El volumen de los gritos dentro de la pequeña caja de aluminio comenzó a subir de tono, rebotando en las paredes de chapa como si fuera una tormenta a punto de hacer colapsar el techo. La vena del cuello de Maddie estaba a punto de reventar, mientras que Sarah, en medio de su frenesí por la abstinencia, agitaba los brazos en el aire con una desesperación salvaje.
—¡A mí no me gritas en mi propia casa! —bramó Sarah, dando un manotazo violento sobre la mesa floja de la cocina, haciendo temblar los platos sucios—. ¡Tú no tienes ningún derecho sobre esta niña! ¿Dónde estabas cuando nos echaban de los departamentos? ¿Dónde estabas cuando no había un maldito plato de comida en la mesa? ¡En tus torneos de mierda, Maddie! ¡Llenándote los bolsillos a costa de niñas con dinero!
—¡Estaba intentando no destruirme la vida como lo hiciste tú! —le devolvió el grito Maddie, con los ojos fuera de sus órbitas, señalándola fijamente con el índice—. ¡Te ofrecí ayuda mil veces! Te busqué clínicas, te busqué dinero, y lo único que hiciste fue escupirme en la cara y robarte hasta el último centavo para meterte veneno en las venas. ¡Mírate, Sarah! ¡Estás podrida por dentro y estás arrastrando a Élodie contigo!
—¡Cállate! ¡Cállate la maldita boca! —chilló Sarah, agarrándose el cabello zanahoria con ambas manos, jalándoselo por la pura frustración—. ¡Ella no se va a ir a ningún lado! ¡Es mi hija! Si intenta dejarme, la destruyo. Escúchame bien, Maddie, ¡la destruyo antes de verla triunfar contigo!
Di otro sorbo pausado al jugo de naranja. El sabor cítrico bañó mi lengua mientras observaba la vena pulsante en la frente de mi madre. La violencia de sus palabras solía encogerme el corazón, solía hacerme temblar las rodillas y provocarme ganas de salir corriendo. Pero esta noche no. Las dos pastillas que llevaba en el organismo mantenían mis emociones anestesiadas en un fondo oscuro y plano. Las miraba como si fueran dos actrices en una obra teatral mediocre cuyo guion ya me sabía de memoria.
Maddie, al notar mi completa indiferencia, volteó a verme. Su rostro pasó de la furia ciega a un espanto absoluto al encontrarme recostada de la barra, tomando jugo serenamente mientras la sangre de mi mejilla goteaba en el cuello de mi sudadera.
—¡Élodie, por Dios! —gritó Maddie, dejando a Sarah con la palabra en la boca y caminando rápidamente hacia mí—. ¡Te estás desangrando en la cara! ¿Cómo puedes estar ahí parada como si no estuviera pasando nada? ¡Esta loca te acaba de cortar con una botella!
Sarah soltó una risa seca, desquiciada, apoyándose de nuevo en la mesa.
—Déjala, Maddie —se burló Sarah, entornando los ojos rojos—. ¿No la ves? Es una maldita estatua de piedra. No siente nada. Ni por ti, ni por mí, ni por nadie. Tu patinadora estrella está muerta por dentro.
Maddie la ignoró por completo, aunque por dentro la duda la estaba devorando. Agarró un trapo limpio que estaba colgado cerca del fregadero, lo mojó rápidamente en el grifo y se acercó a mí para presionarlo contra el corte de mi mejilla.
Cuando la tela húmeda y fría tocó la herida abierta, ni siquiera parpadeé. No hubo una sola mueca de dolor en mis labios, ni un sobresalto en mi espalda. Solo me quedé mirándola fijamente a los ojos, con el vaso de plástico sostenido en la mano derecha.
—No es necesario, Maddie —dije con una calma helada, quitando suavemente su mano con el trapo de mi cara—. No me duele.
Maddie dio un paso hacia atrás, dejando caer los brazos al costado del cuerpo. El terror en sus ojos era idéntico al que le había visto a Maximilian en los pasillos de la arena. Ambas mujeres se quedaron en absoluto silencio por primera vez en toda la noche, mirándome como si frente a ellas no estuviera Élodie, sino un fantasma vistiendo su piel.
—Te vas de aquí —sentenció Maddie en un murmullo firme, intentando recuperar el control mientras miraba a su hermana—. No me importa lo que digas, Sarah. Esta niña no se queda una noche más en este infierno. Mañana mismo hablo con la federación y con Gauthier.
—¡Inténtalo y las hundo a las dos! —amenazó Sarah en un gruñido bajo, amenazante.
—Puedes hacer lo que quieras —le respondí yo, dando el último sorbo a mi vaso y dejándolo sobre la barra con un chasquido seco—. Pero esta noche no voy a ningún lado. Estoy cansada. Si van a seguir gritando, háganlo afuera. Mañana tengo entrenamiento a primera hora.
Maddie apretó el trapo mojado entre sus manos, mirándome con una mezcla de horror e impotencia. Mi falta absoluta de reacción ante el corte en la cara y el dolor parecía asustarla más que los mismos gritos frenéticos de Sarah.
—Estás loca, Élodie... —susurró Maddie, dando un paso atrás, negando lentamente con la cabeza—. Estás completamente desconectada. No puedes quedarte aquí.
—Ella no se va a ningún lado con una intrusa como tú —escupió Sarah desde la cocina, tambaleándose mientras se servía más vodka directamente de una botella a medio llenar que tenía escondida bajo el fregadero—. Mañana me va a conseguir dinero para la renta, o juro por Dios que vendo sus malditos patines de competencia.
Maddie apretó la mandíbula, pero al ver que yo ni siquiera pestañeaba ante la amenaza de mi madre, entendió que no había forma de hacerme reaccionar esa noche. La doble dosis seguía actuando como un escudo invisible.
—Hablamos mañana en la pista, Beaumont —dijo Maddie, mirándome fijamente a los ojos por última vez antes de dar media vuelta—. Y ponte algo en esa herida. Si la cara se te infecta, no vas a poder salir a la luz en la siguiente ronda.
Escuché sus pasos rápidos salir del remolque, seguidos por el sonido de la puerta de aluminio al cerrarse y el rugido del motor de su auto alejándose por la grava del parque.
Me quedé sola con Sarah. La penumbra volvió a adueñarse de la pequeña estancia. Mi madre me miró de reojo, dio un gran trago a su botella y se dejó caer de nuevo sobre el sillón raído con un suspiro pesado, volviendo poco a poco a su estupor alcohólico.