El Reflejo Del Cristal

18

​La habitación que mi padre me asignó en el piso superior de la mansión era enorme, ridículamente blanca y olía a lino limpio mezclado con pintura fresca. Un espacio impecable con muebles de diseñador y un ventanal de techo a suelo que daba hacia los jardines traseros. Era el tipo de cuarto que cualquier persona llamaría un lujo absoluto, pero para mí no era más que una celda de cristal, infinitamente más limpia que el tráiler oxidado, pero igual de ajena a lo que yo era.

​Dejé mi bolsa de lona sucia sobre la colcha de hilos finos. No desempaqué nada. Mis patines quedaron en el suelo, junto a las patas de la cama, descansando en su estuche duro.

​Me acerqué al baño adjunto, abrí el grifo del lavabo de mármol y me lavé la cara. La piel tirante de mi mejilla izquierda ardió un poco bajo la presión del agua, pero la dosis del frasco de pastillas que llevaba encima ahogó la punzada en cuestión de segundos. Me miré en el espejo pulido, contemplando a la chica de tez pálida y ojeras marcadas que me devolvía la mirada. No había rastros de rabia, ni de tristeza, ni de satisfacción por haber humillado a Margaret y a los gemelos en el vestíbulo. Solo había un espacio vacío, helado y funcional.

​El silencio de la casa duró poco. A eso de las ocho de la noche, unos golpes suaves y vacilantes sonaron en la puerta de mi habitación.

​—Élodie... —la voz de mi padre se filtró desde el pasillo, apagada por la madera gruesa—. ¿Puedo pasar? La cena está lista abajo.

​Caminé hacia la puerta y la abrí apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarlo a la cara. Arthur vestía una camisa de vestir sin corbata, con las mangas arremangadas de forma apresurada y una expresión cansada que le acentuaba los años.

​—No tengo hambre —le respondí con una serenidad autómata—. Y no voy a bajar a cenar con tu esposa ni con tus hijos.

​Mi padre suspiró, pasándose una mano pesada por el rostro, pero no se enfadó. No tenía el valor ni la autoridad moral para exigirme nada después de lo ocurrido.

​—Está bien... entiendo —murmuró, desviando la mirada hacia el suelo antes de volver a fijarla en mí—. Le pediré al personal que te traiga algo aquí arriba por si cambias de opinión. Y sobre mañana... hablé con Maddie. Te vendrá a buscar a las seis de la mañana para ir al complejo. Dice que la logística para la ronda de Fleur ya está lista y que los entrenamientos no se pueden posponer.

​—A esa hora estaré lista abajo —dije antes de cerrar la puerta sin esperar a que agregara nada más.

​Puse el seguro metálico con un chasquido seco. Me desvestí en silencio, me puse una camiseta limpia y me acosté sobre la cama gigante. Las sábanas estaban suaves, pero el colchón se sentía demasiado amplio, demasiado vacío comparado con la estrechez de mi catre en el remolque. No me dormí de inmediato. Me quedé mirando el techo alto, escuchando el murmullo lejano de las discusiones contenidas que seguramente se estaban desarrollando en el piso de abajo entre Margaret y mi padre. Ninguno de sus gritos ni de sus reproches lograba atravesar el muro de anestesia de mi mente.

​A las cinco y media de la mañana, el alarme de mi reloj sonó con su bip metálico. Me levanté de inmediato, sin un solo gramo de pereza en los músculos. La rutina era mi único ancla a la realidad. Me vestí con las mallas de entrenamiento negras, una sudadera térmica del mismo color que cubría mi cuello y recogí mi cabello en una coleta bien apretada. Grabé en mi rostro esa máscara impenetrable que ya se había vuelto mi segunda piel.

​Antes de salir de la habitación, saqué el frasco de pastillas de mi bolso, tomé la dosis exacta que necesitaba para mantener la mente anestesiada y la tragué con un poco de agua del grifo. Deslicé el frasco de vuelta al fondo del cierre interior de mi mochila de competencia y bajé las escaleras.

​La mansión estaba sumida en una penumbra silenciosa. En el vestíbulo no había rastro de Margaret ni de los gemelos, lo cual agradecí internamente para no perder el tiempo con sus pataletas. Sin embargo, en el centro de la estancia, de pie junto a la puerta principal y sosteniendo un termo de café humeante en la mano, estaba mi padre.

​Llevaba un traje oscuro de negocios, impecable, pero sus ojos inyectados en sangre delataban que no había dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos sobre el mármol, se giró rápidamente.

​—Buenos días —dijo en un hilo de voz, dando un paso vacilante hacia mí—. Maddie ya está afuera con el auto. ¿Necesitas algo antes de irte? ¿Desayunaste algo?

​—No necesito nada —le contesté con la voz helada, ajustándome las tiras de la mochila sobre los hombros—. Me voy.

​—Élodie, espera —pidió él, dando otro paso para cerrarme levemente el paso, aunque manteniendo una distancia respetuosa—. Ayer... lo que dijiste en la entrada... yo sé que no tengo derecho a pedirte nada. Sé que el daño está hecho y que no puedo borrar años de abandono en una sola tarde. Pero quiero que sepas que me voy a encargar de que no te falte nada. Con la federación, con tu entrenamiento, con lo que sea. Vas a tener a los mejores médicos para esa mejilla y el mejor equipo disponible.

​Lo miré fijamente a los ojos. No había rencor en mi mirada, solo una vaciedad tan profunda que lo hizo tragar saliva de nuevo.

​—No necesito tus médicos ni tu dinero, Arthur. Si estoy aquí es porque Maddie interfirió, no porque quiera jugar a la familia feliz contigo o con tu esposa. Solo necesito que me dejes patinar en paz.

​Pasé por su lado sin esperar una contestación. Abrí la pesada puerta de madera de la entrada y salí al aire gélido de la mañana.

​El vehículo de Maddie estaba estacionado al final de la escalinata de piedra, con el motor encendido y soltando vapor por el escape. Al verme bajar, la entrenadora bajó la ventanilla del piloto. Tenía los ojos fijos en mí, evaluando mi postura, el ritmo de mis pasos y la cicatriz incipiente en mi cara.

​Me subí en el asiento del copiloto, cerré la puerta con un golpe seco y dejé la mochila entre mis piernas.




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