El Refugio de Tu Mirada

La Resistencia de Abbie

A la mañana siguiente, Emma esperaba encontrar a una Abbie arrepentida o cariñosa, pero la realidad de una niña de nueve años es más compleja. Abbie estaba sentada en el suelo de su cuarto, destrozando un dibujo con unas tijeras.

—¿Por qué no te fuiste? —preguntó Abbie sin mirarla—. Victoria dice que eres una mujer mala y que papá te va a echar.

Emma se sentó en el suelo, a una distancia prudente. Sabía que ganarse a Abbie sería una maratón, no una carrera de velocidad.

—Mucha gente dice cosas, Abbie. A veces, la gente que tiene miedo de estar sola, como Victoria o como mi antiguo novio, intenta hacer sentir mal a los demás para sentirse poderosos.

Abbie dejó las tijeras y miró a Emma con desconfianza. —Mi mamá nunca dejaba que nadie dijera cosas feas de nosotros. Pero tú no eres mi mamá.

—No, no lo soy —dijo Emma con suavidad—. Y no pretendo serlo. Solo soy Emma. Y si quieres, podemos ser dos personas que no dejan que los demás ganen.

Abbie guardó silencio, procesando. No la abrazó, no le sonrió, pero le pasó un trozo de papel en blanco. —Dibuja algo. Pero que no sea rojo. Odio el rojo hoy.

Era un pequeño avance. Una tregua frágil.

El amanecer sobre Manhattan tenía un tono grisáceo que encajaba perfectamente con el estado de ánimo dentro del SUV negro de Axel. Emma se hundió en el asiento de cuero, sintiendo el aroma a coche nuevo y café cargado. A su lado, Abbie estaba pegada a la ventanilla, con los auriculares puestos y una expresión de aburrimiento que era, en realidad, un escudo contra el mundo.

En el asiento del conductor, Axel manejaba con una eficiencia silenciosa. No habían intercambiado más de tres frases desde que salieron de la mansión a las cinco de la mañana. Emma lo observaba de reojo: sus manos, grandes y firmes sobre el volante, no mostraban ni un ápice de cansancio. Vestía un jersey de cachemira azul marino que lo hacía parecer menos un magnate y más un hombre, aunque su mandíbula apretada recordaba a cualquiera que seguía siendo el dueño de un imperio.

—Son tres horas de viaje —dijo Axel de repente, rompiendo el silencio como quien lanza una piedra a un lago congelado—. Si necesita algo, hay agua y fruta en la consola central.

—Estoy bien, gracias —respondió Emma, entrelazando sus dedos sobre su regazo. Sus uñas estaban cortas y sin pintar, un contraste drástico con las manicuras perfectas de las mujeres que solían rodear a Axel.

Él la miró por el espejo retrovisor un segundo más de lo necesario.

—¿Sigue pensando en lo que pasó con Victoria? —preguntó él. No era una pregunta de cortesía; era una evaluación.

Emma suspiró y miró por la ventana los edificios que empezaban a dar paso a los árboles. —Pienso en cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a destruir a otra persona. Fabio me quitó mi dinero y mi confianza, pero Victoria... ella quiere quitarme mi derecho a empezar de nuevo. No entiendo por qué le importa tanto una niñera.

Axel soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. —A la gente como Victoria no le importa usted, Emma. Le importa el control. Ella ve en usted algo que no puede comprar: autenticidad. Y eso, en nuestro mundo, es una amenaza.

Emma guardó silencio. "Nuestro mundo". Esa frase marcaba una línea divisoria que ella no tenía intención de cruzar. Aún sentía el eco de la traición de Fabio en su pecho, un dolor sordo que le recordaba que no debía confiar en las palabras bonitas de los hombres, especialmente de aquellos que lo tenían todo.

—Abbie, quítate los auriculares para desayunar algo —ordenó Axel con un tono que no admitía réplicas.

La niña obedeció con un suspiro dramático. —¿Por qué tenemos que ir a esa casa vieja, papá? Emma podría haberse quedado conmigo en la ciudad.

—Porque el proyecto de la finca es importante, Abbie. Y porque la señorita Williams necesita salir de la ciudad tanto como tú —respondió Axel, lanzando una mirada fugaz a Emma que ella no supo interpretar.




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