El Reflejo Del Cristal

15

Caminé en silencio por el pasillo del complejo hasta los vestidores para quitarme el traje de competencia y ponerme la ropa de calle. Maddie me siguió a un par de pasos de distancia, manteniéndose cerca, observándome con una mezcla de orgullo profesional y un recelo que no lograba disimular. La frialdad con la que había recibido el puntaje perfecto la tenía visiblemente desconcertada.

​—Te llevo a tu casa, Élodie —dijo Maddie con firmeza mientras yo me amarraba las agujetas de las botas—. Ya es tarde y mañana temprano hay que revisar la logística para la ronda de Fleur. No voy a dejar que andes sola a estas horas.

​No protesté. La química en mi sangre me mantenía tan distante que discutir me parecía un esfuerzo innecesario.

​El trayecto en el auto de Maddie fue un desierto de palabras. El motor rugía suavemente mientras la ciudad se deformaba a través del cristal. A medida que el vehículo se adentraba en la zona baja, el paisaje limpio de la ciudad dio paso a los terrenos baldíos y a las luces parpadeantes del parque de remolques. Maddie redujo la velocidad, mirando por la ventana con el ceño fruncido, desaprobando en silencio el lugar donde vivía su patinadora estrella.

​Estacionó cerca de la grava sucia. Al bajar del auto, el aire frío de la noche me golpeó la cara. Maddie bajó detrás de mí, ajustándose la gabardina negra mientras me seguía hasta la entrada de mi vivienda.

​Al llegar a la puerta de aluminio del tráiler, Maddie se detuvo en seco. Sus ojos de halcón se clavaron en la escena: el pesado candado de hierro y la gruesa cadena oxidada que trancaba la puerta desde el exterior.

​—¿Qué demonios es esto, Beaumont? —preguntó Maddie, apuntando hacia el metal con la voz cargada de un asombro indignado—. ¿Por qué carajos tienes la puerta encadenada por fuera?

​Sacé las llaves del bolsillo de mi chaqueta con una parsimonia espeluznante.

​—Es para que mi madre no salga a meterle a los vicios, Maddie —le respondí, sin un solo matiz de vergüenza o emoción en la voz, como si le estuviera hablando del clima—. Si no la encadeno, vende lo que encuentra y termina muerta en un callejón.

​Maddie se quedó helada, tragando saliva. La mujer implacable y dura que no le perdonaba un solo fallo a sus atletas parecía no saber cómo reaccionar ante la crudeza de mi realidad.

​Introduje la llave, giré el candado con un chasquido seco y retiré la cadena, haciendo que el metal resonara contra el aluminio. Agarré el picaporte y miré a Maddie de reojo, manteniéndola a distancia.

​—Entra después de mí —le dije en voz baja, con una tranquilidad robótica—. Dame un segundo.

​Empujé la puerta y di el primer paso hacia el interior del tráiler.

​El lugar olió de inmediato a alcohol barato y sudor rancio. Pero no tuve tiempo de adaptarme a la penumbra: Sarah no estaba dormida. Estaba agazapada junto a la pequeña barra de la cocina, con los ojos fuera de sus órbitas, completamente desencajada por el encierro y el síndrome de abstinencia.

​—¡Maldita perra! ¡Me dejaste encerrada otra vez! —rugió Sarah con una voz aguda y animal.

​Antes de que pudiera reaccionar, mi madre agarró una botella de vidrio vacía que estaba sobre la mesa y me la arrojó con una furia ciega a la cabeza. La botella pasó volando a centímetros de mi rostro y se estrelló contra el marco de la puerta justo detrás de mí, explotando en mil pedazos. Un filo de vidrio me rozó la mejilla izquierda, abriendo un corte limpio del que comenzó a brotar un hilo de sangre caliente.

​No me inmute. No bajé la cabeza, no grité, ni siquiera parpadeé por el impacto de los cristales rotos. La doble dosis de pastillas mantenía mi dolor físico y mi miedo completamente apagados. Me limpié el hilo de sangre de la mejilla con el dorso de la mano, mirando a Sarah con una frialdad destructiva que la hizo retroceder un paso, jadeando por la impresión de mi falta de respuesta.

​Me giré despacio hacia la puerta abierta, donde Maddie estaba parada en el escalón exterior, paralizada, con la cara pálida y la boca abierta por el horror de la escena que acababa de presenciar.

​—Ya puedes pasar, Maddie —le dije con la misma voz serena y vacía, limpiando la sangre de mis dedos en el pantalón.

Maddie dio un paso vacilante hacia el interior del tráiler, el crujido de los cristales bajo la suela de sus botas resonando en el reducido espacio. Tenía el rostro completamente pálido y la mirada desorbitada, pasando de la sangre que bajaba por mi mejilla al desastre de la estancia.

​Sin decir una sola palabra y con esa calma aterradora que me dominaba las venas, caminé hacia el pequeño rincón de la cocina a buscar la escoba y el recogedor. Me agaché a limpiar los vidrios rotos con movimientos precisos y metódicos, como si estuviera recogiendo los peluches que me habían tirado en el hielo minutos atrás. El filo del corte en mi rostro empezaba a latir, pero la anestesia química de las pastillas ahogaba cualquier punzada real.

​Mientras barría los cristales, Sarah no me quitaba los ojos de encima, pero en cuanto notó la presencia de la mujer que estaba parada junto a la puerta, su postura cambió. Se enderezó despacio, arrastrando los pies. Sus ojos inyectados en sangre y enmarcados por ojeras oscuras se clavaron en Maddie, escaneándola de arriba abajo con la fijación de una hiena al acecho que reconoce a su presa... o a su enemiga. Tenía seis años enteros sin ver a su hermana. Seis años en los que la vida las había arrastrado por caminos violentamente opuestos: una convertida en una entrenadora de élite impecable y la otra consumida por la adicción y la miseria en un remolque oxidado.

​—Vaya, vaya... —murmuró Sarah, con una sonrisa torcida y llena de veneno en los labios partidos—. Miren a quién trajo el viento. La gran Maddie Walker se digna a pisar el chiquero.

​Maddie no respondió. Se quedó petrificada, apretando su libreta contra el pecho como si fuera un escudo, mirando a la mujer demacrada que tenía enfrente como si no pudiera reconocer en ella a la hermana con la que alguna vez compartió su vida.




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