El Refugio de Tu Mirada

El Brillo de la Discordia

Dos horas después, Axel anunció que él mismo las llevaría a la joyería. "Cuestiones de seguridad", dijo, aunque Emma sospechaba que simplemente no podía apartar los ojos de ella después de lo ocurrido en el desayuno.

Al llegar a la exclusiva zona de compras de la Quinta Avenida, Axel se detuvo frente a Miler & Co. Antes de que pudieran entrar, una mujer de una elegancia gélida salió del establecimiento. Era Victoria Miler, heredera de la dinastía de joyas y la mujer que todos en la prensa rosa señalaban como la futura esposa de Axel

Victoria vestía un traje sastre blanco que costaba más que todo el orfanato donde Emma creció. Al ver a Axel, su rostro se iluminó con una sonrisa ensayada, pero al ver a Emma y a Abbie, sus ojos se volvieron dagas.

—¡Axel, querido! Qué sorpresa —dijo Victoria, ignorando olímpicamente a Emma—. Pensé que nos veríamos esta noche en la gala benéfica. ¿Y esta quién es? ¿Otra de las asistentes temporales para la niña?

Victoria extendió una mano enguantada hacia Abbie, quien retrocedió un paso, escondiéndose detrás de Emma. El gesto no pasó desapercibido para nadie.

—Es Emma Williams, la niñera de Abbie —respondió Axel con una sequedad que rozaba la rudeza.

Victoria soltó una risita condescendiente, recorriendo el vestido barato de Emma con una mirada de asco.

—Vaya, Axel. Veo que este año has bajado tus estándares. Parece sacada de un centro de caridad. ¿Estás segura de que sabes cómo manejar las joyas de los Vane, querida? Ten cuidado de que no se te "pegue" nada a los dedos, he oído que esa clase de gente tiene costumbres... complicadas.

Emma sintió el aguijonazo de la humillación. El trauma de ser señalada como "huérfana sin valor" volvió a ella, pero no bajó la cabeza. Antes de que pudiera responder, sintió una mano firme y cálida en la de su espalda.

Axel dio un paso adelante, colocando su mano sobre Emma con una posesividad que dejó a Victoria muda.

—Emma tiene más dignidad en su dedo meñique que mucha de la gente que frecuentas en tus fiestas, Victoria —dijo Axel, y su voz envió un escalofrío por la columna de Emma—. Y si Abbie confía en ella, yo también. Ahora, si nos permites, tenemos asuntos familiares que atender.

Axel guió a Emma y a Abbie hacia el interior de la tienda, dejando a Victoria Miler parada en la acera, roja de furia y con los puños apretados.

—Esto no se va a quedar así —susurró Victoria para sí misma—. Nadie me humilla por una muerta de hambre.




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