El Reflejo Del Cristal

21

Capítulo 21

​El camerino tras bambalinas del recinto internacional estaba cargado de un aire denso, una mezcla de laca para cabello, maquillaje, sudor frío y perfume caro. Era la penúltima gran competencia del año. El torneo que marcaba el cierre del circuito clasificatorio y el pase directo al Campeonato Nacional del año siguiente.

​Para mí, no era simplemente una competencia más; era el escenario exacto para recuperar lo que me pertenecía. Había pasado meses enterrada en la miseria del remolque, soportando la decadencia de Sarah, los desprecios de Margaret y las presiones de la federación. Esta era mi oportunidad de dejar en claro que el trono seguía siendo mío, de poner a la Reina del Hielo de vuelta en su lugar y demostrar que ni las heridas ni el caos familiar podían quebrarme.

​Estaba sentada frente al espejo del tocador, rodeada de luces blancas incandescentes. La estilista terminaba de fijar mi peinado en un moño bajo e impecable, asegurando cada mechón con la rigidez necesaria para que no se moviera durante los saltos. A mi lado, en una silla pequeña, Fleur se entretenía pintándose las uñas con un esmalte rosa pastel, totalmente ajena a la tormenta de nervios que destruía a las demás competidoras en el pasillo.

​—Fleur —llamé en un hilo de voz plano, manteniendo la mirada fija en mi reflejo mientras la maquilladora aplicaba una capa fina de base sobre la cicatriz de mi mejilla—. Hazme un favor. Pásame el cepillo de cerdas que está dentro de mi bolso, por favor.

​—¡Sí, Élodie! —respondió la niña de inmediato, dejando el frasco de esmalte sobre la mesa con entusiasmo.

​Fleur se levantó de un salto y caminó hacia la banca donde descansaba mi mochila negra de competencia. Agarró el bolso por una de las tiras principales, pero el peso mal distribuido y la prisa de sus manos pequeñas le jugaron una mala pasada. El cierre frontal, que no estaba completamente ajustado, se cedió de golpe.

​El bolso se resbaló de sus manos y cayó al suelo de goma con un golpe seco.

​El contenido se desparramó por el piso: un par de medias de repuesto, cintas para los tobillos, un protector de cuchillas y, justo en el centro, el pequeño frasco transparente de pastillas. Al impactar contra el suelo, la tapa plástica se zafó y docenas de comprimidos blancos rodaron por el piso, dispersándose cerca de los pies de Fleur.

​El tiempo pareció detenerse en el camerino.

​Sintiéndolo como un latigazo, una descarga de adrenalina pura atravesó la anestesia de mi mente. Me puse en pie de un brinco tan violento que la estilista soltó el fijador de cabello y dejó escapar un ahogado grito de sorpresa. Antes de que Fleur pudiera reaccionar o agacharse, me arrojé al suelo de rodillas con una rapidez casi inhumanamente desesperada.

​Mis dedos se movieron como garras sobre la goma, recogiendo las pastillas a una velocidad frenética. Las junté en la palma de mi mano con los nudillos temblando levemente, metiéndolas de golpe dentro del frasco y sellando la tapa a presión. Deslicé el contenedor al fondo del bolsillo interno más escondido de mi mochila y cerré el cremallera de un tirón seco.

​Respiraba de forma agitada, el corazón golpeándome las costillas con una fuerza que no había sentido en meses. Me quedé hincada en el suelo unos segundos, regulando la respiración hasta que la coraza helada volvió a cubrirme el rostro.

​Fleur se había quedado petrificada, con los ojos abiertos de par en par y las manos pequeñas sobre la boca, asustada por mi reacción.

​—Élodie... —murmuró la niña en un susurro tembloroso, mirando el punto del suelo donde habían estado los comprimidos—. ¿Qué... qué es eso? ¿Estás enferma?

​Me levanté despacio, sacudiéndome la falda del traje de competencia. Me agaché frente a Fleur para quedar a la altura de sus ojos, tomándola suavemente por los hombros. Mi rostro volvió a ser esa máscara de porcelana inexpresiva, pero mi voz sonó con una firmeza que no admitía réplicas.

​—Escúchame muy bien, Fleur —le dije, mirándola fijamente a los ojos sin parpadear—. Son solo vitaminas. Son unas vitaminas especiales que necesito tomar para tener energía en la pista.

​Fleur arrugó la nariz, aún un poco confundida por la violencia con la que me había tirado al suelo.

​—¿Vitaminas? ¿Y por qué te pusiste así?

​—Porque son secretas —continué en un susurro estricto, apretando ligeramente sus hombros para asegurarme de que me entendiera—. Nadie puede saber que las tomo. La federación es muy estricta y si le cuentas a alguien... a Maddie, a tu papá o a cualquier persona... me van a prohibir entrenarte. Si alguien se entera de esto, no podré ser tu entrenadora nunca más. ¿Entendiste?

​La pequeña abrió mucho los ojos al escuchar eso. La sola idea de perder de vista a su entrenadora y quedarse sin mi guía parecía aterrorizarla mucho más que cualquier otra cosa.

​—No son malas, Fleur —añadí para calmar el pánico en su mirada, suavizando un milímetro el tono de mi voz—. No me hacen daño. Pero no podemos contárselo a nadie. Tiene que ser nuestro secreto.

​Fleur procesó mis palabras durante dos segundos eternos. Luego, asintió con vehemencia, apretando los labios con determinación infantil.

​—Está bien, Élodie. No le voy a decir a nadie, lo prometo. Es nuestro secreto —dijo en voz baja, cruzándose los dedos sobre el pecho.

​—Buena chica —murmuré, poniéndome de pie y recuperando mi postura erguida.

​Recogí el resto de mis cosas del suelo, metí el cepillo en el bolso y volví a caminar hacia el tocador. Me senté frente al espejo como si nada hubiera ocurrido, acomodando mi vestido negro de pedrería. La maquilladora, que nos miraba con cierta extrañeza pero prefirió no meterse en asuntos ajenos, volvió a acercarse para dar los últimos retoques a mi peinado.

​Fleur caminó de regreso a su lugar, jaló la silla pequeña y se sentó justo al lado de la mía. Agarró de nuevo su frasquito de esmalte rosa pastel y, sin decir una sola palabra más, continuó pintándose las uñas con cuidado, manteniéndose firme en el pacto silencioso que acabábamos de sellar.




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