el verdadero estado de mi cuerpo, sabía que la noche anterior apenas podía caminar por los golpes de mi madre, y verme ahí, ejecutando giros de nivel olímpico sin mostrar una sola mueca de esfuerzo, le estaba confirmando su peor pesadilla.
Salí del giro con una elegancia impecable y encaré la última combinación del programa: un Loop doble conectado con un Salchow triple. Flexioné, me elevé y caí. Una. Dos veces. Impacto perfecto. Las cuchillas cantaron sobre el hielo mientras el clímax de la música trepaba hacia su nota final.
Aceleré hacia el centro, realizando una secuencia de piruetas combinadas con cambio de pie. El viento me azotaba el rostro, la falda de mi traje flotaba como una nube oscura a mi alrededor y mi corazón latía con la fuerza de un motor, aunque mi mente permanecía en un estado de calma absoluta, anestesiada y flotante.
Con el último acorde de piano resonando en los altavoces, dejé caer una rodilla al hielo y alcé el brazo derecho, deteniendo todo movimiento en seco.
El estadio explotó.
Un rugido masivo de aplausos y vitores descendió desde las tribunas. La gente comenzó a ponerse de pie, impactada por la ejecución técnica e impecable de un regreso que muchos creían imposible. Pequeños peluches y ramos de flores comenzaron a llover sobre la pista, cayendo alrededor de mí.
Sin embargo, en mi rostro no se dibujó ninguna sonrisa. No había euforia, no había lágrimas de emoción. Mi pecho subía y bajaba violentamente buscando aire, pero mis ojos verdes permanecían fijos, vacíos, desprovistos de cualquier chispa de vida. Me puse de pie despacio, hice una inclinación rígida y formal hacia los jueces, y comencé a patinar hacia la salida sin levantar los brazos hacia el público.