El Refugio de Tu Mirada

El peso de las Verdades Amargas

El silencio en la biblioteca tras el desastre de la gala no era romántico; era gélido y cargado de vergüenza. Emma no se dejó consolar. Al contrario, se alejó de Axel en cuanto entraron, buscando refugio detrás de un sillón, como si necesitara una barrera física entre ella y el mundo de lujos que acababa de escupirla.

—Mañana presentaré mi renuncia, señor Vane —dijo Emma. Su voz no temblaba, estaba muerta de cansancio.—No puedo permitir que mi pasado ensucie la reputación de su fundación, ni que Mía vea esas... esas bajezas.

Axel, que estaba de pie junto al escritorio, apretó la mandíbula. No intentó acercarse. Su mirada era de una seriedad absoluta, la misma que usaba para cerrar tratos multimillonarios.

—¿Cree que soy un hombre que se deja guiar por rumores de pasillo, señorita Williams? —preguntó él con frialdad—. He pasado tres años evitando que la prensa se meta en mi vida privada. Lo que pasó hoy fue un ataque orquestado, y usted fue el daño colateral.

—Usted no lo entiende —Emma soltó una risa amarga, abrazándose a sí misma—. Ese hombre que aparecía en las fotos... Fabio... fue mi vida durante tres años. Lo dejé hace apenas unas semanas porque lo encontré en mi propia cama con otra mujer. No solo me rompió el corazón, me dejó en la calle. Estoy dañada, señor Vane. Y la gente como usted no quiere personal "dañado" cerca de sus hijos.

Axel la observó en silencio. Por un momento, una chispa de algo parecido a la comprensión cruzó sus ojos azul acero, pero la ocultó rápidamente. Él también estaba dañado, atrapado en una casa que olía a una mujer que ya no estaba, pero no iba a decírselo.

—No me importa su historial sentimental, siempre que no interfiera con el cuidado de mi hija —respondió él, recuperando su tono distante de jefe—. Abbie está empezando a tolerarla, y eso es más de lo que cualquier otra niñera ha logrado. Si usted renuncia ahora, le daría la razón a los que montaron ese espectáculo. Y yo detesto perder.

Emma lo miró, sorprendida por su frialdad lógica. No había dulzura, solo pragmatismo.

—Váyase a descansar —continuó Axel, volviendo la vista a unos papeles—. Mañana el equipo legal se encargará de limpiar el desastre. No habrá dimisiones. Usted tiene un contrato y espero que lo cumpla.

Emma asintió, sintiéndose extrañamente aliviada por su falta de sentimentalismo. Era más fácil lidiar con un jefe serio que con un hombre que intentara salvarla.

—Buenas noches, señor Vane.

—Buenas noches, Emma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.