El Reflejo Del Cristal

20

​La oficina de Maximilian Gauthier en el segundo nivel del complejo era una extensión exacta de su personalidad: paredes de cristal templado, muebles de cuero negro y un ventanal imponente desde el que se dominaba toda la pista principal. El lugar olía a madera noble, a café recién tostado y a su colonia costosa.

​Caminé hacia el centro de la estancia con la mochila de entrenamiento colgada de un hombro. Las pruebas de vestuario y la revisión técnica de Fleur con los jueces de la federación habían sido un éxito rotundo; la niña había ejecutado cada movimiento bajo mis órdenes con una precisión de reloj suizo. Cumplida mi parte, subí a la oficina sin prisa, con el pulso perfectamente nivelado por los químicos que recorrían mi sangre.

​Gauthier estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir. Se había quitado el abrigo oscuro y vestía solo un suéter ajustado de tono claro que remarcaba su complexión firme. Al escuchar el leve clic de la puerta al cerrarse, se giró despacio.

​—Fleur lo hizo impecable —habló Gauthier con una voz baja y rasposa, dando un par de pasos lentos hacia mí—. Los jueces quedaron encantados con la rutina. Tienes un talento nato para enseñar, Élodie.

​—Ella hizo el trabajo. Yo solo corregí la técnica —respondí de inmediato, con la voz plana y la mirada fija en su rostro inexpresivo—. Dijiste que querías hablar conmigo antes de que empiece mi turno de entrenamiento.

​Gauthier se detuvo a menos de dos pasos de mí. Su mirada oscura volvió a bajar hacia mi cara, fijándose de nuevo en la línea roja que me cruzaba la mejilla izquierda. El corte se veía seco, pero la piel alrededor estaba ligeramente inflamada y tirante.

​—Aún no te has curado eso como es debido —murmuró, ignorando por completo mi tono distante.

​—Es un rasguño. No necesita atención.

​Sin pedir permiso ni anunciar su movimiento, Gauthier caminó hacia su escritorio, abrió el cajón lateral y sacó un pequeño botiquín metálico de primeros auxilios. Volvió a acercarse a mí con pasos firmes.

​—Si esa marca se infecta, la federación va a empezar a hacer preguntas sobre tu estado de salud y tu entorno personal antes de la ronda de Fleur. Y no voy a permitir que nada arruine esta temporada —dijo, usando su lógica empresarial como la excusa perfecta para acortar la distancia.

​—Puedo hacerlo yo misma —dije, dando medio paso atrás para evitar el contacto.

​—Quédate quieta, Élodie —sentenció él, y aunque su voz sonó autoritaria, había un matiz diferente en su tono, una urgencia contenida que desafiaba mi propia indiferencia.

​Gauthier abrió el frasco de antiséptico y mojó un pedazo de algodón limpio. Se inclinó levemente hacia mí. La cercanía fue inevitable: el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a sándalo de su piel rompieron de golpe el aire helado de la oficina.

​Antes de que pudiera reaccionar, los dedos de su mano izquierda se posaron con una delicadeza abrumadora en el borde de mi mandíbula. Su tacto era firme pero extrañamente cálido, sosteniendo mi rostro para evitar que me girara. Con la otra mano, presionó suavemente el algodón húmedo contra la herida de mi mejilla.

​El antiséptico ardió sobre la piel abierta. Cualquier persona habría dado un respingo o encogido los hombros por el dolor, pero el frasco de pastillas en mi sistema mantenía mis nervios anestesiados. No parpadeé. No retrocedí. Solo me quedé mirándolo directamente a los ojos.

​Gauthier se congeló por un segundo. Al notar que mi rostro no mostraba el más mínimo gesto de dolor ni de incomodidad, sus ojos oscuros se dilataron ligeramente. La distancia entre nuestros rostros era de apenas un par de centímetros; podía sentir su respiración lenta tropezando contra mis labios.

​El pulgar de la mano que me sostenía la mandíbula se movió de forma casi imperceptible, acariciando la piel suave justo debajo de mi pómulo, en un roce lento, sutil y cargado de una tensión eléctrica que pareció congelar el tiempo en la habitación. No era un gesto profesional de un patrocinador o un dirigente; era el toque de un hombre que luchaba contra una atracción peligrosa que no lograba controlar.

​—Eres de hielo, ¿verdad? —murmuró Gauthier en un susurro áspero, sin retirar el pulgar de mi rostro, fascinado y desconcertado por mi falta de reacción.

​—Soy lo que necesitas que sea para ganar, Gauthier —contesté en un hilo de voz frío, manteniendo mi mirada fija en la suya, sintiendo la firmeza de su mano sobre mi piel pero negándome a mostrar la más mínima alteración.

​Nos quedamos suspendidos en ese espacio reducido durante varios segundos. Sus ojos bajaron por un instante a mis labios antes de volver a clavarse en los míos. La tensión en la oficina era tan densa que casi podía cortarse con la cuchilla de un patín.

​Gauthier respiró hondo, apartó lentamente el algodón de mi cara y, con una lentitud calculada, retiró la mano de mi mandíbula. Su piel se sintió fría en el lugar exacto donde sus dedos se habían posado un segundo atrás.

​—El entrenamiento de la tarde empieza en diez minutos —dijo, dando un paso atrás y recuperando la postura erguida, aunque su voz aún guardaba un rastro de agitación—. No llegues tarde a la pista.

​—Nunca llego tarde —respondí.

​Me di la vuelta en silencio y caminé hacia la salida, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que la puerta de cristal se cerró a mis espaldas.

El aire en el pasillo exterior se sentía abrumadoramente frío después de la atmósfera sofocante de la oficina. Caminé con pasos firmes hacia los vestidores, sintiendo la marca de mi mejilla arder suavemente por el antiséptico, pero el pulgar de Gauthier impreso en mi piel parecía haber dejado un rastro de calor que los químicos de mi sangre luchaban por extinguir.

​En el vestidor no había nadie. El aroma a hielo, caucho y sudor seco impregnaba el ambiente. Me senté en la banca de madera, saqué la botella de agua de mi mochila y la abrí con un movimiento brusco. La frialdad del líquido me bajó por la garganta, pero la sensación de su mano sosteniendo mi mandíbula persistía en mi memoria como un eco sordo.




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