El Refugio de Tu Mirada

Sombras en el Pasillo

La primera noche en la mansión Vane no fue el cuento de hadas que Emma había imaginado al ver los candelabros de cristal. El silencio del ala este era tan denso que podía escuchar el latido de su propio corazón. Se sentía como una intrusa en un museo de luto.

Emma se sentó en el borde de la cama de servicio, que era más lujosa que cualquier cama que hubiera tenido en el orfanato. Abrió su vieja maleta para sacar su camisón de algodón desgastado, pero se quedó helada.

La maleta estaba vacía.

—No puede ser... —susurró, revisando debajo de la cama.

Nada. Solo el vacío. Recordó la mirada de reojo de Abbie cuando la niña pasó por su puerta antes de la cena. La pequeña de nueve años no solo era caprichosa; era una estratega del caos. Emma suspiró, frotándose las sienes. Sin ropa para dormir y con el vestido del día manchado de jugo seco, no tuvo más remedio que ponerse una camiseta blanca básica que llevaba puesta debajo y sus pantalones de yoga negros.

Descalza, salió al pasillo. Las luces de cortesía estaban bajas, proyectando sombras alargadas sobre los retratos de antepasados que parecían juzgarla desde las paredes.

—Abbie... sé que estás despierta —susurró Emma frente a la puerta de la niña.

No hubo respuesta, solo una risita ahogada que se filtró por debajo de la madera tallada. Emma sabía que si entraba a la fuerza, la niña gritaría y el señor Axel pensaría que la estaba maltratando. Tenía que recuperar su ropa sin despertar a toda la casa.

De pronto, el sonido de unos pasos pesados y rítmicos resonó desde la gran escalera de mármol. Alguien subía.

Emma entró en pánico. Estaba en pijama, descalza y despeinada en el pasillo principal. Intentó retroceder hacia su habitación, pero su pie golpeó un jarrón decorativo que, por suerte, no cayó, pero hizo un ruido metálico sordo.

—¿Quién está ahí? —La voz de Axel Vane cortó el aire como un látigo.

Emma se quedó petrificada. Axel apareció al final del pasillo. Se había quitado la chaqueta y la corbata; la camisa negra tenía los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos fuertes y velludos. Parecía un hombre que cargaba el mundo sobre sus hombros y no estaba de humor para juegos.

Se detuvo en seco al verla. Sus ojos azul acero recorrieron la figura de Emma de arriba abajo. La luz tenue hacía que la camiseta blanca de ella fuera ligeramente traslúcida, y el contraste de su piel pálida con las sombras del pasillo le daba un aire etéreo, casi irreal.

—Señorita Williams... —Axel bajó la voz, pero su tono seguía siendo autoritario—. ¿Se puede saber qué hace deambulando por mi casa a estas horas y en ese... estado?

Emma sintió que las mejillas le ardían. Se cruzó de brazos instintivamente sobre el pecho.

—Señor Vane, yo... buscaba mi ropa. Parece que su hija decidió que mis pertenencias necesitaban una aventura nocturna.

Axel frunció el ceño. Se acercó un par de pasos, invadiendo el espacio personal de Emma. Olía a sándalo, café frío y un toque de whisky caro. Era un aroma masculino y peligroso que hizo que a Emma se le cortara la respiración.

—¿Abbie le robó la ropa? —preguntó él, con una pizca de incredulidad y otra de cansancio.

—Digamos que la ha "reubicado" —respondió Emma, tratando de mantener la dignidad a pesar de estar descalza—. No quería despertarlo, solo quería...

—Es la duodécima niñera en seis meses, Emma —la interrumpió él, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido en su voz grave le provocó un escalofrío a ella.—La mayoría habría renunciado en el momento en que el jugo tocó su ropa. ¿Por qué sigue aquí? ¿Tan bueno le parece el sueldo?

Emma levantó la barbilla. La dulzura de sus ojos se endureció por un segundo, recordando las noches frías en el orfanato y la traición de su ex que la había dejado en la calle.

—El sueldo es excelente, señor Vane. Pero no estoy aquí por eso. Estoy aquí porque Abbie no es una niña mala, es una niña que tiene un agujero en el corazón. Y yo sé exactamente cómo se siente eso. No voy a dejar que gane esta batalla de soledad solo porque usted está demasiado ocupado teniendo lástima de sí mismo.

El silencio que siguió fue atronador. Axel dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Era mucho más alto, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos bajaron a los labios de Emma por una fracción de segundo antes de volver a su mirada.

—Tenga cuidado, señorita Williams —dijo él en un susurro peligroso—. La compasión es un lujo que no suelo permitir en esta casa. Mañana por la mañana quiero verla en el desayuno, con su ropa recuperada y una sonrisa. Si Abbie vuelve a sobrepasar el límite, hágamelo saber.

Él no se movió. Se quedó allí, observándola con una intensidad que Emma no pudo descifrar. Por un momento, la frialdad de Axel pareció derretirse, revelando un hambre de algo que no era dinero ni poder.

—Buenas noches, Axel —se atrevió a decir ella, usando también su nombre.

Él apretó la mandíbula, dio media vuelta y entró en su habitación sin decir una palabra más, cerrando la puerta con una firmeza que dejó a Emma temblando en el pasillo.

No sabía que, del otro lado de la puerta, Axel Vane estaba apoyado contra la madera, cerrando los ojos y tratando de ignorar el hecho de que, por primera vez en tres años, su pulso se había acelerado por una mujer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.