Emma se ajustó la chaqueta de punto que había comprado en una tienda de segunda mano. Estaba húmeda por la lluvia y se sentía fuera de lugar entre las paredes de mármol y las otras tres mujeres que esperaban en el vestíbulo. Parecían salidas de una revista de moda, con perfumes caros y miradas de suficiencia.
De pronto, un grito agudo rompió el silencio del lujoso apartamento.
—¡No la quiero! ¡Que se vaya! —rugió una voz infantil desde el fondo del pasillo.
Segundos después, una mujer rubia salió corriendo, sollozando y con el maquillaje corrido porque le habían lanzado un vaso de leche encima. Las otras candidatas se miraron con horror. Una de ellas se levantó y se marchó sin decir palabra. No valía la pena, por muy guapo que fuera el jefe.
—¿Siguiente? —Una voz grave, profunda y cansada resonó desde el despacho.
Emma respiró hondo. Su ex le había quitado los ahorros, su confianza y su hogar, pero no le había quitado el coraje. Se levantó y caminó hacia la oficina.
Al entrar, lo vio. Axel Vane estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia la ciudad gris. Tenía los hombros anchos bajo una camisa negra impecable y una presencia que llenaba la habitación.
—Si viene por el sueldo, es generoso. Si viene por el prestigio, se arrepentirá en diez minutos —dijo él sin darse la vuelta—. Mi hija ha hecho llorar a once mujeres hoy. ¿Qué la hace diferente a usted?
—Que yo no tengo un lugar a donde volver si lloro —respondió Emma con una voz suave pero firme.
Axel se giró lentamente. Sus ojos eran de un azul acero, rodeados de unas ojeras que hablaban de noches sin dormir y un luto que no terminaba de soltarlo. Se quedó paralizado un segundo. No era la belleza obvia de las otras; era algo en su mirada, una chispa de dulzura mezclada con una resistencia que él reconoció de inmediato.
—¿Nombre? —preguntó él, escaneándola con una intensidad que hizo que a Emma se le acelerara el pulso.
—Emma... Emma Williams
En ese momento, una niña de unos nueve años, con el cabello enredado y una mirada desafiante, entró en la habitación. Traía un bote de pintura roja en la mano, lista para el ataque.
—¡Vete! ¡No quiero otra mamá de mentira! —gritó la pequeña, alzando el bote hacia el vestido de Emma.
Axel hizo un amago de intervenir, pero Emma fue más rápida. No retrocedió. Se agachó, quedando a la altura de la niña, ignorando el peligro de la pintura.
—El rojo es mi color favorito —dijo Emma con una sonrisa tranquila—, pero creo que quedaría mejor en un lienzo que en mi chaqueta. ¿Sabes? Yo crecí en una casa donde nadie me quería y aprendí que gritar cansa mucho la garganta. ¿Quieres que te ayude a pintar algo de verdad o prefieres seguir intentando que me vaya? Porque te advierto... soy muy difícil de echar.
La niña, pasmada, bajó el bote. Axel, que no había respirado en treinta segundos, clavó su mirada en Emma. Por primera vez en tres años, sintió que algo en su pecho, algo que creía muerto, daba un vuelco.
—Señorita Williams —dijo Axel y su voz ya no era tan fría—, creo que deberíamos hablar de su contrato.