La pequeña soltó mi mano solo para ir a sentarse en la banca metálica junto al acceso del hielo, abriendo las agujetas de sus patines para ajustárselos con una habilidad asombrosa para su edad. Yo me quedé parada a su lado, con la espalda recta y los guantes negros ajustados hasta las muñecas. La fría corriente de aire que emanaba de la pista recién pulida golpeó la cicatriz de mi mejilla, pero la barrera de químicos que circulaba por mis venas ahogaba cualquier atisbo de malestar.
Maddie caminó despacio hacia el puesto de control, situándose junto a la mesa de sonido con la carpeta técnica en mano. Desde allí me dedicó una breve mirada de advertencia antes de inclinarse hacia el encargado del audio.
El crujido del metal contra el hielo resonó un segundo después.
Fleur se deslizó hacia el centro de la pista con la gracia ligera de una pluma. Vestida con su malla azul cielo, parecía una figura diminuta en medio de la inmensidad blanca. La música comenzó a sonar: una melodía de violín suave, limpia, que llenó cada rincón del pabellón vacío.
Me apoyé contra el borde de la barandilla de madera, siguiendo cada uno de sus movimientos con la fijación metódica de un cirujano. Observé el ángulo de sus hombros, la inclinación de sus tobillos y la forma en que su mirada buscaba la mía tras cada giro. Cuando se preparó para el salto que habíamos estado corrigiendo durante semanas, me incliné levemente hacia adelante. Tomó impulso sobre la cuchilla trasera, se elevó en el aire con una rotación limpia y aterrizó con la pierna izquierda perfectamente extendida, cortando el hielo en un arco impecable sin un solo temblor.
En el rostro de la niña se dibujó una chispa de orgullo contenido antes de continuar con la secuencia de pasos. Por dentro, la frialdad anestésica de las pastillas no me permitía sentir un arrebato de alegría, pero sentí una satisfacción seca y ordenada: la técnica era impecable.
—Aterrizaje perfecto. Parece que tu alumna sí sabe escuchar instrucciones, Élodie.
La voz masculina, profunda y calculada, resonó justo a mi espalda. No tuve que darme la vuelta para saber de quién se trataba. El olor sutil a colonia cara y el tono impositivo de quien está acostumbrado a mandar lo delataban de inmediato.
Maximilian Gauthier.
Me mantuve inmóvil frente a la barandilla unos segundos más, viendo cómo Fleur ejecutaba un pirueta combinada en el centro de la pista, antes de girar el rostro despacio para mirarlo.
Gauthier estaba parado a menos de un metro de mí. Lucía un abrigo oscuro de corte impecable, las manos metidas en los bolsillos y esa mirada penetrante que parecía escanear cada detalle de la arena. Sin embargo, en cuanto sus ojos oscuros se posaron en mí, la sobriedad calculadora de su rostro sufrió una alteración casi imperceptible.
Su mirada bajó lentamente por mi rostro hasta detenerse en el corte rojo que cruzaba mi mejilla izquierda. La mandíbula de Gauthier se tensó con tal fuerza que un músculo de su cara dio un leve espasmo. El aire entre los dos se volvió denso al instante.
—¿Qué demonios te pasó en la cara? —preguntó, y aunque su voz intentó mantener el tono bajo, una corriente helada de rabia reprimida se filtró en cada sílaba.
—Un accidente doméstico, Señor Gauthier —respondí con una serenidad robótica, sin parpadear, sosteniéndole la mirada con el rostro completamente liso—. No afecta mi capacidad para entrenar a Fleur ni mi rendimiento en la pista.
Gauthier dio un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros hasta quedar peligrosamente cerca. Su presencia física era imponente, pero la anestesia química que llevaba en la sangre impedía que mi pulso se acelerara un solo latido.
—No me mientas —murmuró, e inclinó la cabeza apenas un milímetro, examinando el trazo fino de la herida con una fijación casi enfermiza—. Eso es un corte limpio de vidrio. Y Maddie me llamó esta mañana para decirme que tu padre tuvo que sacarte de ese parque de remolques con una ambulancia para internar a tu madre.
No respondí. La sola mención de Sarah o de mi padre no produjo el menor efecto en mi expresión.
Gauthier apretó las manos dentro de los bolsillos de su abrigo. El brillo en sus ojos no era compasión; era una mezcla de posesividad descontrolada y furia mal disimulada por el hecho de que algo externo hubiera osado dañar la piel de su patinadora estrella.
—Esa mujer es una amenaza —siseó en un tono bajo y destructivo—. Si no se la hubiera llevado tu padre hoy, me habría encargado yo mismo de que no volviera a acercarse a ti a diez kilómetros a la redonda. Ninguna escoria va a arruinar mi inversión en este torneo.
—La logística de mi vida personal ya está resuelta, Gauthier —interrumpí con la misma voz plana, desviando la mirada hacia el hielo para volver a enfocarme en Fleur—. Mi enfoque está en la pista. Y le sugiero que haga lo mismo.
En ese momento, la música de la rutina llegó a su nota final. Fleur terminó su secuencia con los brazos extendidos en el centro de la pista, agitada pero radiante, buscando mi aprobación con la mirada.
—¡Élodie! ¡¿Lo viste?! —gritó la niña desde el centro del hielo, desentendiéndose por un segundo de la presencia de Gauthier.
—Lo vi, Fleur —le contesté alzando un poco la voz, manteniendo una postura erguida y profesional—. Sal del hielo. Tenemos que corregir la entrada al segundo giro antes de que entren los jueces de la federación.
Gauthier se quedó a mi lado, en absoluto silencio, observando cómo la niña patinaba a toda velocidad hacia la puerta de la barandilla. Su mirada de halcón no se apartó de mi rostro inexpresivo ni por un segundo, atrapado entre la desconcertante frialdad de mi respuesta y el misterio de la anestesia que me mantenía flotando por encima del dolor.
Fleur detuvo sus patines con un rápido movimiento en bisel que hizo saltar una pequeña estela de escarcha contra la madera de la barandilla. Tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y los ojos brillándole de emoción mientras me miraba, buscando esa validación que solo yo podía darle.